​¿Existe una sola manera de construir una carrera académica?

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Nassib Segovia Luis Riveros



Las universidades chilenas han avanzado de modo importante en la formalización de sus procesos académicos y cuentan con reglamentos muy claros para evaluar las trayectorias de quienes desarrollan su carrera dentro de ellas. Esto, en el marco donde el aseguramiento de la calidad y la acreditación han contribuido a instalar una preocupación permanente por las capacidades que sostienen los proyectos institucionales. Ese avance invita también a preguntarnos si acaso, frente a la diversidad que caracteriza al sistema universitario, existe realmente una sola manera de construir y reconocer una carrera académica.


La jerarquización constituye uno de los mecanismos mediante los cuales las universidades verifican el desarrollo alcanzado por sus académicos. Aunque las denominaciones varían entre instituciones, jerarquías como profesor Instructor, Asistente, Asociado o Titular forman parte de esta progresión en distintas universidades, expresando el reconocimiento de una trayectoria y de la capacidad para asumir responsabilidades de gestión. Por cierto, avanzar hacia las jerarquías superiores no necesariamente exige recorrer una única trayectoria, porque las universidades organizan sus carreras académicas de distintas maneras y mientras algunas distinguen formalmente entre una Carrera Académica Regular y una Carrera Académica Docente, otras expresan esa diferenciación mediante criterios de evaluación distintos, reconociendo así trayectorias con distintos énfasis sin renunciar a estándares elevados de exigencia ni a la consideración de aspectos cualitativos y cuantitativos propios de cada disciplina.


La jerarquización académica es indispensable en un sistema donde conviven instituciones con proyectos y misiones diferentes, y disciplinas con formas diversas de producir y transferir conocimiento. Una trayectoria sobresaliente en astronomía, por ejemplo, no equivale necesariamente a lo que define la excelencia en arquitectura, ingeniería o administración. Además, los académicos desarrollan funciones distintas según su dedicación a la investigación, la docencia, la gestión, la innovación o la vinculación con el medio.


Esa heterogeneidad disciplinaria es también consistente con el aseguramiento de la calidad, pues las capacidades del cuerpo académico deben guardar relación con las características de los programas y los procesos de desarrollo de cada institución. El desafío no consiste en uniformar las trayectorias, sino en contar con criterios rigurosos que permitan reconocer y evaluar contribuciones académicas que, por su naturaleza, son diferentes. Sin embargo, la dificultad aparece cuando esa heterogeneidad debe traducirse en sistemas de evaluación, porque las publicaciones indexadas, los proyectos competitivos y los grados académicos constituyen antecedentes relevantes para determinadas trayectorias, pero pueden resultar insuficientes cuando se transforman en una medida aplicable a todos por igual, sin considerar las particularidades de cada disciplina. Un académico del área de la salud puede haber desarrollado un protocolo clínico de impacto, uno de ingeniería liderado una solución tecnológica o uno de administración transferido conocimiento a organizaciones mediante proyectos complejos, contribuciones que no excluyen la investigación, pero que tampoco deberían quedar invisibles por adoptar formas diferentes.


Conviene distinguir entre homogeneidad y exigencia, porque reconocer trayectorias diferentes no equivale a disminuir los estándares ni a facilitar el acceso a las jerarquías superiores, sino a entender que la excelencia puede constituir un estándar común sin que todas sus manifestaciones deban ser idénticas. Ello exige precisar con mayor rigor qué es lo que entendemos por excelencia y cuáles evidencias permiten demostrarla en cada caso. Una trayectoria orientada principalmente a la investigación podría otorgar mayor relevancia a la producción científica, una centrada en la docencia a la innovación pedagógica y los resultados formativos y un perfil profesional aplicado a la transferencia de conocimiento y la contribución al entorno. Ciertamente, esta discusión puede fortalecer el propio sistema de aseguramiento de la calidad, que ya ha contribuido a formalizar procesos y desarrollar capacidades indispensables. El desafío que sigue es avanzar hacia sistemas capaces de reconocer distintas formas de excelencia sin renunciar al rigor ni a estándares elevados.


Mucho del debate sobre calidad universitaria se ha concentrado en aquello que las instituciones deben hacer para alcanzarla, pero menos en cómo reconocemos las contribuciones de quienes la construyen, entre ellos buenos investigadores, excelentes docentes, profesionales capaces de conectar conocimiento y realidad y académicos que aportan al desarrollo institucional. Si nuestras universidades son diversas, sus carreras académicas deberían reflejar esa misma diversidad, reconociendo que la excelencia puede expresarse de distintas maneras como también reconocer que mantener un estándar común no significa exigir que todos lleguen a él por el mismo camino.


Prof. Luis Riveros Cornejo, Profesor Emérito, Universidad de Chile.

Prof. Nassib Segovia Moreno, especialista en educación superior, académico UNIACC

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