​La herencia que nunca aparece en el testamento

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Carla Huerta (1)

Cuando se habla de herencias, la conversación suele concentrarse en bienes, propiedades, empresas o dinero. La atención se dirige a la distribución de activos, a los mecanismos sucesorios o a las implicancias tributarias del proceso. Sin embargo, existe un elemento mucho más determinante para la continuidad de cualquier patrimonio y que rara vez forma parte de la discusión: la capacidad de administrarlo.


La experiencia demuestra que la conservación patrimonial no depende exclusivamente de la magnitud de los recursos acumulados. A lo largo del tiempo es posible observar patrimonios relevantes que desaparecen en pocas décadas y otros mucho más modestos que logran consolidarse y crecer a través de generaciones. La diferencia rara vez radica en el volumen de activos heredados. Con frecuencia se encuentra en las herramientas que reciben quienes deberán administrarlos.


La planificación patrimonial suele abordarse desde una perspectiva jurídica o tributaria. Se discuten testamentos, estructuras societarias, impuestos y mecanismos de transmisión de bienes. Todos esos elementos son importantes. Sin embargo, existe una pregunta previa que pocas veces se formula: ¿están realmente preparados los futuros herederos para asumir la responsabilidad que implica recibir ese patrimonio?


Las decisiones patrimoniales son cada vez más complejas. La administración de inversiones, empresas familiares, propiedades o estructuras societarias exige conocimientos que exceden ampliamente la mera titularidad de los activos. Recibir patrimonio no implica únicamente acceder a un beneficio económico. También supone asumir riesgos, obligaciones y decisiones que pueden afectar su conservación futura.


Uno de los errores más frecuentes en materia sucesoria consiste en asumir que la transmisión de bienes garantiza la continuidad patrimonial. En la práctica, ocurre exactamente lo contrario. Un patrimonio puede encontrarse jurídicamente ordenado y tributariamente eficiente, pero aun así deteriorarse si quienes lo reciben carecen de las herramientas necesarias para gestionarlo.


La experiencia de numerosas empresas familiares ilustra con claridad este fenómeno. La primera generación suele concentrar esfuerzos en crear valor. La segunda se ocupa de consolidarlo. La tercera, muchas veces, enfrenta el desafío de administrar una estructura que nunca aprendió a construir. Cuando la transferencia de activos no va acompañada de transferencia de conocimiento, la continuidad se vuelve significativamente más frágil.


La planificación patrimonial debiera comprender una dimensión más amplia que la organización de bienes. También debería incorporar conversaciones familiares, formación financiera, comprensión de responsabilidades jurídicas y mecanismos que permitan transmitir experiencia acumulada. En otras palabras, preparar a las personas que algún día deberán tomar decisiones sobre aquello que reciben.


La verdadera continuidad patrimonial no se construye únicamente mediante documentos, testamentos o estructuras legales. Se construye a través de capacidades. Un patrimonio puede heredarse mediante una escritura. La capacidad de preservarlo no.


Quizás por eso la herencia más valiosa no sea aquella que aparece detallada en un testamento, sino aquella que permite comprender cómo proteger, administrar y proyectar lo recibido. Porque las herencias rara vez fracasan por falta de activos. Con mucha mayor frecuencia, fracasan por falta de preparación.


Carla Huerta Miranda,

Abogada Tributaria

europapress