​El origen también importa

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Cuando hablamos de emprendimiento solemos hacerlo en un lenguaje asociado a la innovación, la iniciativa y las oportunidades. Es una mirada pertinente para muchas actividades económicas, pero insuficiente para comprender la realidad de una parte importante de quienes emprenden en Chile y, especialmente, de las mujeres.


Hoy la tasa de desocupación femenina alcanza el 10,4% y solo el 53,7% de las mujeres participa del mercado laboral, frente al 71,3% de los hombres. Las diferencias no se explican únicamente por la disponibilidad de puestos de trabajo, por cuanto también intervienen las trayectorias laborales, las responsabilidades de cuidado y las posibilidades reales de compatibilizar el empleo con otras dimensiones de la vida.


Ese contexto importa cuando observamos el microemprendimiento. En Chile, el 49,4% de las personas microemprendedoras declara haber iniciado su actividad principalmente por necesidad. Entre las mujeres esa proporción llega al 60,8%, mientras que entre los hombres alcanza el 41,6%. La diferencia es demasiado significativa como para interpretar todo aumento del emprendimiento femenino simplemente como mayor dinamismo empresarial.


Emprender por necesidad no significa carecer de iniciativa, capacidades o aspiraciones. Muchas personas identifican oportunidades dentro de una actividad que comenzaron porque necesitaban generar ingresos y, con el tiempo, pueden estabilizarla, modificarla o proyectarla de otra manera. Necesidad y oportunidad no son categorías completamente excluyentes ni destinos permanentes.


Pero el punto de partida sí importa. No es lo mismo comenzar una actividad disponiendo de capital, tiempo y alternativas laborales que hacerlo porque el ingreso del hogar no alcanza, porque se perdió un empleo o porque las responsabilidades de cuidado hacen muy difícil sostener determinados horarios.


También importan las condiciones en que esa actividad logra desarrollarse. Más de la mitad de los microemprendimientos funciona en la informalidad y, entre las mujeres, la proporción llega al 59%. La ganancia mediana mensual de las mujeres microemprendedoras es de $250.000, frente a $550.000 entre los hombres.


Ninguno de esos indicadores, por separado, permite afirmar que una persona está económicamente excluida. Una actividad informal puede ser una decisión razonable para su escala; una persona puede preferir no endeudarse y un emprendimiento pequeño puede responder perfectamente a sus objetivos. El problema aparece cuando varias restricciones se combinan y reducen el margen para decidir, planificar o enfrentar una contingencia.


Por eso, generar ingresos no es equivalente a alcanzar autonomía económica. La autonomía supone disponer de recursos, información y alternativas suficientes para decidir qué hacer con una actividad: mantenerla pequeña, hacerla crecer, formalizarla, combinarla con un empleo o incluso cerrarla si aparece una opción mejor.


Mirar el origen del emprendimiento permite entonces formular una pregunta distinta. No solamente cuántas mujeres emprenden, sino desde qué condiciones lo hacen y qué posibilidades tienen después.


El desafío no consiste en lograr que todas las mujeres sean emprendedoras, ni tampoco en transformar cada microemprendimiento en una empresa de mayor tamaño. Consiste en ampliar las alternativas disponibles para que emprender pueda ser una decisión y no una respuesta determinada exclusivamente por la urgencia.


María José Madariaga

Directora ejecutiva

Fundación Crecer

europapress