|
Leonardo Quijarro Santibáñez |
El 28 de febrero de este año, la arquitectura de seguridad de Oriente Medio saltó por los aires con el inicio de la operación conjunta estadounidense e israelí denominadas “Furia Épica” y “Rugido del León”, respectivamente. El estableció un "Cese al Fuego" el pasado 8 de abril bajo el pretexto, del inicio de conversaciones de paz, con plazos perentorios y ultimátum que, sucesivamente, se han ampliado hasta hoy en que se cumplen cien días de hostilidades. Desde una perspectiva militar y geopolítica, la pregunta no es solo quién ha disparado más misiles, sino si los objetivos iniciales justifican el estado actual del tablero global. ¿Es este el escenario que Washington, Tel Aviv, Bruselas y Teherán esperaban?
Desde la perspectiva del siglo XXI, el análisis de la historia global nos obliga a mirar el pasado no como una simple acumulación de efemérides, sino como un mapa de navegación ética. Vivimos en un ecosistema global hiperconectado, pero profundamente fracturado.
La geopolítica de Oriente Medio siempre ha sido una partida de ajedrez donde las piezas se mueven con una parsimonia engañosa, pero hoy, el tablero parece haber sido sustituido por un cronómetro de arena que se agota para todos los involucrados. Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, sugiriendo que el bloqueo naval del Estrecho de Ormuz podría ser más prolongado, han transformado la tensión regional en una crisis de resistencia global.
La arquitectura de seguridad contemporánea en el Medio Oriente atraviesa un proceso de peligrosa erosión, donde la disuasión tradicional ha sido suplantada por una dialéctica en que cada una de las partes en conflicto clama éxitos sucesivos.
A diecisiete días del inicio de la Operación "Furia Épica", el mundo asiste a una paradoja militar y económica sin precedentes en el siglo XXI.
La historia de la estrategia militar ha tenido, en general, una narrativa dominada por el polvo de las estepas y la delimitación de fronteras terrestres, pero la crisis actual en Oriente Medio nos lleva a una mirada más amplia sobre la naturaleza del poder nacional y su ejercicio, para el caso de las naciones ribereñas, en un territorio marítimo que obedece a cuatro elementos constitutivos de la estrategia marítima: el territorio, la fuerza, la posición y las líneas de comunicaciones marítimas (SLOC).
Históricamente, los imperios se consolidaron mediante el control de las rutas marítimas y, más tarde, del espacio aéreo. Hoy, la frontera de la soberanía se ha desplazado hacia dos extremos invisibles: el vacío del espacio extraterrestre y la profundidad de los océanos donde residen los cables de fibra óptica.
Tras ya casi 1.461 días de combates, la tesis de Fukuyama pareciera yacer en alguna trinchera del Donbás. Hemos regresado a la "historia" en su forma más cruda: conquistas territoriales, política de esferas de influencia y un choque de civilizaciones que la globalización no pudo evitar.
El escenario económico global ha dejado de ser un tablero de intercambio comercial para transformarse en un campo de batalla geopolítico.
Chile no llega a este escenario desde cero. Hemos construido un liderazgo sólido a través de nuestras Áreas Marinas Protegidas (AMP) en territorios insulares, que sirven hoy como referente para lo que el BBNJ busca replicar en alta mar.