¿Irak, término de una etapa o inicio de un desafío?

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Leonardo Quijarro2 (6)

Este 30 de septiembre, en Bagdad, el primer ministro Ali al-Zaidi proclamó "una nueva etapa" definida por la soberanía y la fortaleza institucional de Irak. Con la salida de las últimas tropas estadounidenses, concluye la coalición que, durante doce años, combatió al Estado Islámico. Por su parte, el relato desde Washington habla de una misión cumplida. Ambas lecturas contienen una parte de verdad; sin embargo, un país no se vuelve soberano por decreto ni por ceremonia.


Conviene partir con un balance. Desde 2014, cuando el yihadismo arrasó ciudades enteras, una coalición internacional persiguió el califato territorial y hasta poder devolver a Bagdad el control de su geografía. Ese fue un logro real, pero, también, incompleto. Si bien es cierto que, el Estado Islámico ya no es un protoestado, sigue siendo una red clandestina con capacidad de mutación, especialmente, en los desiertos de Anbar y en la frontera con Siria, donde el vacío de poder es su mejor aliado. Que el ejército iraquí asuma la responsabilidad plena de consolidar lo alcanzado es un objetivo legítimo. Ahora bien, que esté en condiciones de hacerlo, sin apoyo de inteligencia, aviación y logística externas, es otra cosa.


El mayor problema no está en el desierto, sino en el contexto. Irak inicia esta etapa sin el apoyo estadounidense en el peor momento posible, con Washington y Teherán enfrentados en un conflicto que ya cruzó su territorio.


Asimismo, no se debe obviar los conflictos internos, como el que enfrentó a los peshmerga en el Kurdistán iraquí con fuerzas gubernamentales por esa región, hasta que en octubre de 2017 se alcanzara un acuerdo, dada la relevancia que tenía el combate contra los yihadistas del EI y los problemas existentes en Siria.


En este contexto de volatilidad del panorama regional, en columnas pasadas comentamos el impacto de los ataques al oleoducto Petroline en Arabia Saudita, perpetrado desde la región de Maysan, en el sureste del país, por milicias chiitas, Kataib Hezbollah, que ha mantenido en vilo la reacción saudí y su potencial impacto en las relaciones con el gobierno iraquí.


Ahí reside la paradoja central. La presencia estadounidense era una fuente de fricción, pero también, un factor de disuasión. Su retiro reduce el pretexto para los ataques contra bases extranjeras, pero elimina un contrapeso frente a la influencia iraní. Los grupos aliados de Teherán celebran la salida como una victoria propia porque para ellos no es solo el final de una misión, sino la confirmación, de que la paciencia y la presión armada, rinden frutos.


Esto nos llevan al asunto más delicado del gobierno de Al-Zaidi, las milicias proiraníes que subsisten, especialmente en el sur, como se indicó. En su llegada al poder el 14 de mayo, como candidato de consenso del Marco de Coordinación, sin una base política propia, anticipaba ciertas vulnerabilidades. Bagdad había buscado vincular, inicialmente, la fecha de retiro estadounidense al desarme de los grupos armados no estatales. Hoy, ese plazo, se ha desplazado hasta junio de 2027, según el propio mandatario. Es una decisión prudente, pero también un reconocimiento de límites. El Estado iraquí no está en condiciones de imponer un monopolio de la fuerza a quienes, además de armas, tienen representación parlamentaria, redes económicas y un patrocinador externo, con intereses estratégicos.


Ese patrocinador, además, ya no es el único actor que observa a Irak. El Acuerdo de Defensa Mutua de La Meca, firmado el 7 de agosto, entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, introduce un elemento nuevo en la ecuación regional. Riad sostiene que no se trata de una alianza militar ni que afecta los vínculos preexistentes; sin embargo, en Teherán, algunos lo recibieron con escepticismo. El mensaje es claro: los tres países más relevantes del mundo sunita buscan garantías propias ante un entorno inestable, sin una potencia estadounidense garante de la seguridad regional. Para Irak, esto puede significar oportunidades, como inversión, energía y conectividad, pero, también, el riesgo de convertirse en escenario de una competencia por influencia entre bloques.


Turquía, en particular, tiene intereses concretos en el norte iraquí, desde su ofensiva contra el PKK, el Partido de los trabajadores de Kurdistán, hasta su disputa por el agua y las rutas de comercio. Un Kurdistán más expuesto y menos protegido puede alterar los cálculos de Ankara, de Erbil, capital de la Región Autónoma de Kurdistán, y de Bagdad, al mismo tiempo. Si a ello se suman los otros frentes abiertos en Oriente Medio, desde la inestabilidad en Siria hasta la situación en Gaza y el Líbano, Irak aparece como un punto de convergencia donde cualquier chispa regional puede encontrar combustible.


¿Qué puede hacer entonces el gobierno de Al-Zaidi? Su margen es estrecho, pero no inexistente. La mejor apuesta consiste en aplicar, lo que él mismo llama, "asociaciones equilibradas": mantener cooperación en inteligencia y entrenamiento con Occidente sin presencia militar, preservar los canales de comunicación con Teherán y tender puentes hacia los vecinos del Golfo y Turquía. Es la estrategia clásica de Estado mediano que se niega a ser tablero de otros. Requiere, sin embargo, tres condiciones. Primero, un plan creíble para integrar o desmovilizar a las milicias que aún se mantiene activas, no solo un calendario. Segundo, garantías de seguridad para el Kurdistán, cuya frustración podría transformarse en desafección política. Tercero, una economía menos dependiente de una renta petrolera, que otorga poder a quienes controlan su distribución.


Nada de esto es rápido. Un primer ministro, sin partido propio, gobierna sobre un equilibrio inestable. Cada concesión a las milicias amplía su margen de maniobra frente a Teherán, pero debilita su autoridad ante Washington, Riad y ante los propios iraquíes que pidieron un Estado, no un arbitraje.


La historia de Irak sugiere cautela. En 2011 Estados Unidos se retiró y en 2014 debió regresar. Hoy las circunstancias son distintas, pero la lección persiste: los vacíos de poder se llenan, y rara vez con quien se pudiera desear. La retirada de Estados Unidos cierra doce años de guerra contra el yihadismo. Lo que abre es más difícil de medir, y consiste en demostrar que la soberanía iraquí es algo más que una palabra pronunciada en una ceremonia.


Leonardo Quijarro S.

Profesor Residente Academia de Guerra Naval

Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)

Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute

Contraalmirante (R)



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