Aranceles permanentes: el nuevo mapa de riesgo para el comercio exterior chileno

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Alfonso Molinare Ebury (1)

Durante meses, los aranceles anunciados por Estados Unidos fueron tratados por las empresas como una variable de emergencia, una disrupción que podía revertirse mediante una negociación entre estados, o un cambio de política o dictámenes de tribunales. Sin embargo, el paso hacia una estructura arancelaria sustentada en mecanismos comerciales de carácter más permanente cambia la naturaleza del riesgo: aunque Chile y Estados Unidos mantienen abiertas las conversaciones para revisar el alcance de estas medidas, la política arancelaria empieza a instalarse como una variable estructural del comercio global.


Para Chile, la diferencia es relevante. Mientras el cobre quedó fuera de la sobretasa, productos como el salmón, las uvas, los arándanos y los vinos permanecen expuestos a un arancel de 12,5%. De acuerdo con Subrei, cerca de 40% del valor de las exportaciones chilenas a Estados Unidos está sujeto a esta sobretasa. Por eso, más allá del resultado de las negociaciones y de la posibilidad de ampliar las excepciones, la pregunta para las empresas es otra: ¿qué ocurre cuando la incertidumbre comercial deja de ser transitoria y comienza a formar parte del entorno habitual de negocios?


Esa es probablemente la dimensión más relevante para las empresas. Un arancel excepcional puede llevar a una compañía a esperar, postergar una decisión o asumir temporalmente un menor margen. Pero cuando los cambios arancelarios se convierten en una herramienta recurrente de política comercial, esperar deja de ser una estrategia. El riesgo debe incorporarse desde el inicio a la planificación del negocio.


Para un exportador de salmón, fruta o vino, por ejemplo, el problema no consiste simplemente en sumar un 12,5% al precio. La pregunta es quién termina absorbiendo ese costo. Si lo asume el productor, se reduce el margen; si se traslada al importador, puede afectar la relación comercial; y si llega al consumidor, puede disminuir la competitividad frente a proveedores de otros mercados.


Esto es especialmente relevante para las empresas de menor tamaño, que tienen menos capacidad para absorber shocks temporales y diversificar rápidamente sus destinos. En sectores donde las rentabilidades son acotadas o existen ventanas comerciales estrechas, un cambio en las condiciones de acceso puede modificar directamente la viabilidad de una operación.


Chile cuenta, sin embargo, con un amortiguador importante. El cobre, principal componente de las exportaciones hacia Estados Unidos, está exento de la sobretasa. El buen precio del metal también ha contribuido a sostener al peso chileno. Pero aquí aparece una paradoja para los exportadores no mineros: un peso más fuerte puede aliviar determinados costos de importación, pero también significa que los dólares obtenidos por sus ventas externas se convierten en menos pesos, justo cuando enfrentan presión sobre sus márgenes por aranceles, logística e insumos.


Por eso, la competitividad exportadora ya no puede analizarse mirando una sola variable. El tipo de cambio, los costos de transporte, los precios internacionales y las condiciones de acceso a los mercados forman parte de una misma ecuación.


Además, el contexto internacional agrega otra capa de incertidumbre. Las empresas chilenas están enfrentando mayores costos asociados a combustibles, transporte e insumos derivados de las tensiones geopolíticas. El exportador puede encontrarse así con presión por ambos lados: producir y transportar cuesta más, mientras que vender en determinados mercados también puede ser más caro.


En este escenario, diversificar mercados deja de ser únicamente una estrategia de crecimiento y se convierte también en una forma de gestionar riesgo. Eso no significa abandonar Estados Unidos, que seguirá siendo un mercado estratégico para numerosos productos chilenos. Significa evitar que una sola decisión de política comercial tenga la capacidad de alterar completamente el desempeño de una empresa.


La misma lógica aplica al tipo de cambio. Una compañía que sabe que recibirá dólares en los próximos meses no necesita necesariamente acertar dónde estará el dólar. Necesita saber qué nivel de variación puede soportar sin comprometer su margen, o en otras palabra medir el riesgo. En períodos de mayor estabilidad cambiaria, revisar anticipadamente los mecanismos de cobertura puede ser más relevante que intentar anticipar el próximo movimiento del mercado.


En definitiva, el debate sobre los aranceles no debería reducirse a si Chile logra obtener una excepción adicional o negociar algunos puntos porcentuales. Esa discusión seguirá siendo importante, pero para las empresas existe un desafío más profundo: aprender a operar cuando la certeza sobre las reglas comerciales ya no puede darse por descontada.


Chile ha construido durante décadas una posición privilegiada como economía abierta, apoyada en una amplia red de acuerdos comerciales y en una oferta exportadora reconocida internacionalmente. Esa fortaleza sigue vigente. Lo que cambia es el entorno en que debe desplegarse.


Hoy la competitividad no depende solamente de producir bien y acceder a nuevos mercados. También depende de la capacidad de anticipar escenarios, proteger márgenes y gestionar financieramente los riesgos antes de que estos se conviertan en problemas. Por tanto, el desafío no es adivinar cuál será el próximo arancel, sino que es estar preparado para cuando vuelva a cambiar.


Alfonso Molinare, 

Country manager de Ebury

europapress