La verdadera "caída a pedazos"

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Luis Riveros ok

Es cierto lo dicho por distintos analistas sobre la situación que vivimos: Chile no se cae a pedazos. Hay indicadores que dan cuenta del negativo efecto de malas decisiones que se han ido tomando y que sustentan un decaimiento económico que se verifica en bajo crecimiento, alto desempleo y persistente inflación. Y junto con eso, como amargo epílogo, crece un descontento social que se intensifica con discursos llenos de ilusión, mucha desinformación y aspiraciones solapadas. No son los problemas que vivimos fenómenos con causas inmediatas, pero obedecen a una misma fuente emisora: decisiones políticas que han dado lugar al desmoronamiento ocurrido luego de años en que la economía chilena brilló con luces propias. El país tiene una gran capacidad de recuperación si se brindan las opciones correctas y se crean las oportunidades para invertir, crecer y superar el mal momento. Los “acuerdos” sobre medidas económicas, transversales como lo fueron y posiblemente bien intencionados, ignoraron las consecuencias y sólo observaron los exitosos años pasados como algo que seguiría no obstante lo que se hiciera. Los principales responsables: la política y sus actores, la falta de seriedad programática de los partidos y la inusitada conducta de muchos de sus líderes, más tras el halago de titulares llamativos y la apariencia de un liderazgo de ideas que de un sincero deseo de servir mejor al país.


Varios episodios han configurado el escenario de desencanto y protesta que domina a Chile. Se aprobó en 2014 una reforma tributaria destinada a aumentar el caudal de recursos para el Estado, iniciativa plena de buenas intenciones pero que no logró su objetivo e impactó negativamente en el nivel de actividad y la inversión. Asimismo, se aprobaron retiros de los fondos previsionales, en medio de grandes aplausos, pero con los lamentos posteriores por el alza inusitada de los precios. Años después se aprobó un alto aumento del salario mínimo a pesar de las advertencias formuladas porque el incremento de los costos laborales incidiría negativamente en el empleo. Además, y con ese mismo discurso “progresista”, se disminuyó la duración de la jornada laboral, lo cual significó un aumento de una sola vez de un 4.8% en los costos del empleo. Además, se aprobó una reforma previsional que aumentaba los costos para el empleador, iniciativa que también, advertidamente, repercutiría negativamente en la creación de empleos formales. Todas estas acciones aprobadas con respaldo político transversal estuvieron tapizadas de buenas intenciones, pero con negativo efecto en el nivel de actividad, el empleo y la inflación.


Hoy el país se lamenta del estado de cosas que sufrimos y que constituye el peso moral de malas decisiones adoptadas en el pasado. El afán de “lucimiento” y de conseguir “acuerdos”, aun a costa del perjuicio futuro para el país, primaron sobre la racionalidad y el indispensable uso de buena información. Así, se han mezclado situaciones con resultados nefastos para Chile y su desarrollo, adornados adicionalmente por un manejo fiscal que ha dejado al Estado chileno como un gran deudor a pesar de los riesgos que ello envuelve en un mundo financiero inestable.


La gestión de los políticos ha sido un peso para el futuro del país. No sólo con reformas mal diseñadas y carentes de visión sobre sus costos, sino, además, por haber impulsado el gasto público no sólo por los estipendios a servidores públicos electos, como los mismos parlamentarios, sino también por la creación de ministerios y reparticiones públicas de toda índole, mientras languidece la educación preescolar, la inversión en investigación es muy insuficiente, y la salud se debate en medio de ingentes necesidades. Y entonces se culpará al sistema, a la historia o al predominio internacional de las grandes potencias, pero nunca se reconocerá que la falla está en el tipo de decisiones y pactos de respaldo.


El problema está en casa y no tendrá una solución si seguimos en negociaciones para producir reformas con más aspiraciones que realidades. Chile no se cae a pedazos, porque la fortaleza de su economía necesita solamente de los incentivos y políticas adecuadas. Lo que se cae a pedazos es esta forma de hacer política, con decisiones con poco fundamento, con miradas parciales, y bajo el predominio de discursos populistas que se aprovechan del dolor y las necesidades de la gente. 


Prof. Luis A. Riveros

Emérito Universidad de Chile

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