El ostracismo del general

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Primero se constituyó en hito de una cierta “diversión” por parte de agitados grupos que usaron el emplazamiento de la estatua del General Baquedano como ícono para diversas celebraciones. En efecto, los triunfos y derrotas deportivos volcaban a la Plaza Baquedano a multitudes que coreaban alegres himnos o manifestaban su frustración frente al monumento. Más tarde, la estatua del General, allí desde hacía 93 años, se transformó en el centro de la llamada “explosión social”, que ciertamente incluyó varias manifestaciones de distinta índole en una sola. La raíz de los problemas reclamados se encontró en el descontento de distintos segmentos de la población por los problemas no resueltos, las evidentes inequidades que esconde el sistema y la también incuestionable desigualdad económica y social y los rezagos que afectan a la llamada clase media. En Octubre de 2019 se congregó frente al monumento una multitud nunca antes vista, que representaba a “los olvidados del sistema”, y que reclamaban sobre pensiones insuficientes, inadecuados servicios de salud y necesarias mejores en políticas sociales sobre educación, vivienda y transporte. Todo esto tuvo por testigo presencial al General tantas veces homenajeado por la República. Más tarde, y pese a un vigente “Acuerdo por la Paz”, lejos ya de las motivaciones iniciales, las manifestaciones estuvieron mayormente constituidas por grupos que practicaban vandalismo y puro desorden público. Las protestas en la Plaza Baquedano y alrededores, que destruyeron iglesias, universidades, hoteles, centros comerciales, pequeñas y medianas empresas, se fueron haciendo generalizadas y convertidas en una especie de rito urbano de los días viernes. Cada vez menos concurridas han sido, sin embargo, crecientemente violentas, siendo sus víctimas directas los habitantes de ese barrio otrora uno más bien privilegiado. Fue en esta etapa en que el monumento se le pretende transformar en una especie de trágico maniquí, que se pinta de colores, se adorna con distintas vestimentas y se usa como objetivo a escalar; es agredido sin que los agresores supieran en verdad quien era el personaje atacado. Más allá, se desarrolla por parte de algunos la idea de dañarlo severamente, de incendiarlo y hasta de echarlo abajo.

El Gobierno de la Nación tiene el deber de garantizar el orden público, de proteger el capital social y garantizar el ejercicio de las libertades individuales y protección del patrimonio. Compleja tarea, que con ocasión de la aludida cadena de protestas, manifestaciones y actos vandálicos, no se ha percibido como expresa conducta del gobierno. En este desarrollo, los sucesos acaecidos en la Plaza Baquedano, que tuvieron por protagonista al Monumento al General, derivaron en sucesivas afrentas y daños, que se simbolizan por la pérdida de toda prestancia para la que fuera otrora una hermosa plaza, y por la continua degradación a que fue sometida la obra de Virginio Arias y la subyacente tumba al soldado desconocido. Los intentos de destruir la estatua, que vinieron hacia el final de la secuela de protestas semanales, fue la etapa culmine de todo un proceso que en realidad nunca tuvo a la imagen de Baquedano como un “objetivo a atacar”. En medio del verdadero libertinaje que se cedió a barras bravas, lumpen convocado y grupos asistémicos de toda especie, la estatua pasó a ser algo prescindible, casi un símbolo de la derrota que se le quiso proveer a la autoridad.

Baquedano fue un militar destacado con honores, el verdadero artífice del triunfo chileno en la Guerra del Pacífico. Tuvo, además, responsabilidades importantes a nivel de gobierno, como fue el haberse desempeñado como Presidente provisional durante la culminación del triste episodio de la Guerra Civil de 1891. Participó en muchas campañas, todas producto de las circunstancias de la época y de las premuras que enfrentó la Nación. Nada justifica ahora que se trate de imponer una post verdad que intente retratar a Manuel Baquedano como una persona controvertida, un militar que actuó con impunidad y como alguien carente de valores. Eso es juzgar la historia con un prisma político interesado, y se constituye finalmente en una distorsión de los hechos, los cuales deben ser siempre juzgados con base a la mentalidad y circunstancias de la época. Lo otro destacable es que las hordas que atacaron la estatua y trataron de derribarla o destruirla, no estuvieron dominadas por ningún juicio crítico sobre el General Baquedano, o fuesen dominadas por una particular reivindicación sobre su rol en la historia y/o su desempeño en las circunstancias que le tocó vivir. Aquí se ha tratado de distorsionar la historia con maldad, sometiéndola a los patrones de juicio actuales. Plantear que las masas están al tanto de la historia y de sus interpretaciones alternativas, constituye una post verdad que aumenta el daño y el agravio a un héroe de la República.

El retiro del Monumento que respaldó el actual Gobierno, aunque con el anuncio de que retornaría a la misma instalación, corresponde a un verdadero acto de claudicación frente a la acción del lumpen. Se trata de un ostracismo obligado que se ha impuesto a la figura del General que durante más de un siglo fue venerado como uno de los héroes militares más destacados en nuestra historia. Ahora, injustamente, se le ha convertido en símbolo de la división que vive nuestra sociedad. En la decisión de sacarlo de su emplazamiento primó un juicio de lo “políticamente correcto” o una cierta cesión de voluntades, el cual afortunadamente no primó durante las campañas de Baquedano en la Guerra del Pacífico. Si así hubiese sido, nuestro país hoy día se extendería solamente hasta Copiapó, y la historia económica de Chile habría cambiado sustancialmente.


Prof. Luis A. Riveros