En dos columnas anteriores abordamos la educación rural como transformaciones que comienzan a modificar las oportunidades de quienes viven fuera de los grandes centros urbanos. Sostuvimos que (1) la inteligencia artificial puede reducir brechas si su incorporación considera las particularidades de estos territorios y (2) la escuela rural posee una fortaleza poco reconocida, porque puede convertir su entorno en fuente de aprendizaje. Esas reflexiones conducen a una tercera pregunta que trasciende la etapa escolar y que obliga a mirar hacia la educación superior, porque si un joven o un adulto quiere continuar estudiando el lugar donde vive todavía puede determinar buena parte de sus posibilidades.
Por décadas, acceder a una universidad, IP o CFT estuvo estrechamente ligado al lugar donde se encontraba la institución y su oferta académica, lo que para muchas personas significó trasladarse a otra ciudad, asumir muchos costos directos, alejarse de sus familias o postergar sus estudios cuando esa alternativa no estaba a su alcance. La expansión territorial del sistema permitió reducir parte de esas barreras, pero estudiar y desplazarse continuaron siendo decisiones estrechamente relacionadas.
La educación a distancia comienza a modificar esa relación y los datos muestran que estamos frente a una transformación relevante del sistema. En 2026, la educación superior chilena alcanza 1.497.548 matrículas y el pregrado concentra 1.372.167, de las cuales 207.089 corresponden a programas a distancia, equivalentes al 15,1%, superando por primera vez a la modalidad vespertina, que representa el 15,0%. Más elocuente todavía resulta observar su evolución, ya que desde 2022 la matrícula de pregrado a distancia aumentó 84,5%, mientras la vespertina disminuyó 9,7%, confirmando que la forma en que las personas organizan sus trayectorias educativas está cambiando. Además, mientras la modalidad vespertina pierde participación, los formatos a distancia adquieren una presencia creciente y agregan a la flexibilidad horaria una dimensión que hasta hace algunos años tenía un alcance menor: la flexibilidad territorial. Para una persona que vive en una localidad rural o distante de los principales centros universitarios, esto puede significar acceder a educación superior sin abandonar necesariamente el lugar donde ha construido su vida, aunque migrar para estudiar seguirá siendo una alternativa legítima y para muchos jóvenes, una experiencia valiosa de autonomía y crecimiento personal. La diferencia está en que debería constituir una elección y no una condición para continuar una trayectoria educativa.
También está cambiando el perfil de quienes ingresan o regresan a la educación superior, que ya no corresponde únicamente al joven que comienza sus estudios inmediatamente después de terminar la enseñanza media. Las personas de 35 años o más representan el 14,3% de la matrícula total de pregrado, y explican el 38,2% de su crecimiento durante el último año, un fenómeno que el propio SIES vincula estrechamente con la expansión de los programas a distancia y que amplía la discusión sobre educación y territorio, porque ya no se trata solamente de cómo un joven rural accede a la educación superior, sino también de cómo un trabajador, emprendedor o adulto puede continuar aprendiendo sin que estudiar, trabajar y permanecer en su comunidad sean decisiones incompatibles.
Aquí aparece una oportunidad relevante para el desarrollo regional, porque si las personas pueden acceder a educación superior sin abandonar necesariamente sus comunidades, se abre también la posibilidad de vincular los aprendizajes adquiridos con empresas, municipios, emprendimientos y organizaciones locales, haciendo que la formación contribuya al desarrollo de capacidades que los propios territorios necesitan. Esto no significa asumir que estudiar online producirá automáticamente desarrollo local, sino reconocer que puede acercar oportunidades de formación a personas que anteriormente debían desplazarse para acceder a ellas y facilitar una relación más directa entre conocimiento, actividad productiva y necesidades territoriales.
Sería igualmente equivocado suponer que la tecnología resolverá por sí sola las desigualdades existentes, porque persisten diferencias de conectividad, capacidades digitales y disponibilidad de tiempo entre quienes deben compatibilizar trabajo, familia y estudios. El desafío no consiste simplemente en digitalizar carreras, sino en construir experiencias formativas pensadas para trayectorias diversas, lo que exige a las instituciones revisar sus modelos de acompañamiento, evaluación y aseguramiento de la calidad, entendiendo que una oferta online de calidad no consiste sólo en trasladar a una plataforma aquello que antes se hacía presencialmente y que la flexibilidad no puede significar menor exigencia, sino una manera diferente de organizar oportunidades de aprendizaje.
Las dos primeras reflexiones de esta serie plantearon que la inteligencia artificial también debe llegar al campo y que el territorio puede convertirse en una fuente de aprendizaje; esta tercera completa ese recorrido al reconocer que las oportunidades educativas tampoco deberían terminar cuando finaliza la escuela, especialmente cuando la tecnología permite comenzar a separar dos decisiones que durante demasiado tiempo estuvieron unidas: estudiar y abandonar el territorio. No se trata de evitar que las personas migren ni de sostener que todos deban permanecer donde nacieron, sino de ampliar realmente sus posibilidades de elección, de modo que quedarse no signifique renunciar a estudiar y que estudiar no obligue necesariamente a partir. Una política de equidad territorial no debería decidir dónde deben construir su futuro las personas, sino procurar que cuenten con las oportunidades y capacidades necesarias para decidirlo por sí mismas.
Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile
Prof. Nassib Segovia, especialista en educación superior, académico UNIACC