Daniel Vargas



Daniel Vargas

En la última década, el entorno digital ha evolucionado a una velocidad difícil de anticipar. Servicios que conectan a millones de personas y empresas se han transformado también en un espacio propicio para amenazas cada vez más sofisticadas. El phishing, técnica de suplantación ampliamente conocida por los usuarios, dejó de ser el correo rudimentario con errores evidentes. En Chile, los ataques mediante mensajes falsos han aumentado de forma significativa, con decenas de millones de intentos detectados en los últimos años, impulsados por inteligencia artificial y procesos de automatización masiva.

En pocos días se han conocido dos episodios que evidencian la magnitud del riesgo asociado al engaño digital. Por una parte, la actriz Amparo Noguera fue víctima de un sofisticado fraude basado en manipulación psicológica, que derivó en la pérdida de más de setecientos millones de pesos. Por otra, la empresa COPEC enfrenta una amenaza de filtración masiva de datos tras un ataque de ransomware. No se trata de hechos aislados, sino de manifestaciones distintas de una misma vulnerabilidad estructural. La brecha más relevante de la ciberseguridad contemporánea no es tecnológica, sino humana.