​¿Está la IA frenando el aprendizaje infantil?

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La irrupción de la inteligencia artificial en las salas de clase ha generado una inquietud comprensible: ¿están los niños aprendiendo menos? La pregunta reapareció esta semana a propósito de un análisis de The Economist, que revisa datos recientes sobre el uso de herramientas de IA por parte de estudiantes y su impacto en habilidades básicas como lectura, escritura y resolución de problemas.


Hay datos contundentes, que superan mis expectativas. Una encuesta del año pasado liderada por Chegg, una empresa de ed-tech, reveló que un 80% de los estudiantes de enseñanza básica y media usan IA en sus estudios. Encuestas más recientes suben el porcentaje a un 94% en Gran Bretaña y un 93% en Alemania. Otro estudio llevado a cabo en China con 27.000 alumnos de edades entre los 12 y los 18 años, de los cuales unos usan la IA y otros no, reveló que los alumnos que usan IA obtienen 18% mejores notas en tareas y las hacen en mucho menos tiempo, pero cuando llega la hora de los exámenes —donde no pueden apoyarse en la máquina— sus resultados caen 20% respecto de quienes no la usan. La explicación es simple: la IA ayuda a producir, pero no necesariamente a retener. Los estudiantes que delegan demasiado aprenden menos.


Pero esta conclusión, aunque llamativa, es insuficiente. La IA no está frenando el aprendizaje infantil; está revelando las debilidades estructurales de los sistemas educativos actuales. La tecnología amplifica lo que ya existe: si un sistema escolar premia la repetición, la IA hará la repetición más fácil. Si un sistema escolar fomenta el pensamiento crítico, la IA se vuelve un acelerador. 


Así parecen confirmarlo otros estudios llevados a cabo entre los años 2024 y 2025. El Harvard Graduate School of Education (2025) dice que los estudiantes que usan IA para evaluar argumentos, criticar textos o comparar perspectivas mejoran su capacidad de razonamiento crítico en un 12–18%. Para el Stanford Accelerator for Learning (2024). la IA mejora el pensamiento crítico solo cuando el docente estructura la actividad para que el alumno tenga que justificar, contradecir o refinar la respuesta de la IA. Por último, el OECD Future of Education Report (2025) dice que la IA es perjudicial para tareas de memorización, pero beneficiosa para tareas de análisis, síntesis y evaluación.


Esto se ve reforzado por el artículo de The Economist, que también muestra que los estudiantes con mejor acompañamiento docente usan la IA de manera más estratégica: para explorar ideas, simular escenarios, practicar habilidades o recibir retroalimentación inmediata. En esos casos, el aprendizaje mejora. Por lo tanto, la brecha no es tecnológica; es pedagógica. La IA amplifica las diferencias entre buenas y malas prácticas educativas.


Esto tiene implicancias económicas y sociales profundas. Si la IA se convierte en una muleta para quienes no reciben guía, y en un acelerador para quienes sí la tienen, los países con sistemas educativos más débiles verán ampliarse sus brechas de capital humano. En América Latina, donde la desigualdad educativa ya es estructural, el riesgo es evidente: la IA puede convertirse en un multiplicador de desigualdad si no se integra con políticas públicas inteligentes.


La pregunta relevante no es si la IA impide que los niños aprendan, sino qué tipo de aprendizaje queremos fomentar. Si seguimos midiendo habilidades del siglo XX, la IA parecerá una amenaza. Si actualizamos los currículos hacia pensamiento crítico, creatividad, resolución de problemas y alfabetización digital, la IA se vuelve una herramienta poderosa para democratizar oportunidades. 


La evidencia es contundente: la IA no es el problema; la ausencia de política pública es el problema. Si Chile no define pronto un marco nacional de integración de IA en la educación —con estándares, capacitación docente, criterios de evaluación y resguardos éticos— la brecha entre quienes aprenden con IA y quienes solo la usan para “hacer la tarea” se convertirá en una nueva forma de desigualdad estructural.


Chile tiene una ventaja: su ecosistema digital es más maduro que el promedio regional, y sus docentes han mostrado una capacidad notable para adaptarse a nuevas tecnologías cuando reciben apoyo adecuado. Pero esa ventaja puede evaporarse si no se actúa rápido. La IA ya está en las manos de los estudiantes; lo que falta es que esté también en las manos de los profesores, con formación, criterios y marcos éticos claros.


La discusión ya no es tecnológica. Es política. Y como toda discusión política relevante, tiene una sola pregunta de fondo: ¿queremos que la IA sea un atajo o una herramienta de desarrollo? La respuesta no la dará la tecnología. La dará el país.


Alfredo Barriga

Profesor UDP

Autor “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el urgente rediseño de lo humano”

europapress