​ESTRATEGIA EN EL DEBATE UNIVERSITARIO

Educación en el siglo XXI : La IA también llega al campo

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Nassib Segovia Luis Riveros

Casi el 30% de los establecimientos educacionales de Chile son rurales: en ellos estudian aproximadamente 280 mil estudiantes y trabaja cerca del 12% de los docentes del país. Aún así, cuando se habla de inteligencia artificial (IA) aplicada a la educación, la conversación suele concentrarse en colegios urbanos, laboratorios tecnológicos o nuevas plataformas digitales. Entonces, poco se discute cómo esta transformación impactará a los más de tres mil establecimientos rurales que forman a niños y jóvenes en territorios alejados, con realidades sociales, geográficas y económicas muy distintas a las de las grandes ciudades. Chile cuenta con una Política Nacional de Educación Rural y al mismo tiempo, con una Política Nacional de Inteligencia Artificial, ambas nacieron para responder a desafíos estratégicos del país y, en teoría, deberían complementarse. La primera busca que el lugar en donde vive un estudiante no determine sus oportunidades educativas; la otra pretende preparar a Chile para una realidad donde el conocimiento, los datos y la innovación sean los principales motores del desarrollo. A pesar de esa evidente complementariedad, ambas políticas han evolucionado prácticamente por carriles separados. Mientras la educación rural continúa enfrentando desafíos asociados a la infraestructura, el transporte escolar o la conectividad, el debate sobre inteligencia artificial suele desarrollarse desde una mirada predominantemente urbana. Surge entonces la pregunta inevitable: ¿se debe incorporar la educación rural a la estrategia nacional de inteligencia artificial o seguimos pensando ambos temas por separado?


Durante décadas, el principal desafío fue garantizar que los estudiantes de zonas rurales pudieran acceder a una educación de calidad en condiciones similares al resto del país y buena parte de las políticas públicas se concentró, con razón, en cerrar esas brechas mediante inversiones en infraestructura, conectividad y transporte escolar, un esfuerzo que permitió avances significativos y que continúa siendo indispensable en muchos territorios. Sin embargo, mientras seguimos resolviendo esas necesidades históricas, comienza a instalarse un desafío de naturaleza distinta, asociado ya no solo al acceso a la tecnología, sino a la capacidad de utilizarla para aprender, crear y desenvolverse en una sociedad cada vez más digital. La IA envuelve precisamente ese cambio, ya que no es una herramienta tecnológica más, sino una innovación que está modificando la forma en que las personas acceden al conocimiento, analizan información y resuelven problemas; y si internet democratizó el acceso a la información, la IA comienza a transformar la manera en que esa información se interpreta y se convierte en conocimiento útil. Las implicancias para la educación son profundas, porque un estudiante puede recibir explicaciones adaptadas a su nivel, practicar contenidos según sus propias necesidades o acceder a recursos que antes dependían casi exclusivamente de un profesor o de una biblioteca cercana, mientras un docente dispone de herramientas que facilitan la planificación de clases, la elaboración de materiales y el seguimiento del progreso de sus estudiantes, liberando tiempo para acompañar, orientar y desarrollar el pensamiento crítico, algo que ninguna tecnología puede reemplazar.


En las escuelas rurales estas posibilidades adquieren una relevancia mayor, porque allí donde las distancias geográficas y la escasez de recursos han condicionado históricamente las oportunidades educativas, la IA puede transformarse en un apoyo importante para enriquecer la enseñanza. Pensar que resolverá por sí sola las desigualdades sería tan ingenuo como creer que internet las resolvió hace dos décadas, pero desconocer su potencial significaría desaprovechar una oportunidad que difícilmente volverá a repetirse. El riesgo ya no consiste sólo en que algunas escuelas tengan menos conectividad, porque la brecha se está desplazando hacia otro lugar y los estudiantes que aprendan a formular buenas preguntas, evaluar críticamente las respuestas y usar la IA para aprender e innovar dispondrán de ventajas crecientes frente a quienes no desarrollen esas capacidades. Del mismo modo, los sistemas educativos que preparen a sus docentes para integrar estas tecnologías con sentido pedagógico estarán mejor posicionados que aquellos que limiten la innovación a la compra de equipamiento.


Durante años la prioridad fue conectar las escuelas rurales a internet y el desafío de la próxima década será conectar a sus estudiantes con las capacidades necesarias para desenvolverse en un mundo donde la IA dejará de ser una novedad para convertirse en parte de la vida cotidiana. Quizás el desafío más urgente no consista en crear nuevas políticas públicas, sino en lograr que la Política Nacional de Educación Rural y la Política Nacional de Inteligencia Artificial dejen de avanzar por separado y comiencen a reforzarse mutuamente. La meta es lograr que la IA no amplíe las brechas existentes, sino que contribuya a construir un sistema educativo con más oportunidades para todos.


Prof. Luis A. Riveros, Profesor Emérito, Universidad de Chile 

Prof. Nassib Segovia, especialista en educación superior, académico UNIACC.

europapress