Subdesarrollándonos

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Luis Riveros (columnista)La figura de don Andrés Bello es clave como ícono de la consolidación de la República de Chile, y como personaje sobresaliente de nuestras letras y ciencias.  Su monumento, frente a la Casa Central de la Universidad de Chile, permanece despiadadamente  ensuciado por quienes seguramente nunca han sabido de quién efectivamente se trata.   La humillación que sufre don Andrés hace juego con aquella que muestran los muros de la Casa Central de la Universidad, y pone de relieve la triste categoría de indignidad que le han imprimido protestas que, contrariamente, declaran evidenciar la indignidad en que vive un pueblo afectado por postergaciones y falta de oportunidades.  Se ataca esta enfermedad social con más de lo mismo, para así poner frente a los ojos de la ciudadanía problemas que bien pudieron destacarse de un modo más civilizado y con una guía política más constructiva.

Un recorrido por el eje central de la ciudad revela un triste espectáculo de abandono, suciedad e inactividad.   Los edificios están generalmente tapiados para evitar el daño de piedrazos y artefactos incendiarios.  Edificios públicos, como la Biblioteca Nacional, un centro de ideas y depósito de conocimiento, luce su frontis inmundo, arrojando insultos a más no poder.  Están los edificios cuyo frontis ha sido arrasado por una violencia incomprensible, junto a hoteles virtualmente clausurados por inactividad y grandes destrozos. Negocios que ya no existen, cientos de pequeñas y medianas empresas expulsadas de sus lugares de trabajo.  Para que decir sobre los desafortunados habitantes de esas zonas convertidas en verdaderos campos de batalla; no sólo están los vecinos de Plaza Italia, sinos que todos que tienen el infortunio de vivir en el recorrido de violencia del eje principal de la ciudad. Monumentos arteramente vandalizados se observan por doquier; ni siquiera la imagen del Padre Hurtado se ha salvado de este destrozo furioso.  Iglesias destrozadas muestran que no ha existido respeto por nada, y que son muchas las causas que aparentemente se ocultan tras la rabia y la acción delincuencial.

Nos dicen que esto ha sido una acción en pos de una dignidad que el pueblo había perdido.  ¿Será ahora posible decir que todo esto ha permitido recuperarla o instaurarla? En verdad, ahora todos estamos peor que antes; si había desigualdad, hemos ido nivelando hacia abajo, ya que ni siquiera el orgullo de vivir en una ciudad limpia podemos sostener. Y otras ciudades, como Valparaíso, Antofagasta y Concepción, han también sufrido la ola destructora que nos encamina a ser más subdesarrollados, aunque para algunos con la declarada pretensión de haber caminado hacia una cierta igualdad. Difícil ser más devastador de aquello que nos costó tanto construir como calidad de vida y seguridad en las ciudades.  Ni hablar de las verdaderas poblaciones de carpas que habitan singulares invitados en nuestra Patria.   Ya no hay posibilidades de volver atrás, y de pensar que esto ha sido solamente una pesadilla de la que despertaremos pronto.

Pero además está el tema del futuro.  La inversión está escaseando, muchas firmas están aún cerrando y otras marchándose del país; la inseguridad está pasando la cuenta, como también la incertidumbre que se preocupa de incentivar nuestra mundo político.  Tenemos una deuda externa gigantesca y un gasto público que se va haciendo insostenible; ya ni siquiera bastan las amenazas de mayores impuestos puesto que ello sólo alimentaría al poder político y su insaciable ánimo devorador.  Han muerto muchas iniciativas, las nuevas ideas se ven con sospecha, nuestra educación está desarticulada y apena ver que muchos jóvenes sólo sueñan con marcharse del país.  Todo esto muestra nuestro empeño secular por seguir siendo subdesarrollados, y hemos dado pasos sistemáticos en este retroceso a un pasado que ya pensábamos era pura historia.  Ese pasado con retraso, de serios problemas económicos y financieros, poblado por falta de credibilidad ante el mundo y marcado por un debate político inserto en el populismo y la ineficiencia, parece ahora figurar muy claro como el futuro, adicionando, además, una gran incertidumbre institucional.  Nuestra sociedad está haciendo un gran trabajo en pos de subdesarrollarse aún más, legando despojos a las nuevas generaciones.


Prof. Luis A. Riveros