En pocos días se han conocido dos episodios que evidencian la magnitud del riesgo asociado al engaño digital. Por una parte, la actriz Amparo Noguera fue víctima de un sofisticado fraude basado en manipulación psicológica, que derivó en la pérdida de más de setecientos millones de pesos. Por otra, la empresa COPEC enfrenta una amenaza de filtración masiva de datos tras un ataque de ransomware. No se trata de hechos aislados, sino de manifestaciones distintas de una misma vulnerabilidad estructural. La brecha más relevante de la ciberseguridad contemporánea no es tecnológica, sino humana.
Durante años, la protección digital se ha entendido casi exclusivamente como una inversión en software, infraestructura y sistemas de defensa perimetral. Sin embargo, la evidencia muestra que la mayoría de los ataques no comienza con la vulneración de un servidor, sino con una interacción cotidiana. Un correo aparentemente legítimo, una llamada convincente o un mensaje que apela a la urgencia suelen ser suficientes para abrir la puerta al delito. El estereotipo del hacker solitario resulta cada vez menos representativo frente a un modelo de ataque que se apoya, principalmente, en la confianza y el descuido.
El caso de Noguera ilustra el nivel de sofisticación psicológica que han alcanzado las redes dedicadas al fraude. No hubo una falla técnica, sino una estrategia orientada a inducir miedo, obediencia y presión temporal. En el ámbito corporativo ocurre algo similar. En numerosos incidentes, los sistemas resisten el ataque informático, pero resultan irrelevantes cuando un usuario entrega credenciales, descarga un archivo contaminado o valida una acción sin verificar su origen.
Persiste la idea de que la ciberseguridad es una responsabilidad exclusiva de los departamentos de tecnología. Esa visión resulta insuficiente y, en algunos casos, contraproducente. Ningún sistema puede neutralizar decisiones humanas mal informadas o tomadas bajo estrés. La protección efectiva de la información depende tanto de la arquitectura técnica como de las prácticas diarias de quienes la administran.
En empresas y organismos públicos se destinan recursos significativos a hardware y licencias, mientras la capacitación del personal suele ocupar un lugar secundario. Esa asimetría explica por qué los ataques continúan prosperando. Para los ciberdelincuentes, persuadir a una persona es más eficiente que vulnerar un sistema robusto. La formación en criterios de verificación, detección de señales de riesgo y respuesta ante intentos de manipulación no constituye un gasto accesorio, sino un componente central de la gestión del riesgo.
La protección digital contemporánea exige avanzar hacia una cultura organizacional que incorpore la seguridad como práctica transversal. Desarrollar competencias para identificar el engaño antes de que se materialice permite transformar al factor humano, tradicionalmente considerado el eslabón más débil, en una primera línea de defensa.
La tecnología puede resguardar los sistemas, pero la resiliencia frente al fraude depende de personas informadas y organizaciones conscientes de su exposición. Mientras la ciberseguridad continúe abordándose como un problema exclusivamente técnico, los costos económicos, reputacionales y sociales seguirán aumentando. El desafío es cultural y de gobernanza, y su resolución requiere asumir que la seguridad digital comienza mucho antes de cualquier firewall.
Daniel Vargas
CTO AdmiralOne