La historia de la estrategia militar ha tenido, en general, una narrativa dominada por el polvo de las estepas y la delimitación de fronteras terrestres, pero la crisis actual en Oriente Medio nos lleva a una mirada más amplia sobre la naturaleza del poder nacional y su ejercicio, para el caso de las naciones ribereñas, en un territorio marítimo que obedece a cuatro elementos constitutivos de la estrategia marítima: el territorio, la fuerza, la posición y las líneas de comunicaciones marítimas (SLOC). En esta comprensión de teatro, el territorio no se limita a la costa, sino que se extiende a esos espacios marítimos más allá del horizonte; la fuerza se manifiesta en unidades navales que encarnan una flexibilidad política sin parangón, permitiendo graduar la señal estratégica desde la presencia amistosa hasta la disuasión nuclear sin vulnerar soberanías. Estas fuerzas despliegan una flexibilidad operativa que les permite transitar entre la guerra convencional y la protección del tráfico civil, sustentadas en una flexibilidad logística que las independiza de bases terrestres vulnerables. Al ocupar una posición relativa ventajosa en los grandes espacios oceánicos, estas unidades hacen valer su condición de listo al arribo, operando como bases soberanas inmediatas que garantizan la fluidez de las líneas de comunicaciones marítimas, arterias vitales por las que transita el sustento energético del globo. Lo que hoy presenciamos es la validación de la tesis de que quien domina la interacción de estos elementos no solo resguarda su economía, sino que dicta el ritmo y la intensidad de la arquitectura de seguridad global.
La proyección de poder desde el mar, un concepto acuñado y perfeccionado por teóricos como el almirante norteamericano Alfred Thayer Mahan y el geo politólogo inglés Sir Julián Corbett, ha alcanzado en el Mediterráneo Oriental y el Golfo de Adén una ejecución quirúrgica. A diferencia de las fuerzas terrestres y aéreas, que requieren de una logística pesada y el permiso soberano para establecerse cuando se trata de operaciones fuera de su territorio, excepto los casos de conflicto con países limítrofes, las fuerzas navales modernas operan como bases móviles y soberanas que pueden desplazarse por aguas internacionales, ofreciendo una flexibilidad operacional y táctica sin igual. Los grupos de tarea, concentrando naves de diferentes tamaños y características, desde portaaviones, fragatas y submarinos, no son meros espectadores; son plataformas de ataque y defensa que permiten a los Estados influir en los acontecimientos en tierra firme. A lo anterior se suma, en caso de ser necesario, la capacidad de proyectar fuerzas a tierra a través de operaciones anfibias. Esta capacidad de golpear desde la incertidumbre del océano expande los alcances y efectos del conflicto, forzando a los adversarios a dispersar sus defensas y a reconsiderar el costo de sus acciones en el litoral.
Uno de los pilares fundamentales de esta dinámica es la protección de las Líneas de Comunicaciones Marítimas (SLOC). El mundo contemporáneo depende de un flujo constante de recursos energéticos que transitan por estrechos puntos de estrangulamiento o chokepoints. El Estrecho de Ormuz y el Bab el-Mandeb son, en la práctica, las arterias por las que fluye el petróleo del Golfo Pérsico hacia los mercados globales. La presencia de fuerzas navales en estas zonas no es una medida de agresión, sino una acción de resguardo de intereses internacionales, necesaria para mitigar la amenaza constante de actores estatales y no estatales que buscan utilizar el sabotaje marítimo como herramienta de extorsión política. Al asegurar estos pasos, las marinas de guerra están, de hecho, garantizando la estabilidad de los precios del combustible y evitando un colapso sistémico que afectaría incluso a las naciones más alejadas del foco del conflicto.
En este contexto de alta tensión, la neutralización de activos navales específicos cobra una relevancia estratégica y legal que no puede ser ignorada. El reciente ataque con torpedos sobre la fragata iraní IRIS Dena representa un caso de estudio fundamental sobre la aplicación de la fuerza en el mar. Para analizar este evento, debemos alejarnos de aspectos emocionales y ceñirnos a los principios del Derecho Internacional de los Conflictos Armados (DICA) y las directrices establecidas en el Manual de San Remo. En la guerra naval contemporánea, un buque de guerra se convierte en un blanco militar legítimo si su actividad contribuye eficazmente a la acción militar del enemigo y si su destrucción ofrece una ventaja militar definida en ese momento. Bajo el principio de distinción, el buque deja de ser un activo soberano pasivo para transformarse en un combatiente activo. El uso de torpedos para su neutralización responde a la necesidad militar de eliminar una amenaza persistente que ponía en riesgo la seguridad de la navegación civil y la vida de los marinos mercantes.
La estrategia marítima nos enseña que el mar es un espacio común, pero también un campo de batalla donde la tecnología y la voluntad se encuentran. La defensa aérea integrada, capaz de interceptar proyectiles balísticos en pleno vuelo sobre el mar Rojo, demuestra que la guerra naval ha superado la era de los cañonazos para entrar en la era de la gestión de información, pulsos magnéticos y la precisión milimétrica. Cada misil, dron o aeronave interceptada y cada patrullaje exitoso es un testimonio del poder naval que permite que el conflicto no se desborde hacia una conflagración terrestre total. El mar actúa, paradójicamente, como un amortiguador y un amplificador: amortigua el impacto directo en las poblaciones civiles al trasladar la fricción a las líneas de comunicaciones marítimas o los espacios oceánicos, pero amplifica el alcance del conflicto al demostrar que ningún rincón del globo está fuera del alcance de una armada decidida.
Es imperativo reconocer que el conflicto "desde el mar y en el mar" define el carácter de la geopolítica actual. La capacidad de una nación para proyectar influencia depende directamente de su poder naval y de su respeto por los marcos legales que rigen el combate en este medio. El ataque a la IRIS Dena, lejos de ser un acto aislado, es un recordatorio de que en el mar rigen leyes de hierro: la ley de la estrategia que premia la iniciativa y la ley del derecho que legitima la defensa de la libertad de navegación. La protección de los recursos energéticos es, en última instancia, la protección del modo de vida moderno, y esa tarea recae exclusivamente sobre los hombros de quienes poseen la capacidad de dominar el medio marino.
Para nuestro país, de características esencialmente marítimas, por las extensión de sus costas, por la profundidad de los espacios oceánicos, que nos proyectan hacia Oceanía y los confines antárticos, y por nuestra dependencia del tráfico marítimo comercial, que lleva nuestros productos al mundo y nos permite abastecernos de lejanas latitudes, debiera hacernos reflexionar, a propósito de la realidad que nos presenta el conflicto de Oriente Medio, respecto del equilibrio de nuestros intereses marítimos y nuestro poder naval.
Leonardo Quijarro S.
Profesor Residente Academia de Guerra Naval
Docente Investigador del Centro de Estudios Navales y Marítimos (CENAM)
Senior Fellow en Miami Strategic Intelligence Institute
Contraalmirante (R)