El conflicto en Oriente Medio, después de algún periodo de calma, volvió a reactivarse a contar de la semana pasada. Los ataques estadounidenses contra instalaciones de la Guardia Revolucionaria de Irán en las islas de Qeshm y Larak, y en las localidades costeras de Bandar Abbas, Sirik, Konarak y Chabahar, junto con la represalia iraní contra bases norteamericanas en Jordania, Kuwait y Bahréin, confirman un patrón ya visto en oportunidades anteriores en este conflicto: golpes de alta visibilidad mediática y bajo rendimiento estratégico. Ninguno de los dos contendientes ha logrado neutralizar, de forma decisiva, las capacidades militares del otro, y ninguno ha conseguido traducir sus operaciones en una ventaja política sostenible. Estamos, en suma, ante una escalada que repite ciclos sin alcanzar a resolver el fondo del problema.
Una geografía que condena a la simetría
Como planteara el periodista inglés Tim Marshall en su libro “El Poder de la geografía” (2021), en la geografía podemos encontrar explicación de buena parte de este empate técnico. El estrecho de Ormuz, por el que ha transitado históricamente cerca de un quinto del petróleo y el gas natural licuado que se consume en el mundo, es, a la vez, el arma principal de Irán y su mayor vulnerabilidad. Teherán puede amenazar el tránsito marítimo con minas, lanchas rápidas y misiles antibuque desde islas como Qeshm y Larak, pero esa misma infraestructura costera queda expuesta a la superioridad aérea y de precisión estadounidense. Washington, por su parte, puede golpear objetivos puntuales de la Guardia Revolucionaria, pero, como un objetivo mucho más complejo y costoso, aparece el intentar desmantelar, de manera integral, el aparato de disuasión asimétrico que Irán ha construido durante décadas: proxis regionales, capacidad de saturación con drones y misiles, y control de facto sobre un cuello de botella marítimo que ningún actor externo puede sustituir fácilmente.
Esta simetría en los efectos es la clave para entender por qué, ataque tras ataque, el resultado militar se parece tanto al anterior. Estados Unidos inflige daño a instalaciones y plataformas militares; Irán responde contra bases en Jordania, Kuwait y Bahréin, países que no eligieron ser escenario de esta disputa, pero que alojan la infraestructura militar estadounidense en el Golfo. El resultado es una guerra de desgaste declarativo: comunicados de éxito por ambos lados, cifras de efectos alcanzados discutibles y una escalada horizontal que arrastra a terceros, sin que el núcleo del conflicto se mueva un centímetro.
El tiempo como variable estratégica
En este ir y venir de operaciones militares, con resultado operacional cuestionado, es donde el factor cronológico cobra una relevancia que es trascendente. El tiempo no es neutral: opera en direcciones distintas para cada actor. Para Irán, cada semana de bloqueo parcial o cierre de Ormuz eleva el precio del crudo, presionando a las economías a nivel mundial, exportando los efectos del conflicto convirtiéndolo en un problema global, generando, de esta forma, una palanca de negociación que Teherán sabe explotar sin necesidad de una victoria militar clara. Para Washington, en cambio, el tiempo largo es políticamente costoso: sostener una campaña militar, sin un final claro, ha ido erosionando el apoyo interno, cuya presión aumenta en la medida que nos acercamos a las elecciones de mitad de mandato del próximo mes de noviembre, y regional, cuando los ataques alcanzan objetivos en países aliados, que comienzan a cuestionar la real validez del balance geopolítico que existía hasta febrero.
El problema es que ninguno de los dos bandos parece dispuesto a usar ese tiempo para negociar desde una posición de fuerza reconocida, sino para intentar arrancar una ventaja marginal antes de sentarse a la mesa. Y ahí reside el riesgo mayor: un conflicto que se prolonga sin ganador puede volverse, paradójicamente, más peligroso que uno con un desenlace claro, porque introduce incentivos para la escalada, ataques más profundos u a objetivos más sensibles, cuando, por el otro lado, sumar frentes en Jordania, Kuwait, Bahréin o el Kurdistán iraquí, ya no bastan para cambiar el cálculo del adversario.
¿Deriva u oportunidad?
Considerando los planteamientos anteriores, sería un error leer este empate únicamente con una perspectiva pesimista. La historia de las negociaciones en Oriente Medio muestra que, los momentos de estancamiento militar mutuamente reconocido, cuando ambas partes constatan que no pueden imponer una solución por la fuerza, suelen ser, precisamente, los que abren ventanas de mediación. El precedente de la tregua de abril y el memorando de entendimiento de junio, aunque frágiles y ya incumplidos, demuestran que existe un cauce diplomático viable, sostenido por actores disponibles para mediar. La pregunta no es si ese cauce existe, sino que, si los actores regionales y globales, tienen la capacidad de convertir la fatiga militar en presión diplomática efectiva.
La oportunidad, si existe, no vendrá de una victoria militar que hoy parece estructuralmente imposible para cualquiera de los dos bandos, sino del reconocimiento explícito de esa imposibilidad. Mientras Washington y Teherán sigan calibrando cada ataque como un mensaje dirigido más a su propia audiencia interna que a una solución negociada, el conflicto seguirá a la deriva, arrastrando en su corriente a la región de Oriente Medio y a la economía energética global. El tiempo, ese factor que ambos creen manejar a su favor, podría terminar siendo el mejor aliado de quienes busquen, finalmente, imponer un rumbo distinto: el de una mesa de negociación que aproveche el agotamiento mutuo antes de que la próxima escalada haga irreversible lo que hoy todavía es, apenas, un naufragio evitable.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute
Contraalmirante (R)