La inteligencia artificial se ha convertido en la infraestructura crítica del siglo XXI. Pero, como advierte The Economist, el mundo está entrando a esta nueva era con una vulnerabilidad estructural: la dependencia casi total de Estados Unidos y China para acceder a chips avanzados, nubes de hiperescala, modelos fundacionales y capacidades de entrenamiento. La pregunta ya no es solo cómo hacer segura la IA, sino cómo asegurar que esa seguridad no dependa exclusivamente de dos potencias con intereses estratégicos propios.
El diagnóstico es incómodo. La frontera tecnológica está concentrada en Silicon Valley, mientras China avanza con un ecosistema masivo y fuertemente dirigido por el Estado. Ambos países compiten por liderazgo, pero el resto del mundo —incluyendo Europa y América Latina— queda relegado a la posición de consumidor. Y cuando la dependencia es tan profunda, la capacidad de auditar modelos, exigir estándares o regular riesgos se vuelve limitada. No se puede gobernar lo que no se controla.
The Economist propone un giro estratégico: construir capacidad soberana mínima, suficiente para evaluar, verificar y adaptar tecnologías de IA sin quedar atrapados en cajas negras externas. No se trata de replicar a OpenAI o a los gigantes chinos, sino de asegurar autonomía funcional. Tres líneas de acción destacan.
Primero, infraestructura compartida. Europa ya impulsa centros públicos de pruebas, modelos abiertos y estándares de verificabilidad. Regiones como América Latina podrían seguir ese camino, articulando universidades, empresas y gobiernos para desarrollar datasets propios, laboratorios de evaluación y capacidades de auditoría. La soberanía comienza por poder mirar dentro de los modelos que se usan.
Segundo, regulación inteligente. Ni el laissez-faire estadounidense ni el control estatal chino ofrecen un equilibrio adecuado. La seguridad de la IA requiere marcos que protejan a los ciudadanos sin asfixiar la innovación. La clave es la verificabilidad: exigir que los modelos utilizados en sectores críticos —salud, educación, finanzas, Estado— puedan ser inspeccionados y certificados.
Tercero, diversificación tecnológica. La dependencia de un único proveedor es una vulnerabilidad estratégica. Países que basan su productividad y su administración pública en plataformas externas deben asegurar interoperabilidad, redundancia y alternativas abiertas. La resiliencia digital es tan importante como la eficiencia.
Para Chile, este debate es urgente. La modernización del Estado, la productividad empresarial y la educación superior ya dependen de tecnologías de IA. Sin capacidades propias de evaluación y sin una estrategia de soberanía digital, el país corre el riesgo de adoptar tecnologías que no puede auditar, regular ni adaptar a su realidad.
La IA será segura en la medida en que sea verificable. Y será verificable en la medida en que el mundo reduzca su dependencia de Estados Unidos y China. La autonomía tecnológica no es un lujo: es la nueva condición para participar con voz propia en la economía del futuro.
Alfredo Barriga Cifuentes
Consultor en Transformación Digital e Innovación
Autor "Futuro Presente: cómo la nueva revolución digital afectará mi vida"
Profesor