Mientras el mundo académico enfrenta el reto de redefinir el propósito de las business schools, el debate en nuestro medio sigue atrapado en rankings y acreditaciones. Pero no se aborda el problema de fondo: el conflicto no resuelto sobre la razón de la existencia de la educación en negocios. En efecto, se discuten rankings, acreditaciones y nuevos MBAs, pero rara vez se aborda la pregunta más incómoda: si acaso las escuelas de negocios están formando los líderes que precisa una economía que ya cambió. Mientras las principales business schools del mundo atraviesan por un proceso de redefinición profunda, en Chile el debate sigue concentrado en obtener la acreditación oficial o posiciones en listas comparativas internacionales. No es que los rankings sean inútiles; el problema es cuando la definición sobre el futuro de la educación en management termina reducida a ellos.
Para entender bien el desafío, conviene precisar qué es una escuela de negocios. A diferencia de una facultad universitaria organizada en torno a la formación disciplinaria básica, tanto en economía como en administración, una business school obedece a una lógica distinta: integrar estrategia, contabilidad y finanzas, operaciones, marketing y liderazgo en torno a problemas reales de gestión. El MBA nació con el propósito de profesionalizar la dirección de empresas y preparar ejecutivos para decidir bajo incertidumbre. Y también en el intento de acerca las soluciones que brinda la “teoría” a los problemas reales que envuelven las decisiones a nivel de la empresa.
Detrás de este debate hay una tensión históricamente no resuelta entre la visión de entrenamiento o, la más amplia, de educación en negocios. Efectivamente, la educación en negocios ha sido disputada por dos grandes visiones. La primera, dominante, es el criterio instrumental de la gestión, que entiende las escuelas como centros de entrenamiento técnico orientados a satisfacer la demanda del mercado en materias de operación. La segunda es el criterio formativo-reflexivo, según el cual la formación debe incluir también pensamiento crítico, comprensión del impacto social de las decisiones y reflexión sobre las responsabilidades del liderazgo. En términos concretos, la diferencia es la que existe entre (a) estudiar para sólo insertarse en el mercado laboral y (b) estudiar para crear y transformar trabajo. En Chile, esta tensión nunca ha sido reconocida abiertamente y el sistema ha tendido a privilegiar la visión más instrumental.
Mientras tanto, las principales escuelas del mundo ya tomaron decisiones. Harvard Business School estableció en 2025 un curso obligatorio de inteligencia artificial para todos sus candidatos al MBA, y Stanford más que duplicó sus cursos con IA entre 2024 y 2026. Según el Graduate Management Admission Council, solo el 22% de las escuelas a nivel global aún no ha incorporado la IA activamente al aprendizaje. Pero el cambio va más allá de lo tecnológico, porque las mejores escuelas también han ampliado su propósito: hoy forman líderes capaces de comprender el impacto de sus decisiones sobre personas, organizaciones y la sociedad en su conjunto. Y para ello se forman en el propósito de integrar plenamente las tecnologías infocomunicacionales en la toma de decisiones y proyectar sus consecuencias. La IA se ha transformado en un vital instrumento para proyectar la formación en materia de decisiones en la complejidad de sus resultados.
Necesitamos un cambio de fondo en el enfoque de la formación de ejecutivos que estamos adoptando. Se precisa menos de un enfoque “entrenamiento” y mucho más de quienes sean capaces de proyectar el amplio horizonte de consecuencias de sus decisiones. Esto último es concordante con una visión de empresa como actor social relevante, y no sólo como entidad productora de ganancias y retornos financieros.
Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile
Prof. Nassib Segovia, académico y especialista en educación superior.