Obsecuencia

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Luis Riveros

El término se usa indistintamente como sinónimo de “sumisión” y de “amabilidad”. Por cierto no es estrictamente lo mismo en términos del uso corriente del lenguaje. El término sumisión se refiere a obediencia, mansedumbre y docilidad, connotaciones todas que tienen poco que ver con posiciones críticas o de impugnación a acciones, ideas o propuestas. El término “amabilidad”, por el contrario, se refiere al concepto de gentileza, deferencia o incluso permisividad. Si decimos que el electorado chileno es obsecuente, parece conveniente aclarar cuál es la connotación que en sentido estricto se atribuye a ese término. Decimos que el electorado chileno es obsecuente puesto que no exige de sus representantes una debida consecuencia en sus actos, como asimismo con respecto a sus compromisos o promesas. Nuestro electorado parece minimizar la gravedad que envuelve la falta de transparencia que prima hoy en política, como también parece excusar la poca solidez en las propuestas que formulan la mayoría de los políticos, como asimismo la inconsistencia de muchas de ellas. Sin embargo es, al mismo tiempo, un electorado amable, que no se juega por posiciones críticas o derechamente diferentes. O sea, un electorado que no exige pero que se declara disconforme con lo que está recibiendo. Es cierto, falta un liderazgo que reponga credibilidad y solidez la política, sin que sea por ello calificado como “anormal” o fuera del juego correcto, como los políticos tradicionales procurarán. Frente a eso, y sin embargo, el electorado reaccionará haciéndose a un lado, sumando a su decepción la de los liderazgos nuevos y renovados en sus planteamientos.

La política tradicional y sus protagonistas no se sienten, aparentemente, tocados por esta vigente situación de decepción del electorado. Se confían para ello en la obsecuencia ciudadana, que actuará como un factor disuasivo que permitirá que los mismos de siempre, con los mismos argumentos, en base a las mismas propuestas, sean nuevamente electos y reelectos, profundizando el sentimiento de decepción que cunde en la sociedad. El mecanismo que asegura que esto sea posible es la forma en que el ciudadano decepcionado con la política reacciona típicamente: absteniéndose de participar. Con ello se cierra el círculo entre una política que no formula propuestas nuevas y postula las ya anquilosadas en base a los mismos rostros e idearios. Para eso se basan en los mínimos porcentajes que envuelve el pronunciamiento ciudadano sobre actores muy cuestionados. En el ejercicio de sus responsabilidades los políticos continuarán haciendo más de lo mismo: con eso siempre recurrirán a la faceta de amabilidad que envuelve la obsecuencia ciudadana. La misma es muy bien complementada por la ausencia de adecuada formación cívica y el resultante virtual alejamiento de la ciudanía de las decisiones en materias políticas.

No es distinto este estado de decepción con lo que sucede en otras realidades. Es un fenómeno universal que el mundo político se ha alejado de los intereses ciudadanos, y prevalece una permanente repetición del poder entre los mismos actores con similares discursos. En otras realidades, sin embargo, hay una mayor crítica ciudadana, un mayor campo de acción para criticar las propuestas y representantes poco representativos de opciones reales. Eso se logra con verdadera educación cívica; por lo mismo, donde puedan los políticos tratarán de coartarla porque con ella verán amenazados sus intereses. Por ello, sus propuestas y acciones mediales siempre representarán siempre un más de lo mismo.

Es cierto. Pueden favorecer los políticos la obligatoriedad del voto para evitar que la obsecuencia lleve a los ridículos porcentajes de votación que hemos observado últimamente en Chile. Pero frente a la ausencia de efectivos castigos por el hecho de no votar, ello constituye más bien una acción medial más. La cuestión fundamental radica en que las propias propuestas, ideas y debates entre distintas opciones políticas y sus representantes, se transformen en un instrumento para atraer al ciudadano. Se deberán alejar, así, del contexto de slogans y de repetidas monsergas de carácter publicitario para atraer votos. Más allá, las discusiones y propuestas debiesen ser un fuerte instrumento para educar cívicamente al ciudadano medio y vencer así su decepción.


Prof. Luis A.Riveros