​100 días de Furia Épica: logros y consecuencias, ¿lo esperado?

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Leonardo Quijarro2 (5)

El 28 de febrero de este año, la arquitectura de seguridad de Oriente Medio saltó por los aires con el inicio de la operación conjunta estadounidense e israelí denominadas “Furia Épica” y “Rugido del León”, respectivamente. El estableció un "Cese al Fuego" el pasado 8 de abril bajo el pretexto, del inicio de conversaciones de paz, con plazos perentorios y ultimátum que, sucesivamente, se han ampliado hasta hoy en que se cumplen cien días de hostilidades. Desde una perspectiva militar y geopolítica, la pregunta no es solo quién ha disparado más misiles, sino si los objetivos iniciales justifican el estado actual del tablero global. ¿Es este el escenario que Washington, Tel Aviv, Bruselas y Teherán esperaban? La respuesta directa, probablemente, es no. La respuesta más elaborada revela un profundo desfase entre la doctrina militar hipertecnológica y la terca realidad de la geografía, la fragmentación de las alianzas occidentales y la guerra asimétrica.


El balance militar: Entre la parálisis técnica y el desgaste

El plan inicial de la administración estadounidense prometía una campaña aérea y naval "quirúrgica y rápida" para “desmantelar” las capacidades ofensivas de la República Islámica. En términos tácticos, Occidente e Israel lograron éxitos notables: la neutralización de más del 60% de la red de radares y baterías de misiles iraníes, la destrucción de sus últimos interceptores históricos F-14, y la interrupción parcial de sus instalaciones de desarrollo nuclear y logístico.


Sin embargo, el CENTCOM subestimó la resiliencia de Teherán. A través de sucesivas oleadas de ataques empleando medios convencionales y otros asimétricos, Irán ha demostrado que no requería de una superioridad aérea clásica para saturar los sistemas de defensa aérea occidentales en el Levante y el Golfo. Militarmente, los 100 días no forzaron una capitulación ni un cambio de régimen; consolidaron un doloroso y costoso empate técnico.


Estrangulamiento en Ormuz: La economía global como rehén naval

Para diferentes analistas naval, ha sido de gran interés la aparición de un nuevo y poco visibilizado centro de gravedad de este conflicto, el cal no estuvo en los cielos de Teherán o Tel Aviv, sino al ras del agua: en el Estrecho de Ormuz. La geografía es un destino inexorable, y este cuello de botella de apenas 33 kilómetros de ancho volvió a demostrar por qué es el talón de Aquiles de la economía de mercado.


Al desatarse las hostilidades, Irán ejecutó su plan de contingencia más temido: el cierre fáctico del estrecho mediante el minado, empleo de enjambres de lanchas rápidas de la Armada de la Guardia Revolucionaria de Irán y el despliegue de misiles antibuque desde posiciones fortificadas en la costa. El colapso del tráfico marítimo, pasando de un promedio de 100 navíos diarios a escasos 7 tránsitos por jornada, generó un shock de oferta sin precedentes en los mercados globales de crudo y gas licuado (GNL), sin mencionar lo relacionado a otros productos como pueden ser los fertilizantes.


Desde el punto de vista de la estrategia naval, el cierre de facto del estrecho por parte de Irán o el establecimiento de un bloqueo como el establecido por Estados Unidos han puesto sobre la mesa y mirada global, la relevancia de estos espacios marítimos y su impacto, no solo respecto de las operaciones militares sino sobre la economía involucrando de esta forma a pueblos y actores, distantes y ajenos al conflicto, como lo puede ser nuestro país. El efecto sistémico global, una crisis inflacionaria de costes de vida debido a la energía y el desvío de las cadenas de suministro mundiales, han demostrado que Irán retiene la capacidad de infligir un daño económico global inaceptable sin necesidad de ganar una sola batalla en campo abierto.


Europa y la OTAN: La parálisis geopolítica de la retaguardia

Un capítulo crítico de estos 100 días ha sido la actitud adoptada por Europa y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Lejos de mostrar un frente unificado con Washington, la crisis expuso fracturas internas estructurales. La OTAN, como organización, se limitó a emitir declaraciones de condena y llamamientos a la desescalada, amparándose en el argumento legal de que el conflicto se desarrollaba fuera de la zona de responsabilidad geográfica del Tratado de Washington.


En el seno de la Unión Europea, la respuesta osciló entre la parálisis y la ambivalencia. Mientras el Reino Unido respaldó activamente la línea dura de EE. UU. aportando escoltas navales limitadas, el eje Francia-Alemania adoptó una postura marcadamente distante. Dependientes de la estabilidad comercial y temerosos de una nueva crisis de refugiados en el Mediterráneo, se han negado a subordinar sus activos navales al mando directo del CENTCOM o a la implementación de una fuerza europea como lo fue el caso en años anterior en la crisis suscitada por el actuar de los hutíes sobre el tráfico marítimo en el estrecho de Bab el-Mandeb, en el mar Rojo. Esta falta de cohesión ha sido interpretada por Teherán como falta de voluntad política de Occidente para asumir los costes de una guerra total.


