Por la Libertad...

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Luis Riveros

Existe una tendencia muy marcada por parte del estamento político a subrayar cuestiones esenciales como son la libertad de pensamiento y de enseñanza, dos fundamentos basales en una sociedad democrática que debería constituir la base conceptual de un precepto constitucional que refleje la historia republicana y la mirada hacia el futuro. Sin embargo, se constituyen estos preceptos en un conjunto de afirmaciones o postulados vacíos, cuando se acompañan de afirmaciones que van contradictoriamente en la dirección de coartar la libertad de elección. En Chile siempre coexistió la educación pública o estatal con la privada, y nunca se vio ello como contradictorio con la mantención de una democracia política y de derechos en lo económico y social. Lo que pasa es que en ese pasado republicano, el Estado se hacía cargo de una educación de verdadera calidad, y las familias no trepidaban en llevar a sus hijos a esa educación a pesar de que muchas otras, por razones de fe o tradición familiar, depositaban su confianza en escuelas privadas, especialmente de tipo religioso. Cuando hoy día se sostiene que las familias deberían estar impedidas de ejercer su legítima libre voluntad para escoger la educación de sus hijos, se está coartando un derecho, pero ofreciendo como contrapartida una educación pública de escasa calidad. La necesidad de una educación pública de calidad, como no la produce actualmente el Estado chileno, es vital para sostener la vida democrática y para ofrecer oportunidades reales de movilidad social. Pero es también vital para producir en la escuela el encuentro de los hijos que provienen de diversos segmentos y capas sociales; o sea una educación capaz de integrar a la comunidad y de convertirse en instancia de encuentro y no de separación como ocurre en la actualidad. Al no legislarse con esta perspectiva y tomar decisiones en este diseño necesario para la educación pública, se está cometiendo una doble falta: la de proveer escasa formación a la población que necesita mayormente del auxilio del Estado, y la de restringir la libertad de elección a las familias en situación de poder hacerlo. La discusión política no ha enfocado adecuadamente este asunto.

Pero también existen las amenazas que en nuestra sociedad de violencia y anarquismo vive la educación en general. No son pocas las universidades que desarrollan su actividad presa de amenazas internas y externas, a pesar de ser ellas las entidades que en nuestra sociedad debieran ser pioneras en la discusión abierta de las problemáticas que afectan a la sociedad, para que emanen desde allí diagnósticos y propuestas que puedan ser asumidos por la sociedad y su estamento político. Ello no ocurre en gran medida porque hay temor. Esa amenaza es la que está latente en medio de protestas que destruyen y amenazan la integridad física e intelectual de los universitarios. Una universidad en Santiago, por ejemplo, fue incendiada, como también otra, en las inmediaciones de Plaza Italia, hubo de sellar con contenedores su entrada principal. El pintarrajeo permanente de los muros exteriores de las dos principales universidades en Santiago, son también una especie de advertencia sobre lo que podría acontecer si estas entidades efectúan diagnósticos o recomendaciones incómodas para los auspiciadores de protestas y violencia callejera. Recientemente la U. de Concepción sufrió un intento de incendio por parte de una banda terrorista; el mensaje es el mismo: cuídense del uso de su libertad académica, porque nosotros, los auspiciadores y practicantes del “cambio” social a través de la violencia, no lo dejaremos pasar. Una forma de violencia que viven desde fuera pero que cuenta con auspiciadores desde den tro de las universidades, por parte de profesores que usan su labor para adoctrinar y de estudiantes que usan la presión para amedrentar a compañeros que disienten de su pensamiento. También se ha visto, por ejemplo, como estudiantes han “funado” a una compañera por expresar una opinión distinta y contradictoria contra una seudo mayoría.

La libertad está en peligro, bajo la amenaza velada de decisiones políticas poco fundamentadas y de la acción de grupos ideologizados y violentistas que ven como amenaza al libre pensamiento. El país necesita una discusión seria sobre estos problemas, más allá de las divisiones y enfrentamientos fanáticos que son incluso públicamente auspiciados por profesores universitarios. Por el contrario, lo inherente a la academia es llamar a la reflexión y al diálogo, a practicar la tolerancia activa hasta la extinción de las amenazas que tanto hicieron sufrir a la libertad de conciencia en el pasado reciente, pero que siguen amenazando con afectar perniciosamente nuestro futuro.


Prof. Luis A. Riveros