Durante años se ha discutido cómo seleccionar mejores estudiantes para pedagogía. Quizás la pregunta deba reformularse, porque el verdadero problema no es cómo elegir mejor entre quienes ya quieren ser profesores, sino lo que se debe hacer para que los jóvenes con mayor talento quieran dedicar su vida a enseñar. Cuando una profesión deja de atraer a las personas que necesita, la discusión deja de ser un problema de admisión y pasa a convertirse en un problema de prestigio, posicionamiento y, finalmente, de desarrollo nacional. En Chile, después de años lamentando la caída de la matrícula en pedagogías y el creciente déficit de docentes, no se ha resuelto la pregunta clave: ¿qué propuesta de valor hemos construido para que un joven talentoso quiera ser profesor y no ingeniero, abogado, médico o químico?
Durante la última década el debate se ha concentrado en los síntomas, pues disminuyen las postulaciones, se cierran programas de pedagogía y las proyecciones anticipan un déficit superior a 33 mil profesores hacia 2030. La respuesta ha consistido en discutir requisitos de ingreso, puntajes mínimos o mecanismos de selección. Medidas todas razonables, pero parten de un supuesto discutible: que el desafío consiste en seleccionar mejor a quienes ya desean estudiar pedagogía, cuando la verdadera dificultad parece estar mucho antes: la pérdida de atractivo de la profesión para una parte importante del talento que el país necesita.
Las profesiones, al igual que las organizaciones, compiten por atraer talento y para lograrlo construyen una identidad, una reputación y una propuesta de valor capaces de convencer a las personas de que vale la pena dedicarles una vida. La docencia, en cambio, ha terminado comunicándose principalmente como un sacrificio, y repitiendo que ser profesor es pura vocación y un acto de abnegado servicio. Esto es cierto, pero ha ejercido un efecto insospechado: se ha instalado que enseñar exige generosidad aunque no necesariamente excelencia, compromiso aunque no sofisticación y entrega aunque no reconocimiento profesional.
Esa narrativa puede resultar inspiradora, pero difícilmente atraerá a jóvenes que buscan desafíos intelectuales y oportunidades de desarrollo y reconocimiento social, ya que ninguna profesión construye su prestigio destacando únicamente el sacrificio que exige. La medicina pone el acento en el impacto que tiene sobre la vida de las personas, la ingeniería en su capacidad para resolver problemas complejos y la economía y negocios en la innovación y la creación de valor. Es decir, todas destacan la complejidad de su trabajo, la contribución que realizan a la sociedad y las oportunidades de desarrollo que ofrecen. Pero con la docencia ha ocurrido exactamente lo contrario, puesto que dejamos de referir que enseñar es una de las tareas intelectualmente más complejas que existen, ya que un buen profesor no solo domina una disciplina sino que debe comprender cómo aprenden personas diferentes, diseñar experiencias de aprendizaje, tomar decisiones en tiempo real, gestionar grupos diversos, motivar, evaluar y acompañar procesos que muchas veces cambian el rumbo de una vida, y esa complejidad rara vez ocupa el centro del relato público. Ese fue el valor y es hoy el legado de las Escuelas Normales.
Mientras sigamos creyendo que enseñar es ante todo un sacrificio y no algo intelectualmente desafiante, será difícil que la docencia vuelva a atraer a quienes tienen las condiciones para destacar en cualquier campo. No es casualidad que países como Finlandia o Singapur, hayan logrado atraer talento hacia la enseñanza, puesto que además de ofrecer un buen desarrollo profesional, construyeron una imagen social donde enseñar representa una actividad de alta exigencia intelectual y gran compromiso público, comprendiendo que el prestigio de una profesión no depende únicamente de sus remuneraciones sino también de cómo una sociedad asume su importancia. En esa misma dirección, la reciente Estrategia de Desarrollo para la Educación Superior 2026-2038, reconoce que uno de los principales aportes de las universidades consiste en formar a los docentes del futuro, aunque antes de discutir cómo mejorar esa formación, Chile necesita responder una pregunta previa: ¿cómo volvemos a hacer que los jóvenes con mayor talento quieran convertirse en profesores?
La crisis de las pedagogías no debería analizarse solo como un problema educacional, sino también por haberse debilitado la propuesta de valor de una profesión estratégica para el país. Recuperarla exige mejorar las condiciones del ejercicio docente, fortalecer la carrera profesional y, sobre todo, devolver a la enseñanza el prestigio intelectual que merece, considerando la complejidad y el valor social de formar a otros. Quizás hemos estado intentando resolver el problema equivocado, ya que no basta con seleccionar mejores postulantes para pedagogía si la profesión dejó de competir por el mismo talento que hoy atraen otras disciplinas. La verdadera política de Estado consiste en lograr que jóvenes con las capacidades para destacar en cualquier disciplina también quieran ser profesores, porque recuperar el prestigio de la docencia no es un gesto simbólico, sino una decisión estratégica, porque cuando una sociedad atrae a sus mejores talentos para formar a las nuevas generaciones, está invirtiendo en su propio futuro.
Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile;
Prof. Nassib Segovia, especialista en educación superior, académico UNIACC.