"La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, escribió Karl Marx a mediados del siglo XIX, en pleno apogeo de la revolución industrial. Se dice que desarrolló el plan de la obra a ser redactada entre 1863 y 1865 como un conjunto de tres libros y con la intención de dar "un golpe a la burguesía del cual no se recuperará jamás". Eran los tiempos en que maduraba el sistema de producción capitalista y en que, efectivamente, había una estructura social y de producción en que prevalecía la división del trabajo y en que el “capitalista” dominaba su hacer productivo pero también la estructura social y de gobierno. Marx, que seguía de manera muy convencida a los economistas clásicos, en esta materia se separa de ellos, pues hacía a la propiedad del capital un actor decisivo en materia de construcción de una sociedad dominada por los intereses de clase y la subyacente distribución de los recursos. De allí los afanes en el siglo XIX por alentar una lucha contra la burguesía y culpar al “sistema” de todos los males existentes en la sociedad. Por cierto, eso fue cambiando en la misma medida en que fue evolucionando el concepto de empresa y en la misma relación capital-trabajo, puesto que empezó a dominar la idea de una alianza que permitía el crecimiento productivo y con ello superar las contradicciones de clase por la vía de un mejoramiento en el bienestar de los trabajadores. Los modelos asiáticos, por ejemplo, han enseñado que la actividad productiva está dominada por salarios de eficiencia, los cuales reflejan un ánimo de compartir costos y ganancias. Al mismo tiempo, el concepto de empresa ha empezado a evolucionar y también hoy día comprende a medianas y pequeñas unidades productivas en que existe la idea de un proyecto común de capital y trabajo, superando la vieja idea del enfrentamiento que preconizara Marx y sus seguidores.
Lastimosamente, en estos días en que hemos sufrido el castigo de un tiempo inclemente que ha afectado a todo Chile, parece aflorar en las mentes de algunos estos viejos aforismos marxistas sobre la lucha de clases y sus manifestaciones más sombrías. Así, se ha dicho que el temporal y aluvión que tuvo lugar en la zona alta de Santiago ha afectado más bien a los ricos, efectuándose algunas bromas de mal gusto sobre el alcance que tendrían albergues y ollas comunes para las acomodadas familias del sector. En este mismo contexto, varios han dicho que los recursos públicos han acudido en ayuda de los afectados con mucha mayor rapidez y efectividad que si el mismo evento hubiese tenido lugar en sectores más populares. Con ello se ha auspiciado la indiferencia sobre la gravedad del problema y la manifestación de una exclusión a colaborar con aquellos “poderosos” que han sido perjudicados. Se trata mucho menos que una teoría capaz de reflotar la vieja idea de la lucha de clases, sino más la aplicación práctica y de un cierto resentimiento que trata de convertirse, como se ha hecho de modo consuetudinario, en un instrumento de lucha social. Con esto se trata de subrayar las diferencias y fomentar una especie de odio de clases. Cero espacio para el humanismo y para la posibilidad de ayudarnos los unos a los otros, independientemente de donde las circunstancias de nuestras historias nos han traído.
Lo único que hay que desear es que esta actitud que preconiza la indiferencia frente al dolor, no sea algo que se generalice, ni se transforme en una nueva versión de lucha de clases. Por cierto, la ayuda, la solidaridad, la empatía deben prevalecer frente a la visión extrema de “odio de clases” en que grupos sociales se verían siempre e irremediablemente enfrentados. Un mejor futuro se debe basar en la solidaridad y la fraternidad para avanzar con solidez hacia un verdadero progreso humano.
Prof. Luis A. Riveros
IEIPP Universidad del Alba