¿Somos nosotros mismos en las redes sociales?

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Las identidades que proyectamos en redes sociales pueden parecer autenticidad sin serlo. En este nuevo entramado, también nuestra subjetividad está siendo moldeada por el entorno digital. Las plataformas tienden a premiar ciertos gestos, ciertas estéticas, ciertos discursos —y detrás de esa tendencia operan algoritmos que amplifican lo que más genera interacción.


La identidad ya no se define únicamente en espacios familiares, escolares o laborales. Hoy se expresa —y muchas veces se construye— en redes sociales. Lo que mostramos, lo que publicamos, lo que otros ven de nosotros, forma parte activa de nuestra subjetividad. Muchos usuarios terminan adaptando su expresión a lo que creen que será más visible o validado en sus redes, a menudo sin notar cómo el entorno digital les sugiere ciertos formatos de ser.


Pero ¿es esa una identidad auténtica? ¿O es lo que queremos proyectar de nosotros mismos a los demás? ¿Hasta qué punto sustituimos la persona por el personaje? Las plataformas invitan a mostrarse. Pero ese acto no es neutro: cada publicación está atravesada por expectativas de validación, métricas de aceptación, criterios de visibilidad. Estas tendencias, amplificadas por el diseño del entorno digital, pueden llevar a muchos usuarios a adaptar su expresión a lo que creen que será más visible o aceptado, a menudo sin notar cómo esas lógicas les sugieren ciertos formatos de ser.


La subjetividad se convierte así – inconscientemente - en estrategia de exposición: ¿qué debo mostrar para gustar? ¿Qué debo omitir para no incomodar? La adolescencia, históricamente etapa de construcción identitaria, hoy se vive en la tensión entre lo que se siente y lo que se publica. El perfil social se vuelve espejo deformante. La autenticidad se negocia.


Por ejemplo: Lucía, 16 años, publica fotos editadas. Recibe validación digital, pero siente desconexión emocional. Busca mostrarse feliz, mientras atraviesa dudas internas. Su identidad se juega entre lo que es —y lo que el entorno le sugiere mostrar.


No somos marionetas de un sistema algorítmico, pero sí habitantes de un entorno que nos influye. Recuperar el discernimiento, la autenticidad y la conversación real es posible —y necesario.


La subjetividad digital no es menos real que la presencial. Pero requiere ser acompañada, comprendida y fortalecida fuera del entorno de la exposición constante.


Construir identidad no es construir un perfil en redes sociales. Y formar vínculos implica validar lo que el otro es —no solo lo que comparte. La educación afectiva debe incluir herramientas para que los jóvenes distingan entre imagen y ser. Entre estrategia digital y autenticidad emocional. Solo así podremos formar personas capaces de convivir sin perderse en la visibilidad programada.


Si la identidad se construye entre pantallas y miradas ajenas, entonces la educación debe convertirse en espacio de reencuentro: no solo para aprender contenidos, sino para tejer humanidad, restaurar lo compartido y formar subjetividades capaces de convivir en tiempos algorítmicos.



Alfredo Barriga

Profesor UDP

Autor de “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el Urgente Rediseño de lo Humano”


europapress