La universidad, tal como la conocemos, tiene una historia extraordinaria. Sus raíces se remontan a la Grecia clásica y su organización institucional a la universitas medieval. Desde entonces ha experimentado grandes transformaciones, pero ha conservado una característica fundamental: el conocimiento ocupa el centro de su actividad. Los profesores lo transmiten y los estudiantes deben demostrar que lo han adquirido.
La inteligencia artificial está poniendo en cuestión ese modelo.
Por primera vez, una tecnología puede realizar una proporción creciente de las tareas cognitivas para las cuales las universidades han preparado tradicionalmente a sus estudiantes. No se limita a almacenar información: analiza, compara, argumenta, programa, diagnostica y propone soluciones.
Si una máquina puede hacer buena parte de aquello que enseñamos a hacer a nuestros alumnos, ¿cuál será el valor de un título universitario?
La respuesta no puede consistir simplemente en incorporar IA a las clases, enseñar a escribir mejores prompts o automatizar las evaluaciones. Eso sería modernizar las herramientas sin modificar el propósito.
La universidad debe dejar de considerar la transmisión de conocimientos como su principal propuesta de valor y concentrarse en desarrollar las capacidades humanas necesarias para utilizar esos conocimientos con criterio y responsabilidad.
El conocimiento seguirá siendo indispensable. Nadie puede ejercer buen juicio sobre aquello que desconoce. Pero conocer no es lo mismo que comprender, comprender no es lo mismo que decidir y decidir no es lo mismo que asumir las consecuencias.
Hay dimensiones profundamente humanas que la IA puede emular, pero cuya experiencia y responsabilidad no podemos atribuirle como a una persona: la conciencia, la intuición, las emociones, el juicio moral y la capacidad de distinguir entre el bien y el mal.
En el mundo profesional, estas capacidades adquirirán una importancia creciente. Las empresas no necesitarán solamente personas que produzcan respuestas, sino profesionales capaces de identificar problemas, formular las preguntas correctas, evaluar alternativas y tomar decisiones responsables.
Durante siglos, las universidades han formado personas para un mundo en el que el conocimiento especializado era escaso. Hoy avanzamos hacia otro en el que muchas capacidades intelectuales estarán disponibles mediante máquinas.
Eso no hace menos necesaria la universidad. Hace más urgente que redefina su misión. Quizás estemos ante una transformación de la educación superior comparable, por su profundidad, con aquellas que dieron origen a las grandes tradiciones universitarias.
La pregunta que deberían hacerse hoy los rectores no es cuánta inteligencia artificial utilizan sus profesores y estudiantes.
Es qué están formando en sus alumnos que la inteligencia artificial no pueda sustituir.
Alfredo Barriga
Profesor UDP
Autor de “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el urgente Rediseño de lo Humano”