Cuando las familias gestionan su patrimonio, ya sea por algún proceso de herencia o sucesión, o en decisiones cotidianas de asignación de recursos entre sus miembros (como apoyos, regalos, beneficios, mesadas, préstamos u otros), se observa un patrón recurrente: los conflictos rara vez se originan por el dinero en sí, sino por el significado distintivo que cada persona le atribuye a lo que recibe o percibe que recibe.
Aclaro qué entendemos por patrimonio: los recursos económicos o materiales como dinero, inversiones, negocios, activos, objetos muebles o inmuebles. Es decir, todo aquello que pueda ser cuantificado en una cifra bajo este símbolo: “$”. Entonces, los conflictos surgen porque el patrimonio casi nunca es solo patrimonio. Para algunos representa seguridad y bienestar. Para otros, poder y estatus. Para otros, generosidad y solidaridad. Y para otros, una forma de medir cuánto han sido considerados, reconocidos y amados en su contexto familiar. Porque no es extraño que ciertas emociones (como los celos y la envidia) emerjan, provocadas inconscientemente, a partir de comparaciones; cuando alguien percibe que recibe menos o siente que otro miembro de la familia es más favorecido.
Y, si bien es natural que en algunas familias se distribuyan recursos en función de la escasez o abundancia de sus miembros (buscando ser equitativos), lo que para unos es apoyo o cuidado, para otros puede vivirse como una señal de trato desigual. Para no confundirnos, conviene distinguir entre los actos de buena voluntad y los favoritismos; estos últimos son dañinos porque erosionan la confianza, generan resentimiento y dejan cicatrices emocionales difíciles de reparar en la dinámica familiar.
Sin embargo, lo que hemos visto a través de los años es que, sea cual sea el escenario, quien recibe menos suele sentirse menoscabado (tenga mucho o tenga poco). En estos casos hemos tenido que aplicar lo que llamamos la “planilla de cálculo” para nivelar las desigualdades, o inequidades según como se interprete. Esto sana muchas heridas y atenúa la percepción de estar siendo perjudicado.
Pero, hay ocasiones, no pocas, cuando las percepciones de inequidad no coinciden plenamente con los hechos y la sensación de injusticia permanece intacta; incluso cuando la evidencia es clara y se aplicó la planilla para nivelar. Esa persistencia tiene una raíz más profunda: está vinculada al poderoso sentimiento de que “están en deuda conmigo: dolorosa sensación originada en la historia personal al no haberse sentido amado incondicionalmente, reconocido, atendido, validado, visto o considerado. Todo ello genera un fuerte sentimiento de rechazo y, en consecuencia, una especie de “codicia emocional”, donde nada parece ser suficiente; la ingratitud y comparación constante llevan a “pasar la cuenta”.
Y, cuando esa deuda no se reconoce ni se trabaja de forma abierta, el patrimonio termina transformándose en el medio a través del cual se intenta resolver aquello que, en realidad, pertenece a otro plano. Por esto, puede ser un error que los padres, asesores u otros acompañantes del proceso, al hablar de herencias, sucesión o decisiones de asignación de capital, centren la conversación en lo técnico: estructuras legales, cifras y fórmulas de distribución de activos. Cuando la necesaria conversación debería ocurrir, primero, en otro nivel: el del sentido; para anticipar y prevenir conflictos más complejos: aquellos que no se expresan en documentos, ni en números sino en dolores acumulados a través de los años.
Ante esto, la pregunta más relevante no es cuánto recibe cada uno, sino qué significado construye cada uno a partir de lo recibido, o no recibido.
Porque, al final, las cuentas más difíciles de saldar no son las financieras. Son aquellas que hablan de reconocimiento, pertenencia y justicia emocional. Y esas, incluso en la gestión del patrimonio familiar, rara vez encuentran solución en lo cuantitativo. Por lo mismo, resulta fundamental cuestionarse: ¿en qué momento los números dejaron de ser solo cifras y empezaron a cargar significados singulares para cada miembro, transformándose en historias que nunca terminan de resolverse? Revelarlos es el primer paso, y esa no es una conversación técnica, sino profundamente humana.
Pía Bartolomé, Gerente de Proyectos en Proteus.