La producción de concentrados de cobre está en el hipocentro de la discusión, o se van a China o se quedan en los Andes. ¿Por qué esta dicotomía? Analicemos dos casos: El primero: los cargos de tratamiento y refinación del cobre, el famoso TC/RC que se paga a las fundiciones por procesar concentrado, se desplomaron de 80 dólares por tonelada en 2024 a 21,25 en 2025, y en 2026 el benchmark se pactó en cero, con el mercado spot operando en territorio negativo.
El segundo: Argentina, que hoy no produce cobre ni tiene una sola fundición, aprobó bajo el RIGI proyectos por casi 34 mil millones de dólares el 73% en cobre, y la meta oficial la llevará a un millón cien mil toneladas hacia 2032 y sobre un millón y medio en 2035. Vicuña, El Pachón, Taca Taca y MARA producirán concentrado en la cordillera de San Juan, Salta y Catamarca. Todo ese concentrado tendrá que fundirse en alguna parte. La pregunta que Chile debe responder este año, ahora ya!, no el próximo: ¿dónde se fundirá?
Primero, miremos sin anestesia nuestro propio retroceso. Chile fundió 1,07 millones de toneladas en 2023, apenas el 5,5% del total mundial, la mitad de la participación que teníamos en 1992. En una década nuestra fusión cayó 21% y nuestra refinación 24%, mientras China subía a 8,5 millones de toneladas fundidas (44% del mundo) y 13 millones refinadas, que en 2025 ya superaron los 14,7 millones.
Hoy operan cuatro fundiciones en Chile: Chuquicamata, Caletones, Altonorte y Chagres. Paipote y Potrerillos están detenidas; Ventanas cerró en 2023. Exportamos como concentrado el 53% de nuestra producción, y Cochilco advierte que sin nuevas fundiciones esa proporción llegará al 77% hacia 2040. El primer productor mundial de cobre está en camino de convertirse en un exportador casi puro de materia prima o roca molida, con el margen, el empleo, el oro, la plata, el molibdeno, el renio y el ácido sulfúrico viajando en el barco hacia Asia, y así, pierde de sacar el mayor valor agregado a un mineral que no es renovable. A esta miopía económica: decidir antes de los números, le llamo sesgo cognitivo.
Seamos realistas: con TC/RC en cero o negativos, una fundición no gana dinero procesando concentrado ajeno, y el costo directo de fusión chileno de 256 US$/ton de concentrado en 2022, cuadruplica al chino.
Cualquier evaluador de proyectos o economistas dirían que es el peor momento de la historia para construir fundiciones. Mi respuesta es que ese análisis confunde el síntoma con la enfermedad. Los cargos de tratamiento no están en cero porque fundir haya dejado de tener valor: están en cero porque China construyó deliberadamente más capacidad de fusión que concentrado disponible existente, aceptando pérdidas operacionales que subsidia por razones estratégicas, precisamente para capturar el eslabón donde se deciden los flujos físicos del metal más crítico de la transición energética. El TC/RC negativo no es una señal de que la fusión no valga: es la prueba de cuánto vale. Nadie subsidia durante años un negocio que no importa. Pero ¿Chile tiene una estrategia competitiva para buscar soluciones? ¿Por qué no explora la industrialización de nuestras materias primas y allí verán cifras azules?
Pero, hay un segundo error en el análisis convencional: evalúa la fundición solo por el cargo de tratamiento, cuando una fundición moderna es también una fábrica de subproductos que Chile hoy importa o regala. El caso del ácido sulfúrico lo demostró con crudeza este año. China suspendió sus exportaciones de ácido desde mayo de 2026, en plena escasez de azufre por el cierre de Ormuz.
Chile consume del orden de 8,2 millones de toneladas de ácido al año y produce apenas 5,1: un déficit de 3,1 millones de toneladas que cubríamos importando más de un millón de toneladas anuales desde la propia China, con facturas que superaron los 466 millones de dólares, sosteniendo la lixiviación, responsable todavía de un quinto de nuestra producción de cobre.
