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Nassib Segovia-Luis Riveros |
Las recientes medidas para reforzar el cobro del Crédito con Aval del Estado y la discusión sobre la sostenibilidad de la gratuidad han vuelto a despertar el debate sobre financiamiento universitario. Pero se corre el riesgo de volver a concentrar el debate en la mecánica financiera del sistema, girando una vez más en torno a quién paga la cuenta y cómo ésta se cobra, sin abordar la pregunta de fondo: ¿qué sistema de educación superior quiere sostener Chile y con qué lógica pública está dispuesto a financiarlo?
Las crisis de gobernanza universitaria rara vez comienzan cuando el conflicto se hace público; en rigor, cuando una disputa entre directorio, junta directiva, rectoría o decanaturas llega a la esfera pública, el problema ya no es el conflicto en sí, sino la señal de que los mecanismos internos de conducción, deliberación y resolución institucional han fallado.
Cuando alguien decide estudiar una carrera, la oferta implícita es clara en cuanto a que “al final del ca mino habrá un empleo acorde y una remuneración que lo justifique”. Esa promesa es el fundamento que ha sostenido la expansión de la educación superior en Chile y el sistema universitario lo sabe, y por eso mide empleabilidad. El problema es que la está midiendo mal, con consecuencias para quienes deciden con esa información.
En Chile existe un grupo reducido de Escuelas de Negocios que han logrado acreditaciones internacionales exigentes. Instituciones tales como la U. de Chile, la PUC, la UAI y la ESE Business School cuentan con acreditaciones de prestigiosas entidades como AACSB o AMBA, así reflejando avances relevantes en estándares académicos y gobernanza.
Mientras el mundo académico enfrenta el reto de redefinir el propósito de las business schools, el debate en nuestro medio sigue atrapado en rankings y acreditaciones. Pero no se aborda el problema de fondo: el conflicto no resuelto sobre la razón de la existencia de la educación en negocios. En efecto, se discuten rankings, acreditaciones y nuevos MBAs, pero rara vez se aborda la pregunta más incómoda: si acaso las escuelas de negocios están formando los líderes que precisa una economía que ya cambió. Mientras las principales business schools del mundo atraviesan por un proceso de redefinición profunda, en Chile el debate sigue concentrado en obtener la acreditación oficial o posiciones en listas comparativas internacionales. No es que los rankings sean inútiles; el problema es cuando la definición sobre el futuro de la educación en management termina reducida a ellos.
Durante años, la prosecución de estudios fue considerada un segmento sólo complementario del sistema universitario. Hoy eso ha cambiado: los registros oficiales (SIES) muestran una expansión sostenida de la oferta y matrícula en programas online especialmente en modalidades orientadas a adultos trabajadores. Este crecimiento ha sido constante y progresivo, consolidándose en diversas universidades privadas como una línea estratégica. En ese contexto, los programas de segundo título profesional, conocidos en muchos casos como “Advance”, que se brindan mayoritariamente en formato online, se han convertido en una vía concreta de inserción laboral para quienes buscan fortalecer o diversificar sus antecedentes sin abandonar el empleo.
La complejidad de una universidad se refiere a su desempeño relevante en materia de investigación. Sin embargo, la acreditación en investigación que pueda obtener una universidad no la hace necesariamente “compleja”; solo confirma que la institución posee gobernanza científica y capacidad estructural para sostenerla.
La internacionalización se ha convertido en un indicador casi obligatorio en educación superior. Convenios firmados, estudiantes en intercambio, académicos visitantes o posiciones en rankings suelen presentarse como prueba de avance.