Un reciente estudio del CIAE de la U. de Chile identificó distintos perfiles de dificultades lectoras en estudiantes de 2° a 6° básico. Los resultados reiteran la grave situación que estamos viviendo en materia de rendimiento educativo y la magra proyección hacia el futuro. En 3° básico, el 45% de los estudiantes presentó dificultades generales de lectura y otro 30% problemas específicos de comprensión lectora. El problema también aparece en niveles superiores: en 6° básico, por ejemplo, un 36% de los estudiantes presentó dificultades de decodificación. Más allá de cifras, el problema revela malos resultados de nuestra educación, lo cual reviste gravedad ante el pleno ingreso de la tecnología comunicacional que demandará, precisamente, comprensión lectora para asumir sus resultados y poder proyectarlos a la vida laboral. Pone también de relieve un problema para la educación superior: estudiantes que no comprenden lo que leen adquirirán una formación deficitaria, que rápidamente derivará en obsoleta. A la evidencia mencionada se suma los últimos resultados de la prueba PISA en que Chile volvió a descender en compañía de una mayoría de los países.
El país pudo superar el analfabetismo merced políticas educacionales activas con un rol de liderazgo del Estado. Es cierto: el analfabetismo se redujo a una mínima expresión como porcentaje de la población, llevando a Chile al grupo de los países más adelantados dentro del mundo en desarrollo en esta materia. Esto fue, sin lugar a dudas, un resultado de los criticados planes -en su tiempo- de enseñanza primaria obligatoria, de apoyo a las Escuelas Normales para formar a los profesores básicos, de desarrollo de formación de profesores de media, y la ampliación significativa de la enseñanza experimental y media. Fueron años de un esfuerzo del Estado pata atacar uno de los males más importantes sobre las perspectivas nacionales: la pobreza y la baja productividad. Pero ahora tenemos un problema mayor, más allá de lo que puedan hacer los profesores en el aula. Ellos deben ser parte fundamental en la superación del problema, pero requerirán de una activa participación de las familias y también de los propios medios de comunicación a los que acceden los niños y jóvenes. El uso generalizado de la IA en educación se suma a las preocupaciones vigentes, en la medida que ella ha ido sustituyendo el esfuerzo de los alumnos.
No es nuevo. En el año 2001 el Departamento de Economía de la Universidad de Chile señaló que más de la mitad de los chilenos no éramos capaces de seguir instrucciones escritas, teníamos dificultades para comprender textos escritos e incapaces de extraer mínimas consecuencias analíticas. El problema continua, pero hoy día en medio de una más compleja realidad productiva. La comprensión -como distinta al simple desciframiento de los símbolos escritos que constituyen las palabras- es vital para manejar manuales, sistemas computacionales, seguir en un proceso educativo permanente, etc. Y estos aspectos son elementos indisolubles de lo que se ha de observar cuidadosamente para llevar adelante mucha inversión necesaria para el país. Como se dijo, para una economía que sólo pretende producir y exportar minerales, trozos de madera y fruta embalada, la cuestión que estamos discutiendo reviste menor importancia. Pero cuando se habla del salto a una etapa exportadora más avanzada que apunta a la industria liviana, el desarrollo de nichos productivos y la producción de elementos tecnológicos, la cuestión de la calidad del recurso humano es muy otra. Y ni hablar de la importancia que el tema tiene en materia de una mayor equidad social y económica Por ello, el esfuerzo por una Buena Educación sigue siendo una prioridad nacional, con vistas a los sueños que abrigamos para alcanzar un desarrollo económico integral y la disminución sostenible de la pobreza.
Un viejo e inalterado problema que amenaza seriamente al futuro de Chile. No sólo es un problema de productividad laboral, sino también un grave problema social: las deficiencias en comprensión lectora mantendrán a una gran mayoría fuera del mundo de las decisiones más relevantes y de contribuir efectivamente a una mayor equidad. También favorece la adopción fácil de doctrinas centradas en los resultados, más no en la causa originaria de los males sociales. Es hora de abordarlo con la misma decisión que hace ya casi un siglo se acometió la tarea de acabar con el analfabetismo.
Prof. Luis A. Riveros
Emérito Universidad de Chile