​Inteligencia artificial y derecho de autor, más que problema jurídico

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Andreu0301s Cuche

El rechazo del artículo 8 de la llamada “megarreforma” abre una discusión que Chile necesita tener con más profundidad. La norma buscaba permitir que sistemas de inteligencia artificial utilizaran obras protegidas para fines de entrenamiento, análisis o minería de datos, sin autorización ni pago a sus titulares. Su rechazo fue celebrado por distintos sectores creativos, pero el debate está lejos de estar cerrado.


Desde una perspectiva estrictamente jurídica, no toda influencia es infracción. El derecho de autor no protege estilos, ideas o inspiraciones generales, sino obras concretas. Si una persona estudia la obra de un artista y luego crea algo inspirado en su lenguaje visual, eso no constituye necesariamente una vulneración de derechos. La cultura siempre ha avanzado así: observando, aprendiendo, reinterpretando y transformando.


Por eso, sería simplista afirmar que toda obra generada por inteligencia artificial es infractora solo porque el sistema fue entrenado con obras previas. El derecho de autor no puede convertirse en una prohibición general de aprender o de crear a partir de referencias.


Pero también sería ingenuo sostener que la inteligencia artificial aprende igual que una persona. No hablamos de un artista que visita un museo o estudia libros durante años, sino de sistemas capaces de procesar millones de obras a escala industrial para generar contenidos que pueden competir directamente con quienes produjeron el material original.


Ahí el problema deja de ser puramente jurídico y se vuelve político.


La pregunta no es solo si existe infracción bajo las categorías tradicionales del derecho de autor. La pregunta es si, como sociedad, queremos permitir que una industria capture masivamente el valor de obras humanas sin reglas claras de transparencia, autorización o compensación.


La inteligencia artificial puede ser una herramienta extraordinaria. Puede aumentar la productividad, facilitar procesos creativos y abrir nuevas oportunidades. Pero su desarrollo no debiera descansar sobre la idea de que el trabajo de artistas, periodistas, músicos, escritores, fotógrafos o diseñadores puede ser utilizado gratuitamente como insumo de entrenamiento para modelos comerciales.


El rechazo del artículo 8 no debería entenderse como una negativa a la innovación, sino como una señal de cautela frente a una regulación demasiado amplia. Chile necesita reglas modernas para la inteligencia artificial, pero esas reglas deben distinguir entre usos académicos, experimentales y comerciales; entre análisis de datos y explotación económica; entre aprendizaje tecnológico y sustitución masiva de trabajo humano.


El desafío no es impedir que la inteligencia artificial aprenda. El desafío es decidir bajo qué condiciones puede hacerlo cuando su aprendizaje depende de la creación humana.


Innovar es necesario. Pero una transición tecnológica justa no puede dejar fuera de la ecuación a quienes produjeron las obras, imágenes, textos, canciones y contenidos que alimentan esta nueva era.


Andrés Cuche, 

Abogado director de Cuche López

europapress