En 2010 tuve la oportunidad de conocer en Chile al educador británico Sir Ken Robinson. En una de sus conferencias pronunció una frase que quedó grabada en mi memoria: "Los niños que hoy entran a Pre-Kínder, cuando salgan de la universidad postularán a trabajos que hoy no existen, utilizando tecnologías que aún no se han inventado, para resolver problemas que no sabemos cuáles serán."
Han pasado dieciséis años y esa afirmación ya dejó de ser una predicción para convertirse en una realidad.
La irrupción de la inteligencia artificial ha puesto en evidencia una pregunta incómoda: ¿qué sentido tiene una educación superior basada principalmente en transmitir conocimientos cuando esos conocimientos están disponibles en segundos y son procesados por sistemas capaces de resumir, comparar e incluso generar propuestas?
Durante décadas, las universidades prepararon profesionales para desempeñarse en entornos relativamente estables. Las herramientas cambiaban lentamente y el conocimiento técnico conservaba su vigencia durante años. Hoy ocurre exactamente lo contrario. El conocimiento se renueva a un ritmo vertiginoso, las tecnologías evolucionan constantemente y muchas de las habilidades técnicas aprendidas durante una carrera quedarán obsoletas antes de que sus egresados alcancen la mitad de su vida profesional.
Sin embargo, existe una capacidad que no ha perdido valor; por el contrario, se ha vuelto más escasa e importante: el juicio profesional.
La inteligencia artificial puede entregar diagnósticos, proponer alternativas, elaborar informes o simular escenarios. Lo que todavía no puede hacer es asumir la responsabilidad de una decisión. Esa responsabilidad seguirá perteneciendo a las personas.
Por eso, el verdadero desafío de la universidad ya no consiste únicamente en enseñar contenidos, sino en formar profesionales capaces de comprender situaciones complejas, distinguir hechos de opiniones, formular las preguntas correctas, evaluar críticamente distintas alternativas y tomar decisiones responsables en contextos de incertidumbre.
Las empresas no necesitan directivos que compitan con la inteligencia artificial memorizando información. Necesitan líderes capaces de utilizarla como una herramienta para decidir mejor.
Esta reflexión me hizo recordar otra experiencia, mucho más antigua. A fines de la década de 1970 cursé un MBA en el IESE, en Barcelona, donde el método del caso no buscaba entregar respuestas correctas, sino desarrollar la capacidad de deliberar y decidir como un directivo. Décadas después, esa enseñanza cobra una vigencia inesperada. La pregunta ya no es si debemos abandonar ese enfoque, sino cómo adaptarlo a un mundo en el que cada estudiante puede discutir un caso acompañado por una inteligencia artificial.
Tal vez la gran transformación pendiente de la educación superior no sea tecnológica, sino conceptual. No se trata de reemplazar profesores por algoritmos ni de llenar las aulas de nuevas plataformas digitales. Se trata de recuperar la esencia de la formación universitaria: desarrollar el criterio para enfrentar problemas inéditos. No me importa que los alumnos usen IA. Al revés, lo prefiero. Porque eso traslada el aprendizaje no en saber la respuesta, sino en saber la pregunta.
Porque las tecnologías seguirán cambiando. Los modelos de negocio también. Incluso muchas profesiones se transformarán profundamente. Pero siempre habrá alguien que deba decidir qué hacer cuando no exista una respuesta evidente.
Y esa seguirá siendo una tarea profundamente humana.
Alfredo Barriga
Profesor UDP
Autor de “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el urgente rediseño de lo humano”, publicado en Amazon.com