Los recientes accidentes fatales en la minería nos recuerdan, de la manera más dolorosa, lo que está en juego cada vez que una persona entra a una faena. Detrás de cada pérdida hay una familia, compañeros de trabajo y una comunidad que deben aprender a vivir con una ausencia. Por eso, además de revisar lo ocurrido, necesitamos hacernos una pregunta más profunda: ¿estamos preparando realmente a las personas para enfrentar los riesgos de su trabajo?
La minería cuenta con herramientas para identificar peligros y definir medidas de control. Los Análisis de Riesgos de la Tarea (ART) cumplen una función importante: permiten que un equipo revise lo que hará, reconozca aquello que puede salir mal y acuerde cómo protegerse. Sin embargo, el valor de ese ejercicio depende de lo que ocurre después de completar el documento.
Una planilla puede estar completa y una firma puede acreditar que alguien participó. La seguridad, en cambio, se juega en otro momento: cuando un trabajador o trabajadora reconoce un peligro, advierte que algo ha cambiado y sabe cómo responder.
El problema aparece cuando cumplir el procedimiento termina ocupando el lugar de la prevención. Se repiten los mismos riesgos, se copian las mismas medidas y se completan los registros, mientras la conversación sobre las condiciones reales del trabajo pierde espacio. Lo que debía ayudar a pensar se convierte en una rutina administrativa.
Algo parecido ocurre con la capacitación. Conocer un procedimiento es importante, pero enfrentarse a una situación crítica exige algo más que recordarlo. Una persona puede explicar qué debe hacer y, aun así, necesitar práctica para reconocer una señal de alerta, reaccionar ante una falla inesperada o coordinarse con sus compañeros cuando cada segundo cuenta.
Por ello, la diferencia está entre saber qué hacer y haber aprendido a hacerlo.
Esa diferencia debería orientar nuestra manera de entender la prevención. Los accidentes y las situaciones críticas pueden ser excepcionales; pero la preparación para enfrentarlos tiene que formar parte del trabajo cotidiano. Esperar que una persona demuestre sus capacidades por primera vez durante una emergencia es dejar demasiado al azar.
Aquí la tecnología abre una posibilidad interesante. La simulación virtual permite recrear situaciones peligrosas en un entorno controlado, donde los trabajadores pueden tomar decisiones, observar sus consecuencias y volver a intentarlo. Un ejercicio se puede repetir, incorporar una falla distinta o exigir que el equipo responda de otra manera. Cada experiencia ofrece una nueva oportunidad para reconocer mejor los riesgos y practicar cómo actuar frente a ellos.
La importancia de estos entornos está en que permiten aprender haciendo. La trabajadora o trabajador deja de ser un receptor de instrucciones y se convierte en protagonista de una situación que exige observar, decidir y actuar. Con la orientación de un instructor, la práctica permite revisar errores, resolver dudas y fortalecer respuestas que después serán necesarias en terreno.
Por supuesto, la virtualidad no reproduce toda la complejidad de una faena. Su aporte está en complementar la experiencia real y ofrecer oportunidades de entrenamiento que serían difíciles o peligrosas de recrear directamente. Para saber si funciona, importa menos cuántas personas participaron en una simulación que aquello que aprendieron y pueden demostrar después.
Pero ninguna herramienta, por avanzada que sea, puede sostener por sí sola una cultura preventiva. Un trabajador puede estar bien preparado y reconocer un peligro, pero necesita saber que su advertencia será escuchada y que tendrá respaldo para detener una tarea insegura. Si hacerlo significa recibir cuestionamientos por retrasar la producción, la organización termina transmitiendo un mensaje contrario al que proclaman sus procedimientos.
La seguridad se construye también en esas decisiones cotidianas: en el tiempo que se destina a preparar una tarea, en la disposición de una jefatura para escuchar a su equipo y en la manera en que una empresa responde cuando alguien advierte que las condiciones han cambiado. La responsabilidad de prevenir alcanza a todos, desde quienes ejecutan el trabajo hasta quienes planifican y toman las decisiones.
Por eso, documentos como la ART deben servir para conversar y decidir; la capacitación, para desarrollar capacidades; y la tecnología, para practicar y aprender. En ello, los indicadores también tienen un papel importante, siempre que permitan reconocer brechas y mejorar las condiciones de trabajo, en lugar de limitarse a contabilizar formularios, cursos o actividades realizadas.
En definitiva, prevenir significa preparar a las personas para reconocer el peligro antes de que sea demasiado tarde, darles herramientas para responder y asegurar que puedan actuar con el respaldo de toda la organización. Y es que el riesgo puede aparecer en un instante, aunque la preparación para enfrentarlo se construye mucho antes, en cada jornada de trabajo.
Rodrigo Gonzalez, CEO de Minverso, academico FEN U de Chile y arquitecto Usach