A diecisiete días del inicio de la Operación "Furia Épica", el mundo asiste a una paradoja militar y económica sin precedentes en el siglo XXI. A pesar de la abrumadora superioridad tecnológica de la coalición liderada por Estados Unidos e Israel, y de la precisión quirúrgica con la que se han ejecutado oleadas de bombardeos sobre infraestructuras estratégicas en Teherán, Shiraz y Tabriz, el Estrecho de Ormuz se mantiene como una soga apretada alrededor del cuello de la economía global.
El conflicto, que comenzó formalmente el 28 de febrero de 2026, ha entrado en una fase crítica. Mientras los reportes militares de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y el Pentágono destacan la neutralización de centros de mando y sistemas de lanzamiento de misiles de diferentes tipos iraníes, la realidad en las aguas del Golfo Pérsico cuenta una historia distinta. Irán, aplicando una doctrina de guerra asimétrica pura, ha demostrado que no necesita ganar una batalla convencional para que el mundo pierda su estabilidad económica.
A día de hoy, el flujo de crudo por Ormuz, por donde normalmente transita el 20% del petróleo mundial y el 30% del gas natural licuado (GNL), se ha reducido en un alarmante 94%. La suspensión del tráfico marítimo ha disparado el precio del barril Brent a niveles que supera los 100 dólares, evocando los fantasmas de la crisis energética de 1973.
Este escenario nos lleva a preguntarnos cómo, un régimen bajo asedio masivo, aún ostenta el poder de vetar el paso por esta "yugular" energética. La respuesta radica en la geografía y en la sofisticación de las amenazas de bajo costo. Aunque los complejos industriales iraníes arden, las fuerzas de la GuardiaRevolucionaria han logrado establecer una amenaza creíble mediante minas navales inteligentes, munición de merodeo (drones suicidas), misiles anti buque lanzados desde costa por baterías móviles y enjambres de pequeñas embarcaciones, sean éstas tripuladas o no tripuladas. La eficiencia de los bombardeos aliados ha degradado la capacidad ofensiva de largo alcance de Irán, pero ha fallado en erradicar la amenaza capilar: esa miríada de lanchas rápidas y sistemas de diferente tipo que operan en la penumbra de las costas escarpadas.
Ante este bloqueo de facto, la única solución viable es la implementación de un Sistema de Convoyes. La mecánica de estos convoyes en 2026 debe adaptarse a las dimensiones mastodónticas de la flota mercante moderna y a la letalidad del entorno.
Para que un convoy sea defendible, debe limitarse a un grupo de 6 a 8 unidades mayores. Hablamos de buques de la clase VLCC (Very Large Crude Carrier), con un largo o eslora promedio de 330 metros, o incluso de los colosales ULCC (Ultra Large Crude Carrier), cuya longitud supera los 415 metros.
Ante estas características y de acuerdo a lo establecido en la publicación táctica ATP-2 (B) Manual para la Cooperación Naval y Guía para la Navegación (NCAGS: Naval Cooperation and Guidance for Shipping), el establecimiento de convoyes se debe regir por una serie de aspectos técnicos y tácticos. Según esta referencia técnica, se establece una separación de 1,5 a 2 millas náuticas (aprox. 2.8 a 3.7 km) entre cada buque en columna. Las distancias mencionadas permitirían:
Margen de Maniobra: Espacio suficiente para que un ULCC de 400 metros realice una maniobra de emergencia ante un torpedo o mina sin colisionar con el siguiente.
Dispersión de Daños: Asegurar que el impacto de un misil balístico antibuque o una mina de fondo no afecte por onda expansiva o incendio al resto de la línea.
Consecuentemente, la extensión total de esta "columna de mastodontes" alcanzaría entre 15 y 18 millas náuticas (hasta 33 km). Para dimensionar lo antes indicado, la extensión de estos convoyes sería equivalente a la distancia que separa el centro de Santiago (la Moneda) hasta el acceso a la ciudad de Paine. Ahora bien, para proteger esta línea bajo la doctrina ATP-02 se requeriría:
Unidades de Vanguardia (MCM): Dos buques cazaminas abriendo un canal seguro.
Unidades Escolta (Screening): Destructores tipo Arleigh Burke situados a los flancos para proveer una "sombrilla" Aegis y defensa de punto (CIWS) contra enjambres de vehículos no tripulados, tanto aéreos como de superficie.
Retaguardia y Guerra Electrónica: Un buque con alta capacidad de guerra electrónica para cegar los sistemas de guiado iraníes y una contundente capacidad para enfrentar lanchas rápidas o no tripulados que pudieran atacar las naves posteriores de la columna.
Es por lo antes señalado que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha criticado la negativa de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) de involucrase a contribuir en la protección de las naves en la señalada área geográfico y, con ello, aliviar la carga para las fuerzas norteamericanas, además de permitir, que las cargas de crudo, vuelvan a fluir.
La situación actual revela una lección geopolítica fundamental: en la guerra moderna, la destrucción de la infraestructura militar del enemigo no garantiza la seguridad de las líneas de comunicación marítima. Irán ha convertido el Estrecho de Ormuz en un instrumento de negociación asimétrica. Mientras una sola mina, un dron de bajo costo o un misil, pueda amenazar un activo de 120 millones de dólares, Irán seguirá teniendo la capacidad de desafiar el orden global.
La resiliencia iraní demuestra que la capacidad de afectar la economía global no depende ya de grandes flotas, sino de la incertidumbre sistemática en un punto de confluencia obligatoria. Ormuz no es solo un accidente geográfico; es el termómetro de la vulnerabilidad de un mundo hiperconectado.
A diecisiete días de conflicto, la lección es clara: en la guerra moderna, la destrucción de la infraestructura militar del enemigo no garantiza la seguridad de las líneas de comunicación marítima. Irán ha convertido el Estrecho de Ormuz en un instrumento de negociación asimétrica.
La relevancia de las líneas de comunicaciones marítimas, en este caso, asociadas al flujo vital de recursos energéticos, han mostrado una vez más, con un realismo clarificador, la dependencia que tiene el mundo de éstas, y como, con acciones relativamente simples, pero que afectan estos puntos de confluencia, pueden generar efectos relevantes para las naciones que se alimentan de los recursos que por allí fluyen.
La validez de fuerzas navales y de contar medios capaces que sean puedan concurrir dónde y cuándo el Estado requiere proteger recursos que le son necesarios, vuelve a ser una carta indispensable que debe estar disponible cuando las situaciones, como las que vive el mundo, llevan a plantear el requerimiento de actuar en beneficio de su seguridad y sus intereses.
En el actual conflicto, una victoria militar sobre el terreno en Irán será una victoria pírrica, eclipsada por una recesión global provocada por el estrangulamiento de esta arteria vital para el mundo.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute
Contraalmirante (R)