Sr. Director:
Los recientes incendios forestales en el sur de Chile han vuelto a poner sobre la mesa una verdad incómoda: nuestra geografía es nuestro mayor desafío logístico. En situaciones de catástrofe, cuando el fuego corta caminos y funde cables, la conectividad deja de ser un servicio de consumo para convertirse en infraestructura crítica. Sin embargo, en pleno 2026, la brecha digital urbano-rural en nuestro país alcanza un preocupante 44%, una cifra que en medio de una emergencia se traduce en comunidades aisladas y brigadas sin comunicación.
En un territorio de valles profundos y cerros que bloquean las señales tradicionales, la implementación de fibra óptica o cableados físicos es, muchas veces, inviable o demasiado lenta para la urgencia existente. Es aquí donde la conectividad inalámbrica de alta disponibilidad, satelital, móvil y terrestre, se consolida como la pieza clave. No sólo para asegurar que los servicios básicos sigan operativos, sino que las familias que habitan en zonas remotas no queden a ciegas cuando el entorno se vuelve hostil.
Superar esta brecha no es solo un objetivo comercial; es un imperativo de desarrollo equitativo. La innovación hoy nos permite desplegar redes satelitales y celulares con latencias mínimas, similares a la fibra óptica, pero con la flexibilidad de saltar barreras físicas. Utilizar interfaces aéreas inteligentes y sistemas de soporte en la nube reduce costos y acelera instalaciones que, en zonas de difícil acceso, antes tomaban meses.
Chile necesita que su compleja geografía deje de ser una barrera. La infraestructura inalámbrica debe ser vista como el motor que democratiza el acceso y brinda resiliencia al país. La adaptación de estas tecnologías a nuestra geografía fortalece significativamente la resiliencia del país, permitiendo que, frente a nuevas catástrofes, las zonas rurales cuenten con mayores herramientas para no quedar aisladas digitalmente.
Williams Araya, Gerente de Tecnología en Transworld.