China y Rusia: Los beneficiarios estratégicos en la sombra

Si bien el conflicto ha afectado directamente a las naciones del Golfo y el Levante, las verdaderas ganancias, aparentemente, las están capitalizando Pekín y Moscú. Ambos gigantes euroasiáticos han jugado cartas de neutralidad pro-iraní sumamente calculadas, transformando el conflicto en una palanca de desgaste contra la hegemonía estadounidense.


Para Pekín, el cierre de Ormuz representaba un riesgo mayor, dado su alta dependencia del de crudo producido en la región. Sin embargo, su postura diplomática fue de una pragmática frialdad. China no solo rehusó condenar a Irán en el Consejo de Seguridad de la ONU, sino que utilizó sus canales diplomáticos para asegurar un salvoconducto implícito para que los superpetroleros con bandera china o cargamentos dirigidos a puertos asiáticos, continuaran transitando por los corredores controlados por Irán.


El resultado para China es doblemente positivo. Por un lado, se consolidó como el mediador indispensable y "adulto responsable" ante los ojos del Sur Global, contrastando su postura pacífica con la intervención armada de Washington. Por el otro, ha continuado su estrategia de desdolarización del comercio energético regional, liquidando compras de petróleo iraní con descuento directamente en yuanes, esquivando las sanciones internacionales y erosionando el poder del petrodólar.


Para Moscú, los 100 días de furia han sido un balón de oxígeno estratégico. El estallido de la guerra abierta obligó a la administración estadounidense a desviar flujos masivos de ayuda militar, sistemas de defensa antiaérea y atención de inteligencia que, originalmente, estaban destinados al frente de Europa del Este.


En el plano militar, la interdependencia entre Moscú y Teherán se ha profundizado. Rusia proveyó a Irán datos de inteligencia satelital en tiempo real respecto a los movimientos de la Quinta Flota en el Océano Índico, vitales para el posicionamiento de las baterías costeras iraníes. A cambio, el conflicto sirvió como un polígono de pruebas masivo para la doctrina militar rusa: la efectividad en combate de los drones de diseño compartido, como son los Shahed, y de las tácticas de saturación contra sistemas antimisiles occidentales, han ofrecido a Moscú lecciones operacionales invaluables. Rusia emerge del cese al fuego con un socio iraní más dependiente de su tecnología militar, y con un competidor estadounidense estratégicamente desgastado y con sus arsenales mermados.


La guerra dentro de la guerra: El frente libanés y el factor Hezbollah

Paralelamente, el conflicto catalizó la reactivación virulenta del frente norte de Israel. La escalada entre las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y Hezbollah en el Líbano dejó de ser una escaramuza de contención para convertirse en un teatro de operaciones en pleno.


La ofensiva terrestre israelí, que ha logrado penetrar hasta las afueras de Nabatieh y capturar el histórico castillo de Beaufort, representa la incursión más profunda de Tel Aviv en territorio libanés en un cuarto de siglo.


Sin embargo, desde la óptica estratégica, este frente abierto por Israel, se ha convertido en una de las piedras de tope para avanzar en cualquier intento de acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, por cuanto este último ha manifestado como condición intransable el cese de los ataques sobre Hezbollah. Esto último ha generado más de una fricción entre Washington y Jerusalem, poniendo en riesgo una de las alianzas más sólidas en el contexto geopolítico mundial. Esta "guerra subsidiaria simétrica" ha demostrado que la descentralización del "Eje de la Resistencia" es capaz de compartimentar los esfuerzos occidentales.


Conclusión: ¿Lo esperado?

Si el objetivo de “Furia Épica” era forzar un nuevo orden regional mediante la capitulación rápida de Irán y su desnuclearización, los 100 días de furia han mostrado un cuestionable éxito. Lo obtenido durante la vigencia del Cese al Fuego y las sucesivas prórrogas respecto de su término han sido mostrar una tregua armada extremadamente frágil, mediada a contrarreloj, con el factor tiempo no siendo necesariamente un aliado para los contendientes y el mundo que sigue expectante.


Irán ha demostrado que posee las llaves de la economía global a través del estrangulamiento de Ormuz; Israel ha dejado claro que está dispuesto a llevar la guerra total hasta las fronteras de sus vecinos para garantizar su supervivencia; y Estados Unidos ha constatado los límites materiales de su poder naval frente a un bloque europeo reticente y un eje euroasiático (China y Rusia) listo para cosechar los dividendos geopolíticos de su desgaste. Hasta este momento, los resultados del conflicto no han sido una victoria épica para nadie, sino la constatación de que, en la guerra moderna, factores geográficos cobran un valor relevante, el resultado del enfrentamiento militar ya no solo se mide en capacidades militares clásicas y los alcances de los efectos no se circunscriben al ámbito local o regional, sino que fácilmente, alcanzan niveles de impacto global. El actual statu quo del “Cese al fuego” ha sido un respiro, no el final de la partida.


Leonardo Quijarro S.

Profesor Residente Academia de Guerra Naval

Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)

Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute

Contraalmirante (R)


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