El escenario económico global ha dejado de ser un tablero de intercambio comercial para transformarse en un campo de batalla geopolítico. Bajo la administración del presidente Donald Trump, los aranceles han dejado de verse como simples herramientas de ajuste fiscal o protección de industrias locales, para pasar a ser empleados medios de acción, contribuyendo al avance en pos de alcanzar determinados objetivos nacionales. Esta tendencia, que comenzó como una disputa manufacturera con China, ha mutado en una política de coerción sistémica que hoy alcanza niveles estratégicos, con Groenlandia como telón de fondo.
Para entender este fenómeno es posible recurrir al concepto de geoeconomía. Según los estrategas Robert Blackwill y Jennifer Harris en su obra “War by Other Means: Geoeconomics and Statecraft” (2016), los Estados están utilizando cada vez más herramientas económicas, que van desde aranceles y sanciones financieras hasta controles de exportación y embargos, para alcanzar objetivos geopolíticos que antes se perseguían mediante la fuerza militar o la diplomacia tradicional. En este nuevo orden, la economía no sirve al mercado, sino al interés nacional. El uso de embargos y sanciones no busca castigar una mala práctica contable, sino quebrar la voluntad política de un adversario y, de estar forma, alcanzar el objetivo perseguido.
La reciente amenaza de imponer aranceles del 10%, escalables al 25% si no hay acuerdo para junio, a ocho naciones europeas, incluyendo a Dinamarca, Francia y Alemania, marca un punto de inflexión peligroso. El objetivo declarado no es corregir un déficit comercial o proteger el acero de Pittsburgh, sino lograr la cesión o venta de Groenlandia. Al condicionar el acceso al mercado estadounidense al traspaso de territorios de un aliado de la OTAN, Washington está debilitando el contrato básico de la arquitectura de seguridad de la posguerra y la década de los setenta, que se consolidó en base la teoría de seguridad del constructivismo social.
Como ha señalado el Nobel de Economía, Paul Krugman, la fijación del empleo de los aranceles como herramienta de presión sería "poco eficaz", en particular, para los objetivos declarados (como reducir déficits) y perjudiciales por generar incertidumbre, caos para las empresas, y erosionar la credibilidad de EE. UU. como socio comercial, afectando la posición de liderazgo de Estados Unidos. Krugman argumenta que, estas medidas, ignoran la complejidad de las cadenas de suministro modernas.
La respuesta europea ha sido el Instrumento Anticoerción, conocido también como “Bazuka Comercial”, que es un reglamento de la Unión Europea, el que entró en vigor el 27 de diciembre de 2023, con el objetivo es proteger a la UE y a sus Estados miembros de la coerción económica por parte de terceros países, proporcionando un marco de acción, incluyendo la adopción de contramedidas. Si la Unión Europea decide activar represalias, estaríamos ante una desconexión de las dos economías más integradas del planeta. La economía ya no busca la eficiencia, sino la supervivencia y la hegemonía.
Sumado a la fricción entre Estados Unidos y Europa, esta forma de acción económica no ha tardado en replicarse en el sur global. En Latinoamérica, el conflicto que se ha generado esta semana entre Ecuador y Colombia es una manifestación clara de cómo, la política arancelaria, se ha vuelto una herramienta cómoda a emplear en momentos de crisis. El anuncio del gobierno ecuatoriano de imponer un arancel del 30% a los productos colombianos, justificado por un déficit comercial y una supuesta falta de cooperación en seguridad fronteriza, refleja la misma lógica transaccional que emana desde Washington.
En lugar de resolver las tensiones mediante diferentes mecanismos disponibles en el concierto internacional, se ha recurrido al arancel coercitivo. Se utiliza la economía para enviar un mensaje político sobre la seguridad y el control de estupefacientes, transformando el intercambio de bienes en un subordinado a la agenda de defensa. En esa misma línea, el pasado miércoles, en su presentación ante la 56ª Reunión Anual del Foro Económico Mundial, celebrada en Davos-Klosters, Suiza, bajo el lema “El espíritu del diálogo”, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció unas palabras que, probablemente, quedarán registradas como antecedentes que definen estos tiempos que estamos viviendo. En una parte de su discurso expresó “Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a usar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coerción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede "vivir dentro de la mentira" del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.”
La "Guerra de Aranceles" ha dejado de ser una disputa por el precio del aluminio para convertirse en el nuevo lenguaje de la fuerza. Si la economía sigue siendo utilizada como un instrumento de masivo de presión, se corre el riesgo, no solo de una recesión a nivel global, sino del cuestionamiento o la desaparición, al menos parcial, de la confianza, como medio que sostiene a la civilización moderna. El poder nacional puede ganar una batalla en el corto plazo, pero una economía mundial fragmentada y armada, puede, en el mediano o largo plazo, convertirse en una derrota para todos.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Contraalmirante ( R)