La paradoja es para no creerla: el país que funde cobre produce ácido como subproducto; nosotros cerramos fundiciones y quedamos comprando el ácido a la fundición del comprador de nuestro concentrado. Cada fundición que Chile no opera es una vulnerabilidad operacional que otro convierte en palanca de negociación. Me pregunto: ¿Por qué China, el Congo y la India están instalando nuevas fundiciones? ¿Acaso Chile está viendo otros números?
Ahora sumemos el factor nuevo, el que cambia la ecuación de escala: el boom argentino. Los proyectos de San Juan están a doscientos o trescientos kilómetros de los puertos y fundiciones del norte y centro de Chile, y a veinte mil kilómetros de las fundiciones chinas. La lógica económica y logística del concentrado andino es cruzar la cordillera, no darle la vuelta al planeta.
Una política binacional de fundición y refino de concentrado argentino procesado en fundiciones chilenas modernas, con energía solar, agua desalada y captura de azufre sobre el 99%, convertiría a Chile en el hub metalúrgico del Pacífico Sur, le daría al vecino una salida competitiva para un mineral que no puede procesar, y nos devolvería masa crítica justo cuando nuestra propia alimentación de concentrado se expande con la cartera de 104.549 US$ millones que catastra Cochilco.
Ya hay dos piezas sobre la mesa: el memorándum Codelco-Glencore de diciembre pasado para una megafundición de un millón y medio de toneladas de concentrado en Antofagasta, operando hacia 2032, y el proyecto Nueva Paipote de ENAMI, 850 mil toneladas y 1.700 US$ millones, que además rescata a la pequeña y mediana minería de Atacama.
Falta la tercera pieza: pensar al menos una de estas instalaciones, o una adicional en la zona de Coquimbo, con vocación explícitamente binacional, anclada en contratos de maquila de largo plazo con los proyectos argentinos antes de que comprometan su producción con Asia. Vicuña produce su primer concentrado hacia 2030; la ventana para negociar es ahora, cuando los contratos de offtake se están escribiendo, no cuando estén firmados.
La comparación regional muestra que nadie está esperando. Perú funde en Ilo y estudia ampliar. Brasil mantiene su fundición de Caraíba procesando, entre otros, concentrado chileno. El Congo, que hace veinte años no fundía nada, inauguró en Kamoa-Kakula la fundición directo-a-blíster más grande de África, con capacidad para 500 mil toneladas: el productor más nuevo del mundo decidió capturar el eslabón que el más antiguo está abandonando (Chile). Y China compra concentrado, funde, refina, produce el ácido, fabrica el alambrón y nos vende de vuelta el producto semielaborado.
La integración vertical no es una teoría: es la descripción de nuestro cliente. Hasta India, sin ser potencia cuprífera, está construyendo fundiciones gigantes para asegurar su abastecimiento. Los únicos que argumentan que fundir no conviene son, curiosamente, los países que tienen el concentrado y los que escuchan a quienes lo compran.
Sé que una política nacional de fundición y refino cuesta miles de millones y tomará una década. También sé lo que cuesta no tenerla: el 77% de nuestra producción saliendo como materia prima hacia 2040, un déficit de ácido creciente en manos de un proveedor que ya demostró estar dispuesto a cortarlo, y el mayor boom de concentrado de la historia sudamericana, el argentino fluyendo hacia fundiciones asiáticas por no haber tendido a tiempo un puente de doscientos kilómetros. La fundición no es nostalgia industrial ni un capricho estatal: es la diferencia entre ser dueños del metal o proveedores de la roca concentrada.
Chile fue durante un siglo el país que fundía el cobre de América. Volver a serlo no requiere descubrir nada: requiere decidir, con la misma velocidad con que decidió Milei, con que decidió el Congo, con que decide China. El concentrado andino ya viene en camino. Que encuentre la fundición de este lado de la cordillera.
¡¡Chile debe sentarse a la mesa ahora a negociar los concentrados de Argentina, el resto es música!!
Dr. Manuel Viera Flores
Presidente de la Cámara Minera de Chile
CEO Metaproject Group