En muchos círculos se cree que la gestión de personas consiste solamente en saber mandar, castigar e introducir medidas amenazantes. Pero hace ya mucho se encontró que las organizaciones responden mejor a una realidad en que el reconocimiento, la transparencia y la buena comunicación de políticas y resultados, constituyen un fuerte estímulo para la productividad. Por eso en instituciones de alto rendimiento, el reconocimiento al factor humano es algo esencial para asegurar un futuro exitoso y compartido. En otras instituciones no lo es, puesto que tienden a gobernarse por grupos internos de interés que se apoyan en lo aleccionador de sus decisiones para imponer a sangre y fuego sus determinaciones. Y las remuneraciones, en este caso, no tienen nada que ver con eficiencia y resultados, sino solamente por el ejercicio del poder del grupo de interés directivo.
En el caso universitario la buena gestión de personas es todavía más marcada como una necesidad para estimular buenos resultados académicos. Si se utiliza solamente el criterio de perseguir las ideas diferentes como herramienta de gestión de personal académico y no académico, se relega a la institución al techo “ideológico” que impone el grupo de interés que la dirige. Esto, máxime cuando el grupo de interés gobernante no responde ante un directorio ni tampoco ante la propia comunidad académica por sus decisiones; todo se encuentra inmerso en el mismo caudal de interés grupal. Este fue el mundo “Federici” que dominó al hacer universitario en la década del ochenta: la amenaza dominó a las ideas, el asentimiento obligado se impuso por sobre la crítica, la universidad fue doblegada por grupos de interés. En ese entonces, como ahora, nunca importó la decisión de la comunidad académica, sino solamente la imposición por parte del grupo de interés dominante.
El grupo directivo al interior de una universidad puede ser de distinta índole. En muchos casos es de tipo político o grupal, que obedece a ciertas orientaciones que se apropian del control universitario para favorecer idearios, programas o simples acomodos políticos. Otras veces, son grupos de interés financiero, que es una de las más comunes formas de apropiación del trabajo universitario. Una tercera, probablemente la menos común pero las más dañina para el cuerpo universitario es la de los intereses personales, que pretenden dominar a una institución para favorecer, simplemente, las posiciones de poder de miembros del grupo al interior del cuerpo directivo. Por eso, aquí no valen los antecedentes académicos, ni los resultados de gestión, sino solamente la pertenencia o adhesión a un grupo principal dominante.
Una gestión centralizada, renuente a la crítica, que no respeta a las personas ni favorece su libre desarrollo personal y académico, es anti universitaria en lo esencial. Por eso, el tema del control por parte de grupos de interés es una de las consideraciones que debe incidir en los procesos de acreditación, porque en sí misma reduce lo relevante de la productividad académica. La calidad del trabajo universitario responde en gran medida a la libertad académica prevaleciente y a la ausencia de controles impuestos por grupos de interés. De otra forma, se asiste a una versión perversamente actualizada del viejo modelo “Federici”.
Prof. Luis A. Riveros
Emérito Universidad de Chile