En nuestros días, con frecuencia se observa que en lugar de reconocer a Dios como el fundamento moral de la familia y de la nación, se promueven ideologías que colocan al ser humano y sus deseos en el centro, fomentando, explícita o implícitamente, la idea de que una nación puede prosperar prescindiendo de Dios, lo que se refleja en leyes y políticas públicas diseñadas como si Dios no existiera, o incluso en abierta oposición a su voluntad. El resultado no es libertad, sino confusión moral, familias debilitadas, jóvenes sin rumbo y una sociedad cada vez más fragmentada, por eso el Salmo 127:1 expresa: “Si Jehová no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican”.
Pero en medio de este escenario de incertidumbre y desorientación, surge con mayor fuerza la necesidad de volver a principios sólidos que orienten a las familias y a la sociedad, ya que solo cuando la vida personal, familiar y social se edifican sobre la verdad de Dios, es posible restaurar la justicia, la paz y el bien común de la nación.
Esta enseñanza aparece con claridad en el capítulo 26 del libro de Levítico y en el 28 del libro de Deuteronomio, donde se habla acerca de las bendiciones de la obediencia y de las malas consecuencias que siguen a la desobediencia.
En ambos capítulos se nos enseña que obedecer a Dios trae vida, prosperidad y protección, mientras que alejarse y desobedecer, provocan dolor y sufrimiento.
En cuanto a las bendiciones, se nos prometen lluvias en su tiempo y cosechas abundantes (Lev. 26:3–5; Dt. 28:4–5), paz, seguridad y victoria sobre los enemigos (Lev. 26:7–8; Dt. 28:7), prosperidad en todo lo que se emprenda (Lev. 26:9; Dt. 28:11).
Estas palabras revelan que la bendición de Dios es perfecta y completa, pues considera lo espiritual, junto a la provisión material y seguridad de sus hijos.
Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿por qué en muchas familias o naciones no se aprecian estas bendiciones? La respuesta está en el mismo capítulo, ya que Dios advierte que, si su voz es ignorada y sus estatutos menospreciados, el resultado será el fracaso, la tierra no producirá, el orgullo será quebrantado y el temor dominará, incluso cuando no exista una amenaza real (Lv 26:14–20).
Si reflexionamos en estos dos capítulos, veremos que se describe con precisión lo que ocurre cuando una nación le da la espalda deliberadamente a Dios y sustituye sus mandamientos por criterios o ideologías humanas.
La Biblia advierte que rechazar la verdad, la justicia y la obediencia moral no conduce a la libertad, sino a una forma de esclavitud progresiva, tanto individual como colectiva. El trabajo deja de dar frutos, los proyectos fracasan, surgen crisis económicas y sociales, aumenta la violencia, se pervierte el derecho la autoridad se debilita y se multiplica la delincuencia y la corrupción.
A pesar de que estos pasajes fueron escritos más de mil años antes de Cristo, su enseñanza sigue completamente vigente, ya que la obediencia a Dios trae vida y bendición, pero el rechazo a sus caminos acarrea muerte y destrucción.
Quienes creemos en Dios sabemos que Él no miente ni deja de cumplir ninguna de sus promesas, por eso, como se nos enseña en 2ª de Crónicas 7:14, humillémonos delante del Señor, busquemos su rostro en nuestras familias y en nuestro país y apartémonos de nuestros malos caminos; para que Dios perdone nuestros pecados, y sane nuestra tierra.
Juan David Quijano