El informe del Banco Central sobre el PIB Regional del primer trimestre de 2026 revela un problema persistente: la incapacidad de sostener un crecimiento equilibrado entre territorios y sectores. La contracción de 0,5% del PIB nacional se explica por caídas en diez de las dieciséis regiones, mientras que el consumo de los hogares creció en la mayoría de ellas.
El diagnóstico muestra que la macrozona Centro Sur fue la principal responsable de la contracción, con retrocesos significativos en O’Higgins (-6,6%), Maule (-3,2%), Ñuble (-2,9%) y Biobío (-5,2%). En estas regiones, la construcción aparece como un factor recurrente de caída, sumándose a la fruticultura y la pesca. En el Norte, Tarapacá creció 5,5% gracias a la minería del cobre, pero Antofagasta retrocedió 5,3% por la misma actividad, mientras que Atacama sorprendió con un alza de 10,5% por la extracción de oro y plata. La Región Metropolitana, en contraste, creció 1,0% impulsada por servicios y comercio, con un consumo de hogares que aumentó 3,6%. Las exportaciones de bienes cayeron 4,6% a nivel nacional, golpeadas por menores envíos frutícolas y mineros, con desplomes dramáticos en O’Higgins (-25,2%), Maule (-21,4%) y Araucanía (-27,4%).
Resulta evidente que el análisis territorial descubre un patrón desigual. Mientras los servicios sostienen el dinamismo en la capital y algunas regiones del sur, la construcción se convierte en un factor clave en varias zonas. En Arica y Parinacota, Coquimbo, Maule y Magallanes, la menor actividad constructiva incidió directamente en la contracción regional. Este sector, que debería ser motor de inversión y empleo, aparece debilitado, reflejando tanto la baja en proyectos de infraestructura como la ralentización inmobiliaria. Por otro lado, los servicios de vivienda e inmobiliarios, incluidos en la categoría de servicios, aportaron positivamente en algunas regiones, aunque sin la fuerza suficiente para revertir las caídas productivas. La paradoja es que mientras la construcción se contrae, el consumo de servicios inmobiliarios se mantiene, mostrando un desajuste entre oferta y demanda territorial.
El impacto de los sectores construcción e inmobiliario son claves para entender la fragilidad regional. En el Centro Sur, la dependencia de la fruticultura y la construcción genera vulnerabilidad frente a shocks externos y climáticos. En el Norte, la minería sigue siendo dominante, pero la caída de proyectos constructivos limita la diversificación. En el Sur y Austral, la construcción se vincula a la infraestructura pesquera y agroindustrial, sectores que requieren innovación para sostener su aporte. En este contexto, la Región Metropolitana refuerza su centralidad, con servicios inmobiliarios y comerciales que sostienen el crecimiento, perpetuando la concentración económica.
Enfrentar las altas tasas de desempleo y bajo crecimiento, requiere de políticas públicas urgentes. Primero, impulsar una estrategia nacional de reactivación de la construcción regional, vinculada a vivienda social, infraestructura pública y proyectos de resiliencia climática, que permita dinamizar empleo y reducir brechas territoriales. Segundo, fortalecer los servicios inmobiliarios regionales mediante incentivos a la inversión privada y alianzas público-privadas e integrar la construcción en una política de diversificación productiva, articulando cadenas con sectores como energía, logística y turismo, para que el sector inmobiliario sea un motor de desarrollo y no un reflejo de desigualdad.
El sector construcción, lejos de ser motor de crecimiento, se ha convertido en indicadores de fragilidad territorial. Chile necesita una política pública que reconozca que el equilibrio productivo y territorial requiere revitalizar este sector en cada región del país.
Américo Ibarra Lara
Director Instituto del Ambiente Construido
Observatorio en Política Pública del Territorio
Facultad de Arquitectura y Ambiente Construido
Universidad de Santiago de Chile