Sr. Director:
Los incendios forestales que han arrasado la Región del Biobío dejan un vacío que duele en el alma, siete escuelas reducidas a cenizas, como VIPLA, el Liceo Ríos de Chile y el Jardín Florcita Silvestre en Penco, o la Escuela Punta de Parra en Tomé, dejando a más de 700 niños sin su mundo cotidiano. En Lirquén y Punta Parra, el 85% de las casas consumidas por el fuego; familias enteras con lo puesto, sin hogar ni el abrazo simbólico de la escuela que los sostenía. Esta no es solo una herida material, es un quiebre profundo en la continuidad de niñeces, en los sueños de niñas y niños, y en el latido de comunidades enteras.
Lecciones del pasado iluminan el camino físico, aunque lento: los incendios de 2023 en Biobío avanzaron al 66% en viviendas (Arauco al 85%, Tomé al 41%), con módulos temporales que devolvieron aulas en semanas. Tras el terremoto de 2010, US$3.000 millones reconstruyeron más de mil escuelas en 45 días mediante planes tripartitos, respaldados por fondos como el Nacional de Reconstrucción. Hoy es prioritario replicar esa urgencia para que marzo no sea un abismo sin clases.
Pero los ladrillos solos no curan; el corazón de la reconstrucción es social y emocional, vital cuando en marzo no habrá escuelas y el vacío total amenaza con rompernos. En Australia, tras los mega incendios de 2019-2020, iniciativas como "Kids Matter" tejieron apoyo psicológico en aulas improvisadas, fortaleciendo lazos que evitaron que niñas y niños se perdieran en la sombra del duelo. En Valparaíso post-2014, duplas psicosociales itinerantes ayudaron a sanar a docentes exhaustos, devolviendo la rutina como faro en la tormenta.
La salud mental de profesoras y profesores y la comunidad escolar clama por atención. Aquellos que vieron arder sus aulas cargan un duelo, una ansiedad que les roba la voz y la paciencia, mientras familias enfrentan soledades amplificadas por sensibilidades rotas ante el caos. En Puerto Rico tras los huracanes, círculos de diálogo y arteterapia, adaptados con rincones sensoriales calmantes, nombraron dolores colectivos y reavivaron la confianza. En Lirquén y Penco, talleres comunitarios con equipos multidisciplinarios, en donde se diseñasen estrategias inclusivas con la comunidad, pueden ayudar disipar esa desolación, restaurando lazos rotos.
Sin este abrazo, el aprendizaje se apaga. Niñas y niños con miradas perdidas, neurodiversidades sobrecargadas sensorialmente, atrapados en traumas que nublan mentes curiosas.
Pero resurgimos con protocolos de acción en donde todos los miembros de la comunidad escolar puedan expresar sus temores y comenzar la reconstrucción. En Lirquén y Penco, formemos docentes en enseñanza trauma-informada con lentes inclusivos, familias cocreando espacios seguros con zonas seguras, y estudiantes protagonistas de resiliencia.
Reconstruirnos exige empatía activa, es decir, unir ladrillos con corazones latiendo juntos, asegurando que, en marzo, sin escuelas físicas, la educación sea el puente de esperanza que sostenga infancias neuro diversas y comunidades en renacer compartido.
Romina Irribarra Vivanco
Directora programa Pedagogía en Educación Media
Universidad Andrés Bello - Concepción