El foco se ha apagado...

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Luis Riveros (columnista)



Hasta la primera década de este siglo, el Instituto Nacional mantenía un claro liderazgo en el sistema educacional, y marcaba hitos relevantes en sus resultados educativos. Ha bastado menos de una década para que todo eso se haya desmoronado, y el “primer foco de luz de la Nación” se haya convertido en una estremecedora sombra. La violencia ha inundado lo que otrora fueran egregios pasillos por donde circulaba el saber, el humanismo y el respeto. Prima en el Instituto de hoy, profesores presa del temor ante la amenaza violentista, estudiantes desorientados objeto de un discurso chato y populista, padres que se abanderizan tras el atractivo de plataformas lejanas del interés en el progreso de sus hijos, directivos con las manos atadas, normativas inútiles o sin aplicación. Es fruto el Instituto y su alumnado de las tendencias que hoy prevalecen en la sociedad, preñadas de violencia, discursos vacíos, sentimientos de división y exclusión. Pero también es fruto del discurso que partió por asegurar que al quitarle los “patines” a los mejores, se podía igualar en forma nefasta los resultados educativos. El Instituto era de aquellas instituciones que contaba con “patines” para enfrentar así exitosamente el complejo y diverso panorama educacional. También ha sido víctima de la infiltración de grupos violentistas, que hasta han dictado “cursos de instrucción” en sus gloriosas aulas. Hasta la potestad de seleccionar a sus alumnos se le ha pretendido arrebatar para así excluir lo que ha sido más importante a lo largo de su historia: el valor del mérito y del esfuerzo. Uno de sus más emblemáticos rectores decía que el Instituto Nacional y la Universidad de Chile eran ambos los referentes obligados para la educación chilena. Con su decadencia, el Instituto le resta al sistema educacional, y así colabora a un derrumbe progresivo y sostenido que se verifica en tantos indicadores. O sea, no es sólo el Instituto Nacional el que ha retrocedido sino que es Chile y su educación los que están perdiendo la batalla por la verdadera calidad. De nuestros políticos no escucharemos más que discursos vacíos, en nada distintos del que se ha escuchado de la propia dirigencia estudiantil. Seguirá la decadencia, la violencia inusitada y el vergonzoso “oídos sordos” de autoridades y organismos responsables, y también la decadencia de nuestra educación.


Luis A. Riveros