​Cambio de mando ejemplar; el riesgo de un falso positivo

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Ameu0301rico Ibarra (17)


Como siempre ocurre, en cada ciclo institucional, la entrega de un cargo suele presentarse como un momento ejemplar. Las ceremonias de traspaso, los discursos solemnes y las fotografías oficiales transmiten la idea de continuidad, respeto y transparencia. Se celebra la madurez de la organización y en el imaginario colectivo pareciera que la institucionalidad funciona. El relevo se realiza con normalidad y los equipos entrantes asumen sus responsabilidades sin tropiezos.


Estas formalidades claramente son necesarias, sin embargo, el verdadero traspaso no se juega en el protocolo ni en la cordialidad de los gestos, sino en la transmisión efectiva de datos, diagnósticos y antecedentes que permiten impulsar nuevas o dar continuidad a las políticas y proyectos públicos en ejecución. Cuando esa información parece oculta, fragmentada o s incompleta, el traspaso se convierte en un falso positivo: se celebra la forma, pero se debilita el fondo.


La robustez de la institucionalidad no se mide en lo prolijo que pueda ser aplicado el protocolo en la ceremonia de cambio de mando, sino más bien en la capacidad de garantizar que el conocimiento acumulado esté disponible de manera transparente. La información es el insumo básico de la gestión pública y sin ella, los nuevos equipos deben improvisar, reconstruir desde cero o depender de rumores y versiones parciales. En esos casos, el supuesto “ejemplar” traspaso se transforma en un ritual vacío, incapaz de asegurar la correcta continuidad de las tareas del estado.


El problema no es menor. La falta de información afecta directamente la calidad de las decisiones. Implica duplicar los esfuerzos por conocer y evaluar la dirección de lo avanzado por la administración anterior. Un nuevo equipo que no conoce los compromisos adquiridos, los logros parciales o avances y sus dificultades, tendrá una tarea mucho más difícil. En lugar de avanzar, el Estado se inmoviliza por un tiempo, afectando la calidad de vida de cientos de miles o de millones de ciudadanos.


La entrega de cargo debería ser, ante todo, un ejercicio de transparencia. No basta con entregar las llaves de la oficina o firmar un acta de traspaso. Se requieren informes de gestión, estados financieros, compromisos vigentes, proyectos en curso y evaluaciones de impacto. De esta forma, se asegura que la institucionalidad no dependa de la memoria individual de quienes se van, sino del registro sistemático que permita a quienes llegan continuar o implementar los cambios necesarios.


Cuando esto no ocurre, la institucionalidad se debilita. El habitual y compartido discurso que realza los méritos de nuestra arquitectura estatal se convierte en un espejismo y la organización queda expuesta a la improvisación. El falso positivo del traspaso ejemplar encubriría una realidad incómoda: la información, que debería ser patrimonio colectivo, se convierte en un recurso escaso, retenido o mal administrado. No evaluemos nuestra institucionalidad sólo por las imágenes republicanas y ejemplares de nuestros actos públicos, sino que también por la calidad de la información disponible en las gavetas y computadoras de las nuevas autoridades.


Américo Ibarra Lara

Director Instituto del Ambiente Construido 

Observatorio en Política Pública del Territorio

Facultad de Arquitectura y Ambiente Construido

Universidad de Santiago de Chile

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