​Cuidemos la imagen de Santiago para atraer inversionistas

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Enrique Marinao


Para que los inversionistas confíen en Santiago como destino de negocios, deben percibir la ciudad como honesta, benévola y competente. Esa confianza se sustenta en: la estabilidad institucional y normativa; en la seguridad jurídica y protección de contratos (por ejemplo, en el cumplimiento contractual y protección de la propiedad intelectual); en la solidez macroeconómica y financiera (control estable de inflación, tipo de cambio y deuda pública, y acceso a financiación local y extranjera); en la transparencia y disponibilidad de información fiable (estadísticas sectoriales y procesos claros en organismos públicos y privados); y en un ecosistema institucional y redes de soporte efectivas (agencias de promoción, incubadoras, cámaras, consultoras y contactos público-privados que faciliten la integración y los trámites).


Pero no basta con el eslogan “Puedes confiar en Santiago”. Dado que la confianza depende de la imagen del destino, es necesario optimizar la experiencia cognitiva del inversionista. Públicos y privados deben asegurar una percepción positiva de las oportunidades sectoriales; garantizar claridad y accesibilidad de la información; reducir la carga mental para coordinar agendas, procesar información y resolver problemas logísticos o administrativos; y facilitar la retención de mensajes clave (ventajas, cifras y contactos esenciales tras la visita).


Además, Santiago debe priorizar el componente emocional al relacionarse con inversionistas. Las acciones públicas y privadas deberían fomentar confianza emocional; aumentar el entusiasmo y la motivación; minimizar frustración y estrés derivados de obstáculos logísticos, trámites o falta de respuesta; promover sensación de pertenencia y conexión relacional más allá de lo transaccional (afinidad cultural, facilidad para hacer Networking y acogida institucional); y evidenciar la competencia y pericia de los actores locales.


En lo funcional, los servicios y la coordinación público-privada deben potenciar la eficiencia logística y de movilidad (facilidades en aeropuertos, traslados y transporte urbano para cumplir agendas puntuales); asegurar calidad y disponibilidad de infraestructura empresarial (oficinas, salas, laboratorios); agilizar trámites y gestiones; facilitar acceso a talento y proveedores relevantes; y garantizar calidad en el soporte institucional y comercial.


En lo hedónico, la colaboración público-privada debe preservar la calidad estética del entorno; el confort y bienestar durante la estancia (hoteles, salas de reunión, restaurantes, condiciones ambientales); una oferta gastronómica y cultural rica; hospitalidad y buen trato; y experiencias memorables y diferenciadoras (visitas a viñedos, panoramas cordilleranos, eventos exclusivos).


Del mismo modo, la sinergia entre actores debe cuidar el componente simbólico: proteger y proyectar el prestigio y posicionamiento de la marca ciudad (modernidad, estabilidad, hub regional); transmitir legitimidad institucional; reflejar valores representativos (profesionalismo, innovación, sostenibilidad, apertura); comunicar claramente la conectividad y acceso a mercados regionales; y mantener el prestigio de redes y socios locales (universidades, empresas y clusters reconocidos).


Construir esa confianza y cuidar la imagen de Santiago redundará en la satisfacción del inversionista. La cooperación público-privada debería procurar que la visita cumpla expectativas; que los procesos sean eficientes; que el soporte local sea de calidad; que el valor percibido (costo-beneficio) sea favorable; y que las interacciones personales, trato, Networking y clima cultural contribuyan a un alto grado de bienestar durante la estancia.


Sin lugar a duda implementar esta singular ruta para el inversionista facilitará el retorno y la recomendación de Santiago como destino de negocios.



Dr. Enrique Marinao Artigas. Facultad de Administración y Economía. Universidad de Santiago de Chile. 

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