El circo en cenizas

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Luis Riveros (columnista)


Se ha desatado controversia en torno al rol que juegan muchos políticos en materias comunicacionales, especialmente su participación en actividades que más bien corresponden a la farándula de artistas y comunicadores. Esto tuvo una expresión máxima en un simulado “abrazo de Maipú” representando por dos figuras que son representantes de distintos sectores políticos, y por tanto de distintas visiones de sociedad. No está claro, en primer lugar, porque representaron el abrazo de Maipú con motivo de las celebraciones de la independencia nacional, pero eso ya es un detalle que debe radicar en algún esfuerzo por procurar contenidos relevantes por parte de los productores de la escena que se deseaba llevar al público. Pero, ahora bien, y en cuanto a poder clarificar algún significado simbólico más allá de las risas y vítores de una audiencia in situ motivada, ya no está claro siquiera a qué sectores representan los participantes en el acto festivo, qué visiones y propuestas tienen para el país de futuro, o qué es lo que actualmente proponen para enfrentar los graves dilemas que afectan al país. Eso ha quedado entre maquillajes, bromas y risas estentóreas que marcan la liviandad de un tipo de acto que se ha hecho repetitivo, aunque logrando algunos hitos relevantes como el ocurrido con el simbólico “abrazo”. Entre risas, aplausos y mucho maquillaje, ambos personajes simbolizan en gran medida las aspiraciones comunicacionales de una gran mayoría de los políticos (no todos, afortunadamente, pero sí, al parecer, una número bastante significativo). Son los mismos que aspiran a participar permanentemente en matinales y programas de esa categoría, y son por supuesto bien acogidos por las empresas auspiciadoras y, por esa vía, se convierten en compromiso de producción por parte de los canales de TV.

Surgieron los que justifican tales acciones mediales. Uno, periodista de profesión, argumentó que no todo podía ser serio en el país y que se debía dar espacio a manifestaciones de alegría que deben inspirar la conducta ciudadana y la de sus líderes de opinión. Chile, un país que tiene una historia de muchos políticos que han rodeado su accionar de muestras de empatía hacia la ciudadanía, nunca había presenciado que los disfraces y la permanente manifestación de liviandad se convirtieran en un modo de manifestar alegría ciudadana. Todos habríamos esperado manifestaciones más sutiles e inteligentes de un humor que, efectivamente, debe ser parte del hacer de quienes deben encauzar el sentimiento ciudadano. Otro manifestó que los matinales eran una forma de acercarse al pueblo, y de aprender desde allí sobre sus sentimientos y aspiraciones, un argumento que en realidad podría dar para que cualquier sainete satírico se transforme en un modo de contacto inusual entre la ciudadanía y sus conductores. La continua presencia de este tipo de personajes políticos en programas de farándula no ayuda a rescatar la seriedad del importante oficio de representante popular, o de directivo de alguna entidad política. Si algo es dañino a la democracia es, precisamente, que la política y los políticos se desempeñen a un nivel de exhibición medial que haga que el ciudadano la desprecie como una legítima forma de conducir ideas y propuestas.

El tema de fondo es que la nuestra es una democracia enferma. Así lo muestra la opinión ciudadana sobre instituciones públicas, partidos políticos, alianzas de partidos y políticos de todo tinte. Necesita responsabilidad política para poder restaurar su salud, y así también poder restaurar el prestigio de las instituciones republicanas que están en manos de políticos que poco hacen para producir ideas y así conducir mejor al país. Ese es el daño principal que se hace cuando el exhibicionismo conduce a una degradación de la labor del político, especialmente en momentos en que se necesita seriedad para enfrentar la contingencia a que está sometida la Nación. La alegría y la risa no deben ser contradictorias con el buen hacer de la política; pero cuando un político todo lo hace risa y “chacota”, entonces cabe la pena preguntarse acerca de su verdadera motivación para desempeñarse en la vida pública. Eso marcará el diagnóstico real sobre la salud de nuestra democracia y las perspectivas ciertas para su recuperación. Es cierto: ya no se tratará del circo en llamas, lo que muchos políticos no podrán siquiera advertir al público con alguna credibilidad, sino de un circo ya en cenizas, irrecuperable para vergüenza ante las futuras generaciones.


Prof. Luis A. Riveros