Durante décadas, la promesa fue simple: estudiar más equivalía a vivir mejor. Saca un título y el futuro queda asegurado. Esa ecuación ordenó la vida de generaciones enteras.
Hoy empezó a fallar.
Un estudio reciente de ADP Research lo expone con crudeza: solo uno de cada cuatro trabajadores siente que su educación formal lo preparó para el trabajo que hace hoy. Y, sin embargo, quienes tienen estudios superiores siguen accediendo a mejores sueldos, ascensos y estabilidad. Dos datos que parecen contradecirse, pero no lo hacen.
El título sigue importando. Lo que ya no alcanza es el título como punto final.
No es una idea nueva, pero conviene insistir: seguimos educando para un mundo que ya no existe. La escuela que conocemos fue diseñada para una economía industrial que premiaba la repetición y el dato memorizado. Pero el conocimiento dejó de estar concentrado. Hayek lo intuyó hace ochenta años: el saber no vive en ninguna autoridad central, está disperso entre millones de personas. La tecnología solo volvió literal esa intuición. Hoy la información es infinita, gratuita y está en cualquier pantalla.
Cuando el acceso al conocimiento deja de ser escaso, lo escaso pasa a ser otra cosa: el criterio para usarlo.
Aquí aparece la distinción que la educación todavía no termina de asumir. Información no es lo mismo que formación. Se puede consumir contenido sin parar —videos, tutoriales, respuestas instantáneas de una inteligencia artificial— y no aprender nada que perdure. La formación exige lo incómodo: tiempo, error, profundidad, juicio. Exactamente lo que no se descarga.
Por eso la habilidad decisiva ya no es saber, sino aprender a aprender. Mientras los conocimientos técnicos envejecen cada vez más rápido, la capacidad de adquirir nuevos puede acompañar a una persona toda la vida. La pregunta que define una carrera dejó de ser "¿qué estudiaste?" para volverse "¿qué estás aprendiendo ahora?".
No es un problema generacional. Hay profesionales de sesenta años aprendiendo a usar IA y recién egresados que ya quedaron desactualizados. La diferencia no la marca la edad: la marca la actitud. A esa inquietud incluso le pusieron nombre —FOBO, el miedo a volverse obsoleto— y no es una neurosis tecnológica: es la sospecha, razonable, de que lo que nos hizo competentes ayer puede no bastar mañana.
En Chile el diagnóstico pega fuerte. Seguimos valorando enormemente el título universitario, y con razón sigue pagando una prima salarial real. Pero nuestros resultados en SIMCE y PISA, el rezago que dejó la pandemia y la distancia entre lo que enseña el aula y lo que pide el trabajo muestran un sistema que corre detrás de la innovación. Entre que se diseña un currículo, se aprueba, se forma a los docentes y se implementa, pasan años; para entonces, varias de las herramientas que se enseñaron ya cambiaron. Mientras tanto, miramos con sospecha a la formación técnico-profesional, cuando muchas veces es ahí donde mejor se entrena esa adaptabilidad que el mercado exige.
¿Significa esto que la escuela perdió relevancia? Al contrario. Su rol cambia, pero se vuelve más necesario. Ya no es el lugar donde se accede al conocimiento, sino donde ese conocimiento se procesa, se discute y se pone a prueba. Donde se forman las capacidades que ninguna pantalla entrega: pensamiento crítico, criterio, autonomía.
Y ahí está, para mí, el verdadero objetivo de educar en este siglo: formar personas capaces de hacerse cargo de su propio aprendizaje. No alumnos que esperan que una institución les diseñe el próximo paso, sino jóvenes que observan hacia dónde va su mundo, identifican lo que necesitarán y toman la iniciativa antes de que alguien se las exija. Por esta razón, hay que apelar a una formación que no acumula contenidos, sino que cultiva el carácter y el juicio para conducir la propia vida.
Hacerse cargo, además, no es solo una destreza intelectual: es una cuestión de carácter. La perseverancia para no abandonar ante el primer tropiezo, la prudencia para decidir con información incompleta, el coraje de pensar distinto cuando es impopular. Esas virtudes no aparecen en ningún certificado, pero son las que sostienen a una persona cuando el conocimiento técnico que aprendió ya caducó. Aristóteles lo sabía hace dos mil años: el carácter no se transmite como un dato, se forma con hábito y ejemplo. Y formar adolescentes capaces de gobernar su propia vida —de elegir bien, de sostener un esfuerzo, de responder por sus decisiones— es quizás la tarea más urgente, y la que ninguna pantalla podrá reemplazar.
Dentro de esas capacidades hay una que solemos olvidar: la alfabetización económica. Saber leer el mundo en términos de incentivos, costos y consecuencias no es un tecnicismo para especialistas; es criterio para decidir, votar y trabajar. Es, precisamente, el tipo de competencia transferible que sobrevive a la obsolescencia técnica. Por eso, llevarla a las aulas no es un complemento: es parte del núcleo.
Porque en un mundo donde todo está disponible, la ventaja ya no está en saber más, sino en saber mejor. Y, sobre todo, en saber seguir aprendiendo.
El desafío de la educación dejó de ser entregar un diploma. El desafío es formar personas capaces de hacerse cargo de seguir siendo relevantes.
María José Domínguez,
Directora ejecutiva de Libbre – Faro UDD