La complejidad de una universidad se refiere a su desempeño relevante en materia de investigación. Sin embargo, la acreditación en investigación que pueda obtener una universidad no la hace necesariamente “compleja”; solo confirma que la institución posee gobernanza científica y capacidad estructural para sostenerla.
Desde octubre de 2023, un nuevo modelo de acreditación institucional elevó de manera sustantiva los estándares de calidad universitaria en Chile. La acreditación dejó de tolerar declaraciones formales y comenzó a exigir trazabilidad, coherencia y resultados verificables. En ese escenario, la investigación, creación e innovación dejaron de ser un complemento opcional y pasaron a convertirse en un factor decisivo para las instituciones.
Conviene decirlo sin ambigüedades: la investigación no es sólo “publicar”; es gobernanza científica sostenida que supone reglas claras, prioridades definidas, masa crítica académica, financiamiento estable, formación doctoral articulada y evaluación permanente. Cuando ese sistema existe, la universidad actúa como institución compleja y no es sólo la suma de esfuerzos individuales. Por ello, acreditar en investigación ya no es un puro gesto reputacional sino una definición estratégica. Una universidad que demuestra capacidad investigativa sostenida fortalece su legitimidad académica, mejora su acceso a financiamiento competitivo y consolida su posición dentro del sistema. Pero el efecto más profundo es que la acreditación en investigación redefine jerarquías institucionales y no sólo valida desempeño técnico.
Claramente, no todas las universidades deben convertirse en instituciones complejas. Un modelo docente fuerte, centrado en formación profesional de calidad, es plenamente legítimo y necesario para el sistema. Lo que resulta problemático es confundir expansión con complejidad: abrir más carreras de pregrado, postgrados y educación continua, aumentar matrícula o multiplicar sedes no equivale a construir un sistema científico. Algunas instituciones han expandido su oferta sin consolidar masa crítica ni líneas de investigación sostenidas. No olvidemos que la CNA no evalúa crecimiento sino “capacidad instalada”.
La investigación exige coherencia estructural y una integración efectiva en las facultades, de modo que se refleje en la contratación, la promoción académica y la asignación de recursos. Cuando los doctorados se abren sin masa crítica suficiente y los mismos académicos se repiten en varios claustros y núcleos para completar requisitos formales, la fragilidad se vuelve evidente. Así surgen programas creados con entusiasmo, pero sin densidad académica efectiva, una inconsistencia que termina por quedar expuesta en los procesos de acreditación.
Existe una tensión que muchas instituciones evitan reconocer: la presión por publicar y adjudicar proyectos se superpone a una carga creciente de docencia y gestión; y si no se ajustan incentivos ni se redistribuyen responsabilidades con coherencia, la exigencia deriva en desgaste y simulación. La investigación sostenible no nace de consignas, sino de condiciones estructurales que permitan producir conocimiento sin deteriorar el trabajo académico.
Cuando una universidad fracasa o queda débil para acreditar en investigación, el problema no suele ser la falta de publicaciones, sino fallas estructurales: productividad concentrada en pocos académicos, políticas sin seguimiento efectivo y desconexión entre facultades y estrategia institucional. A ello se suma la tentación de prepararse para la acreditación, mediante contrataciones apresuradas y/o incentivos coyunturales para mejorar indicadores. Esas maniobras pueden elevar cifras, pero no construyen complejidad, ya que la investigación exige coherencia sostenida en el tiempo y no ajustes tácticos de última hora.
En definitiva, la investigación no es una dimensión más del aseguramiento de la calidad, sino el criterio que distingue a una universidad docente de una universidad compleja. La acreditación en investigación no transforma a una institución; simplemente revela si posee o no esa condición. En un sistema cada vez más exigente, esa diferencia no es retórica sino estructural.
Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile
Prof. Nassib Segovia, académico y especialista en educación superior.