El primer discurso de un presidente suele cumplir una función simbólica decisiva: no solo inaugura un período político, sino que también establece el marco desde donde se interpretarán las decisiones del nuevo gobierno. En el caso del primer discurso del presidente Kast, lo que emerge con claridad es una narrativa centrada en la idea de crisis y en la promesa de restauración del orden.
Desde el punto de vista lingüístico, el discurso se articula en torno a tres campos semánticos predominantes: seguridad, emergencia y unidad nacional. Conceptos como “orden”, “seguridad”, “crimen” o “narcotráfico” aparecen reiteradamente, construyendo la imagen de que Chile atraviesa una situación crítica que requiere respuestas inmediatas del gobierno de turno. A ello se suma la noción de “gobierno de emergencia”, una expresión que no solo describe un diagnóstico político, sino que también cumple una función legitimadora: si el país enfrenta una situación excepcional, entonces las decisiones del gobierno también podrían presentarse como extraordinarias.
Un segundo elemento relevante es el uso reiterado del pronombre “nosotros”. Este recurso habitual en la retórica política, permite construir una identidad colectiva y además convocar a la ciudadanía a participar de su proyecto político. Cuando el presidente Kast habla de “recuperar el país” o “reconstruir el orden”, la acción deja de situarse únicamente en el gobierno y se desplaza hacia una comunidad nacional convocada a ser parte de esa tarea.
Desde el punto de vista retórico, el discurso combina tres dimensiones clásicas de la persuasión descritas desde la antigüedad por Aristóteles. La primera es el ethos, que se refiere a la credibilidad o imagen de quien habla. En este caso, el presidente Kast busca presentarse como un líder capaz de restablecer el funcionamiento del Estado y ejercer control sobre una situación percibida como crítica. La segunda dimensión es el pathos, que tiene por finalidad apelar a las emociones del público. Aquí el presidente recurre principalmente a sentimientos de preocupación e inseguridad asociados al avance del crimen, con la finalidad de generar identificación y respaldo ciudadano. Por último, la dimensión del logos, vinculada a la argumentación racional, se organiza a partir de un diagnóstico negativo de Chile y la promesa de un cambio con este nuevo periodo presidencial.
La estrategia de enfatizar un diagnóstico de crisis también puede presentar algunas tensiones. Una de ellas, es que la construcción de una distancia discursiva respecto del gobierno del ex presidente Boric y el actual, podría contribuir a la polarización política. Además, este relato puede resultar políticamente eficaz, pero también podría simplificar los problemas que enfrenta Chile.
En definitiva, más que un discurso programático detallado, lo que se observa es un relato de restauración. Chile es presentado como un país que necesita ser corregido o reconstruido y el nuevo gobierno se posiciona como el actor capaz de liderar ese proceso. Ahora bien, la eficacia de esta narrativa no dependerá únicamente de su fuerza retórica, sino de la capacidad de transformar esa promesa de orden en políticas públicas concretas y sostenibles en el tiempo.
Stefanie Niklander R.
Docente del Magíster en Gobierno
Universidad Autónoma de Chile