El inicio de este año 2026 ha sido violento e intenso, tanto a nivel regional como mundial. A la captura de Nicolás Maduro y su impacto en la política internacional por las diferentes aproximaciones a los hechos, tanto en la forma como en el fondo, se suman, en forma cada vez más estridente, los hechos que sacuden a la República Islámica de Irán. Las calles de Teherán, Isfahán y Tabriz, dan cuenta de un ciclo de furia y esperanza, que comenzó años atrás. Lo que hoy presenciamos no es simplemente una serie de disturbios por el costo de la vida; es la metamorfosis de un descontento atomizado en una amenaza existencial para la República Islámica. Tras décadas de una teocracia que prometió justicia social y solo entregó estancamiento, Irán se encuentra hoy en lo que podría ser el punto de mayor fragilidad desde la revolución que derrocó al Sha en 1979.
La semilla de la actual revuelta germinó con el movimiento "Mujer, Vida, Libertad" en 2022, tras la muerte de Mahsa Amini. Sin embargo, para este 2026, los alcances de esa protesta social se han ensanchado de manera significativa. Ya no son solo las mujeres jóvenes desafiando el hiyab obligatorio o estudiantes desafiantes con el canto del “Baraye”; se han sumado los comerciantes del Gran Bazar (tradicional termómetro de la estabilidad iraní), los trabajadores del sector petrolero y la clase media empobrecida por una inflación que estaría superando el 52% interanual.
La narrativa occidental destaca que este no es un movimiento que busque reformas dentro del sistema, es una expresión de la sociedad que busca el cambio del sistema mismo. El régimen ha respondido con fuerza, estimándose a la fecha, más de 650muertos y miles de detenciones arbitrarias en los últimos meses. La legitimidad del Líder Supremo ya no es cuestionada solo en voz baja, sino en consignas que resuenan en los barrios más conservadores, evidencian que el contrato social entre la teocracia y el pueblo se ha roto, probablemente, en forma definitiva.
Frente a este descalabro social, la actitud de los organismos internacionales ha sido, como es habitual, de una mezcla de retórica condenatoria y cautela pragmática. Mientras que el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y organizaciones como Amnistía Internacional han denunciado el incremento de las ejecuciones, la respuesta política global sigue fragmentada.
Occidente, liderado por Estados Unidos y la Unión Europea, ha intensificado las sanciones económicas, pero enfrenta un dilema: cómo apoyar las aspiraciones democráticas de los iraníes sin empujar al régimen hacia un incremento en la represión y la búsqueda de un escape nuclear. La ONU, por su parte, se encuentra bloqueada por la dinámica de la Nueva Guerra Fría, donde cualquier resolución de peso puede ser neutralizada por el eje que Teherán ha cultivado con Moscú y Pekín. Esta parálisis deja a los manifestantes iraníes en una soledad heroica, enfrentándose a la Guardia Revolucionaria con poco más que sus teléfonos móviles y su indignación.
Para la economía global, el potencial colapso de Irán no es solo un asunto moral, sino un choque de suministros. Irán posee una de las mayores reservas de hidrocarburos del mundo, y cualquier interrupción en su producción, o peor aún, un conflicto que cierre el Estrecho de Ormuz, elevaría significativamente el precio del barril de crudo.
Actualmente, el petróleo iraní fluye principalmente hacia China a precios de descuento debido a las sanciones que pesan sobre el país persa. Una caída del régimen o una guerra civil interna detendría estas exportaciones, obligando a las economías occidentales a lidiar con una nueva ola inflacionaria, justo cuando se intentan estabilizar; sin embargo, a largo plazo, un Irán democrático y reintegrado al sistema financiero global podría inyectar millones de barriles adicionales al mercado, estabilizando los precios y eliminando la "prima de riesgo" geopolítica que hoy castiga a los consumidores.
Una eventual caída de los ayatolas tendría un impacto geopolítico importante, tal vez el mayor del siglo XXI en Medio Oriente. La desaparición del régimen podría significar:
Irán ha entrado en una fase que podría entenderse como el ocaso de los ayatolas. La pregunta y preocupación para Occidente ya no debiera ser cómo continuará el régimen, sino cómo gestionar su caída para que el resultado sea un Estado democrático y no un Estado fallido. El pueblo iraní ha demostrado una resiliencia extraordinaria; ahora, el desafío es para el mundo, decidir si los acompañará en la construcción de su futuro o si, simplemente, será testigo cómo se sepulta una de las civilizaciones más antiguas del planeta.
Como lo hemos mencionado en columnas anteriores, las tensiones que afectan al mundo, en diferentes latitudes, deben concitar nuestra atención por cuanto, como país, enfrentamos desafíos importantes, cuya resolución puede verse ralentizada o anulada por los grandes movimientos tectónicos en la geopolítica global.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Contraalmirante ( R)