Economía como arma: un clásico vigente en conflictos presentes

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Leonardo Quijarro2


Durante décadas, los enfrentamientos militares han situado a la victoria bajo el concepto del control del territorio a conquistar o, al menos, al sucumbir de la voluntad del adversario en perseverar con aquella situación que generó éste. Los conflictos que hoy sacuden Eurasia y Medio Oriente nos muestran con claridad acciones que también se han dado en el pasado, a propósito de afectar al otro beligerante, ya no solo en el campo de batalla, sino que también golpeando su capacidad de producir, exportar y abastecerse. La refinería, el almacén logístico y el estrecho marítimo son objetivos tan valiosos como una posición militar. La economía no ha sido y ni solo es el telón de fondo de una guerra; es un arma más en el arsenal.


Rusia y Ucrania: la guerra de los oleoductos y los almacenes


Desde marzo de 2026, Ucrania ha sostenido una campaña casi diaria de ataques con vehículos no tripulados de diferente tipo y misiles de largo alcance contra la infraestructura energética rusa, golpeando refinerías situadas a más de mil kilómetros del frente: Ryazan, Perm, Bashkortostán, Yaroslavl, Samara y, más recientemente, la planta TANECO en Nizhnekamsk, en la región de Tartaristán. La estrategia seguida se puede visualizar con meridiana claridad: Rusia financia su esfuerzo bélico con las exportaciones de hidrocarburos, y cada refinería fuera de servicio reduce los ingresos fiscales que permiten su sostenimiento. A lo señalado se debe agregar un segundo componente, que es más visible para la población rusa, la escasez de combustible como consecuencia de la disminución en la capacidad de producir diferentes tipos de éste, en un país que se autopercibe como potencia petrolera. Esta situación, más que el daño material puntual, contribuiría a erosionar la moral de la población frente a un conflicto que, en general, pareciera distante, fuera de sus fronteras y del cual estarían siendo vencedores.


A lo anteriormente indicado, Kiev ha sumado un frente inesperado: los centros logísticos de Wildberries, el mayor minorista digital. Golpear sus almacenes no tiene un efecto militar directo, pero sí un efecto psicológico y económico sobre la vida civil, evidenciando que ningún nodo de la economía rusa, ni siquiera el comercio electrónico, queda a resguardo. Moscú ha respondido en el mismo terreno, atacando almacenes comerciales en Kiev. Estas acciones confirman que ambos bandos han incorporado la infraestructura civil-económica como objetivo legítimo dentro de su cálculo estratégico.


Las consecuencias económicas trascienden el campo de batalla. Para Rusia, la pérdida reiterada de capacidad de refinación, ha significado un retroceso en éstas de cerca de 24 años según algunas estimaciones. Para la economía global, el impacto es más difuso pero real: cualquier retiro sostenido de productos refinados rusos, diésel, en particular, tensiona los mercados europeos y asiáticos que aún dependen de flujos alternativos, encareciendo el transporte y la logística en cadenas ya fatigadas por años de reconfiguración post-sanciones.


Irán, Arabia Saudita y el corazón energético del Golfo


El conflicto abierto entre Estados Unidos, Israel e Irán desde finales de febrero de 2026 llevó la guerra económica a otra escala. Cuando Irán respondió a los bombardeos aliados con ataques contra infraestructura energética regional, incluyendo el campo gasífero South Pars, refinerías en Riad, la planta de Ras Tanura de Aramco (la mayor del mundo, con 550.000 barriles diarios de capacidad) y los complejos en Yanbu y Jubail,, el objetivo no era solo dañar a Arabia Saudita, dado su carácter de aliado circunstancial de Washington, sino demostrar que ningún actor del Golfo permanece inmune si Teherán decide trasladar el costo de la guerra a la economía energética mundial. El cierre selectivo del estrecho de Ormuz ha multiplicado ese efecto.


A los daños mencionados en Arabia Saudita en particular, se debe agregar la inutilización de tramos del oleoducto Este-Oeste, única vía de exportación alternativa a Ormuz.


Por su parte, los hutíes de Yemen y milicias proiraníes en Irak sumaron ataques contra Yanbu y Jizan, mostrando que la guerra económica contra la infraestructura saudita se libra en múltiples frentes simultáneos, con actores no estatales actuando como extensión de la estrategia iraní.


El mundo ha sido espectador del efecto dominó producido, alcanzando a prácticamente, todas las economías del orbe.


El mercado de fertilizantes, dependiente en un 46% de la oferta de productos provenientes del Golfo, también se ha visto afectado, generando potenciales implicancias directas sobre la seguridad alimentaria global.


La economía, actor permanente y un actualizado campo de batalla


Lo que unifica ambos conflictos es una misma convicción estratégica: la generación de efectos económicos en el adversario es hoy, como lo fuera ayer, tan decisivos como el avance y conquista territorial. Rusia y Ucrania se disputan la resiliencia de sus respectivas economías de guerra; Irán y sus adversarios convierten el Golfo en un tablero donde cada refinería es una ficha de negociación. Para el resto del mundo, la lección es incómoda: en la era de las cadenas de suministro globalizadas, ningún consumidor, ninguna industria y ningún banco central permanece verdaderamente al margen de conflictos que, sobre el mapa, parecen distantes. La geopolítica ya no se mide solo en kilómetros de frente, sino en puntos porcentuales de inflación.


Leonardo Quijarro S.

Profesor Residente Academia de Guerra Naval

Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)

Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute

Contraalmirante (R)

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