​1.461 días en conflicto, ¿Operación Militar Especial?

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El próximo 24 de febrero se cumplirán 1.461 días desde que el mundo despertó con la noticia de que Rusia había iniciado una "Operación Militar Especial" sobre Ucrania, la que prometía ser una intervención relámpago, destinada a redefinir el mapa geopolítico en pocas semanas. Cuatro años después, el eufemismo ha quedado enterrado bajo los escombros de Bajmut y Pokrovsk. Lo que comenzó como una incursión ambiciosa, se ha transformado en la guerra de desgaste más devastadora en suelo europeo desde 1945. Al llegar a este cuarto aniversario, la pregunta ya no es quién va ganando, sino qué queda en pie tras mil cuatrocientos sesenta y un días de fuego ininterrumpido.


Este conflicto no solo ha destruido ciudades; ha demolido el andamiaje intelectual de la posguerra fría. En 1992, Francis Fukuyama propuso, en "El fin de la historia y el último hombre", que la democracia liberal y el mercado global eran el punto final de la evolución sociopolítica humana. Se creía que el comercio haría la guerra obsoleta.


Tras ya casi 1.461 días de combates, la tesis de Fukuyama pareciera yacer en alguna trinchera del Donbás. Hemos regresado a la "historia" en su forma más cruda: conquistas territoriales, política de esferas de influencia y un choque de civilizaciones que la globalización no pudo evitar. Rusia ha demostrado que un Estado puede elegir la soberanía ideológica y la expansión geográfica por encima de la prosperidad económica, rompiendo la lógica racionalista de Occidente.


Desde una perspectiva militar, Rusia ha logrado consolidar un corredor terrestre hacia Crimea, pero el costo ha sido astronómico. Informes actuales sugieren que las bajas combinando muertos, heridos y desaparecidos, rozan los dos millones. Para el Kremlin, la "victoria" se mide hoy en avances de metros diarios, cuando los hay, una realidad que dista mucho de la superioridad proyectada en 2022. Según análisis del Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), basado en Washington D.C., la conquista territorial rusa no supera el 20% del territorio ucraniano, incluyendo aquel que ya poseía previo al 24 de febrero de 2022.


Ucrania, por su parte, ha logrado lo impensable: sobrevivir. Ha transformado su ejército en una fuerza interoperable con la OTAN y ha neutralizado gran parte de la Flota del Mar Negro mediante vehículos no tripulados navales. No obstante, el desgaste es evidente. La escasez de munición y el agotamiento de sus reservas humanas han forzado a Kiev a una postura defensiva, que depende, críticamente, del apoyo occidental, el que hoy se siente más fragmentado que nunca.


A lo largo de estos cuatro años, los esfuerzos diplomáticos han sido constantes pero infructuosos. Desde las reuniones iniciales en Estambul hasta las cumbres de paz en Suiza y las mediaciones de Arabia Saudita o China, el resultado ha sido el mismo: el silencio de las armas no llega.


Existen tres muros infranqueables que impiden el avance:


1. La cuestión territorial: Ucrania mantiene que cualquier paz requiere la restauración de sus fronteras de 1991. Rusia, tras anexionar constitucionalmente cuatro regiones ucranianas, a saber, Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, considera que su integridad nacional es innegociable. En este análisis no se incluye Crimea, que ya fuera anexada previo al conflicto.


2. Garantías de Seguridad: Ucrania exige la entrada en la OTAN o un pacto de defensa equivalente para evitar una tercera invasión. Para Rusia, la neutralidad de Ucrania es la condición sine qua non del conflicto.


3. La crisis de confianza: Tras el incumplimiento de los Acuerdos de Minsk y las revelaciones de crímenes de guerra, Kiev no confía en la palabra de Moscú, mientras que el Kremlin ve en cada alto el fuego una oportunidad para que Occidente rearme a su vecino.


En el terreno económico, las narrativas de ambos bandos presentan paradojas fascinantes. Rusia ha logrado sortear el colapso total gracias a una economía de guerra hiperactiva y el aumento del valor de sus reservas de oro, que, curiosamente, han compensado en valor a los activos congelados en Bruselas. Pero es una bonanza ficticia: la inflación galopante, la falta de mano de obra (absorbida por el frente o el exilio) y el rezago tecnológico, están convirtiendo a Rusia en una potencia de segunda categoría en sectores civiles.


Ucrania enfrenta un panorama más sombrío pero esperanzador. Con daños directos que se estima superarían los 170.000 millones de dólares y una infraestructura energética reducida a un tercio de su capacidad original, el país vive en una economía de asistencia. Sin embargo, ha ganado la promesa de una integración europea. El costo de la reconstrucción se estima ya en más de 500.000 millones de dólares; Ucrania ha perdido sus fábricas y sus minas, pero ha ganado un asiento permanente en la mesa de las decisiones económicas de Occidente.


Quizás el impacto más profundo y menos reversible sea el social. Ucrania ha perdido a casi una cuarta parte de su población entre refugiados y desplazados internos. La demografía del país está herida: una generación de hombres jóvenes ha desaparecido o ha quedado marcada por la discapacidad, y la superficie agrícola, el sustento del país, está minada en extensiones equivalentes a naciones pequeñas.


En Rusia, el tejido social se ha tensado bajo la presión de la movilización constante y la represión del disenso. La sociedad rusa ha "normalizado" el conflicto, pero el precio ha sido un aislamiento cultural y humano del resto del continente. Ambos pueblos comparten hoy una tragedia común: la ruptura definitiva de lazos familiares y culturales que antes se consideraban inquebrantables.


Llegamos a este aniversario con una certeza amarga: la "Operación Militar Especial" murió en sus primeras 48 horas, pero la guerra que nació en su lugar se ha vuelto crónica. Rusia ha ganado territorio, pero ha perdido su prestigio y su futuro diversificado. Ucrania ha ganado una identidad nacional inquebrantable, pero ha perdido su tranquilidad y su integridad física.


A 1,461 días del primer disparo, el conflicto parece haber entrado en un circuito cerrado, donde los mapas apenas se mueven, pero las vidas se siguen consumiendo. El 24 de febrero ya no es una fecha de inicio, sino un recordatorio de que la historia no ha terminado; simplemente ha vuelto a su estado más violento y trágico.



Leonardo Quijarro S.

Profesor Residente Academia de Guerra Naval

Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)


Contraalmirante (R)


europapress