La inteligencia artificial ya no es un fenómeno tecnológico: es un fenómeno social. Lo que hace tres años generaba alarma —pérdida de empleos, manipulación masiva, máquinas que “piensan”— hoy se ha convertido en una convivencia cotidiana. La pregunta ya no es si la IA será aceptada, sino por qué su aceptación ha sido tan rápida y tan amplia.
Según The Economist, la clave está en que la IA no se despliega como una fuerza autónoma, sino como una herramienta silenciosa que se integra en miles de procesos diarios. No aparece como un robot que compite, sino como un asistente que ayuda. Esa diferencia emocional explica buena parte de su popularidad.
Pero hay un dato aún más revelador: la IA es más popular en los países pobres y en vías de desarrollo que en los países ricos. En economías avanzadas, la percepción es más ambivalente, incluso desconfiada. En cambio, en países con menor acceso histórico a servicios de calidad, la IA se percibe como una oportunidad concreta de salto tecnológico: mejor educación, mejor salud, mejor administración pública, mejor productividad. Donde la capacidad institucional y técnica es limitada, la IA se percibe como un refuerzo; donde esa capacidad es amplia, se percibe como una competencia.
La IA también se ha vuelto “normal” porque se ha vuelto invisible. Está en los diagnósticos médicos, en la logística, en la banca, en la educación, en la administración pública. No se presenta como un producto, sino como infraestructura. Y cuando la tecnología se vuelve infraestructura, deja de generar resistencia. Nadie protesta contra el algoritmo que organiza el tránsito o contra el modelo que optimiza la cadena de frío; simplemente funciona.
El artículo destaca un fenómeno inquietante: la tendencia a atribuirle a la IA rasgos humanos. Investigaciones recientes muestran que los modelos avanzados exhiben patrones internos que parecen “procesos mentales”, aunque no lo sean. Palabras como “conciencia”, “introspección” o “propósito” emergen en las capas internas de los modelos sin que estos tengan experiencia subjetiva alguna. Es un espejismo estadístico, pero poderoso. Y la sociedad, fascinada por la idea de máquinas que “piensan”, corre el riesgo de antropomorfizar sistemas que solo correlacionan datos.
La popularidad de la IA, entonces, tiene un lado luminoso y otro oscuro. Por un lado, su adopción masiva permite mejoras reales en productividad, salud, educación y servicios públicos. Por otro, la normalización acrítica puede llevar a delegar decisiones complejas en sistemas que no entienden el mundo, sino que lo predicen. La confianza excesiva es tan peligrosa como el rechazo irracional.
En Chile, este fenómeno se observa con claridad. Las empresas han incorporado IA en procesos de atención, análisis de datos y logística sin grandes debates públicos. La ciudadanía usa IA generativa para estudiar, trabajar y crear contenido sin cuestionar demasiado su funcionamiento. Y el Estado comienza a explorar su uso en gestión documental y servicios ciudadanos. La adopción es rápida, pero la reflexión es lenta.
La columna de The Economist concluye que la IA será tratada como si fuera consciente, aunque no lo sea. Y ese trato —esa ficción social— puede tener costos profundos si no se acompaña de educación, regulación y responsabilidad. La popularidad de la IA es una oportunidad, pero también una advertencia: la tecnología ya está integrada en nuestra vida; ahora debemos integrar el pensamiento crítico en nuestra relación con ella.
Alfredo Barriga Cifuentes
Profesor UDP
Autor de “Presente Acelerado: la Sociedad de la Inteligencia Artificial y el urgente rediseño de lo humano”, em Amazon.com